Cenizas del gabinismo

Con el transcurso de los años, el legado del gabinismo va, inexorablemente, haciéndose polvo, quizá más bien ceniza.

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Carlos Barral
Carlos Barral
Es promotor musical en el Cohete Internacional, escritor y mánager de Rodrigo Cuevas..

A menudo se tiene la impresión, errónea, de que el populismo es un fenómeno reciente, cuando lo cierto es que en España, por ejemplo en la década de los noventa, compartimos existencia con algunas figuras rutilantes caso de Jesús Gil, o bien, del que nos ocupa, Gabino de Lorenzo Ferrera, alcalde popular de Oviedo desde 1991 y hasta 2012.

Con el transcurso de los años, el legado del Gabinismo va, inexorablemente, haciéndose polvo, quizá más bien ceniza, diluyéndose tras una cortina de olvido absolutamente merecida.

Podríamos decir que, con excepción de las peatonalizaciones, ninguna de sus millonarias obras estrella merecen hoy día una consideración notable, es más, la mayoría resultan, inclusive, penosas.

Indudable que cambió la faz de la ciudad para un lugar más limpio y colorista, aunque el precio resultase abrumador, la pérdida de identidad notable, y el rigor y la perdurabilidad, deficientes.

Lo que no cabe lugar a duda son las habilidades de este político que llegó de puntillas y marchó a hurtadillas, habiendo entre el acto de apertura y el arco de salida un régimen autócrata como no ha tenido Asturias otro, salvando quizá el de Villa, también actor importante del Gabinismo, y de la historia de Asturies en democracia.

Sin hacer un ejercicio exhaustivo, sino más bien recordando al albur, traemos a la memoria la siguiente letanía de grandonismo de dudosa reputación:

Un auditorio horrible en su estética, defectuoso en su esqueleto, carente de funcionalidad y extemporáneo a todas luces, que vendría a ser una de las joyas del testamento político gabiniano.

Un Palacio de congresos y exposiciones, bautizado popularmente como el Centollo de Calatrava, fuera de escala y pozo sin fondo de dineros públicos, obra atroz a la par que multimillonaria que no ceja de retraer recursos públicos el cual, ahora, será, en parte, reconvertido a Universidad privada. Todo ello, no olvidemos, logrado con la connivencia y el apoyo del Gobierno Regional de la época, liderado por Tini Areces. Distopía demencial desde el inicio, preñado de irregularidades en su largo periplo: de aquellos lodos, estos centollos.

Gabino de Lorenzo con Michael Jackson

Un nuevo campo de fútbol inhóspito y feista, que vino a suplir a la bombonera del antiguo Tartiere, el cual tuvo que ser demolido para albergar al centollo descomunal del que acabamos de hacer mención.
Una fuentona, la de Longoria, absolutamente desproporcionada, cuyo coste de construcción fue brutal, la cual hubo que abortar en su misión de fontana para vestir de jardín anodino y que, tras lustros, recién acaba de ser derruida con su buen pellizco presupuestario para, corríjanme si me equivoco, erigir un nuevo chiringuito en sentido literal, y no sé si también en el figurado.

Una Losa espantosa y hortera para soterrar las vías y poder, así, edificar encima, que ha generado goteras en la Estación de ferrocarril del Norte desde el primer día, y de la que se dijo que se había cobrado varias muertes de carne trabajadora.

Un Palacio de los niños en ruina al que parece ser que van a insuflar de sangre nueva para hacerlo revivir hacia no sé exactamente qué.

La destrucción de la Plaza original del Fontán. ¡Guau!

Dicen que el tiempo lo pone todo en su sitio. En su época, el jolgorio y el derroche cegaron a las multitudes merced a un entramado hábil de intereses y de prebendas que operaba como sistema sanguíneo tanto del poder eclesiástico como del judicial, de los medios de comunicación y, por supuesto, de las masas. Todo se engrasaba a la perfección desde la ingente capacidad presupuestaria que generaba la época dorada del ladrillo, y desde unas mayorías absolutas que permitieron legislaturas de paseo triunfal trufado de populismo gañán perecedero.

Ahora, tras los años, ya todo resulta un decorado chungo de zarzuela desmoronándose.

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