El Corolario Trump, colonialismo en el Hemisferio Occidental

Venezuela ha sido el banco de pruebas, el aviso inicial de una etapa nueva.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

La actuación de EEUU en Venezuela ya no puede entenderse como una anomalía ni como un exceso puntual, sino como la rehabilitación deliberada de la diplomacia de cañoneras, una vuelta a la era colonial, cuando el orden internacional no se cimentaba sobre normas, sino sobre la capacidad de desplegar fuerza militar. Trump desprecia la diplomacia porque no la concibe como un instrumento de equilibrio, sino como un signo de debilidad, lo único que cuenta es quién puede imponer condiciones y durante cuánto tiempo.

Lo ocurrido en Venezuela supone la restauración del poder militar como instrumento central del poder geopolítico, una versión contemporánea, más explícita y agresiva, de la vieja Doctrina Monroe, rebautizada sin un ápice de egolatría por la administración Trump como Doctrina Donroe o Corolario Trump para el hemisferio occidental.

Este corolario no habla de negociación ni de consensos, sino de preeminencia. Estados Unidos busca asegurar y controlar territorios, recursos y rutas estratégicas en su tradicional “patio trasero”. La Estrategia de Seguridad Nacional de hace apenas un mes, lo explicita claramente, restaurar la supremacía estadounidense en el hemisferio occidental frente a potencias como China o Rusia y marginar a cualquier actor que cuestione esa hegemonía regional. La novedad no es el objetivo, sino la ampliación del perímetro, Washington ya no concibe su patio trasero como el continente americano, sino como todo el hemisferio occidental, desde el Caribe hasta el Ártico, la vuelta a la repartición del mundo en esferas de influencia.

Venezuela ha sido el banco de pruebas, el aviso inicial de una etapa nueva. La intervención militar justificada oficialmente por la lucha contra el narcotráfico y la “seguridad hemisférica” tiene como objetivo real asegurar el control de los recursos petroleros y mandar un aviso al mundo de que las reglas que regían el mundo hasta ahora ya no sirven.

En Venezuela no ha habido y no sabemos si habrá en algún momento, una restauración democrática sino una reordenación del poder, se ha cambiado a Maduro pero se ha mantenido el núcleo duro chavista al frente pero ahora subordinado al interés estadounidense.

Este desenlace, como no podría ser de otra manera, ha provocado una profunda desilusión en la derecha española ( e internacional ), que interpretaron la presión estadounidense como el preludio de una restauración del poder opositor. La expectativa de ver a figuras como María Corina Machado o Edmundo González al frente del Estado venezolano ha durado menos que nada. Trump no busca un aliado ideológico, sino un interlocutor funcional. No un régimen democrático, sino uno estable, predecible y útil y para eso sigue necesitando al chavismo, porque a Trump la democracia no le importa una soberana mierda y esto es algo que las fuerzas conservadoras democráticas deberían tener claro a la hora de la genuflexión.

Groenlandia.

Este giro tiene consecuencias directas para Europa, aunque muchos gobiernos sigan mirándolo como un problema ajeno. Trump no se limita a América Latina. La propia administración ha dejado claro que la Unión Europea es también un espacio legítimo de intervención, ya sea mediante presión comercial, aranceles, debilitamiento deliberado de la OTAN o apoyo explícito a fuerzas políticas que erosionan la democracia europea desde dentro.

Europa no será tratada como un aliado estratégico, sino como un actor subordinado que debe alinearse o asumir costes. Y lo verdaderamente desesperanzador es que más allá de la oposición del Gobierno español ( y esto conviene decirlo alto y claro ), no parece que las grandes potencias europeas (Alemania, Francia, Italia, Polonia o incluso el Reino Unido) tengan intención de articular una respuesta seria. Predomina la idea de que se trata de una anomalía pasajera, de un paréntesis que se cerrará con un cambio de presidencia en Washington. Y eso es una ilusión peligrosa, nada garantiza que un relevo en la Casa Blanca implique un cambio de rumbo, y las cancillerías europeas deberían asumir ya que el mundo ha cambiado, y no para bien. En este nuevo escenario, solo será defendido aquello que cada uno esté dispuesto a defender por sí mismo, con todas las implicaciones que eso conlleva.

En este marco, y con todas las cautelas que implica intentar anticipar la lógica de Trump, cabe pensar que los siguientes pasos apunten hacia un cambio de régimen en Cuba, hoy profundamente debilitada y más aún tras perder el respaldo energético venezolano. En el imaginario político estadounidense, Cuba posee un valor simbólico infinitamente mayor que Venezuela. Es la pieza de caza mayor que Trump podría reservar como golpe de efecto de cara a las midterms. Sabe que una victoria política en La Habana tendría un impacto inmediato en su popularidad interna, y cuenta además con figuras como Marco Rubio, un halcón de ascendencia cubana y criado en la Miami del contrapoder cubano, decidido a capitalizar ese movimiento y a allanar su propio futuro político con el aval castrista bajo el brazo.

El otro escenario, anunciado ya en varias ocasiones por la propia Casa Blanca, es la adquisición de Groenlandia bajo la excusa de la seguridad nacional. Aquí es donde se explicita con mayor claridad el desprecio de Trump por la Unión Europea y por cualquier marco normativo que limite su margen de acción.

El Reino de Dinamarca no pondría especiales dificultades en aceptar una mayor presencia estadounidense en la isla, e incluso podría llegar a tolerar una anexión de facto, entendida como un control efectivo en materia militar, económica o estratégica. Lo que resulta inasumible es una anexión de iure, la pretensión de apropiarse formalmente del territorio, ya sea mediante una compra directa o, en última instancia, mediante una intervención.

No se trata de un matiz jurídico menor. La última adquisición territorial reseñable de este tipo se remonta a 1867, cuando Estados Unidos, en plena era colonial, compró Alaska a Rusia. Desde entonces, el orden internacional ha dejado ( al menos formalmente )  de regirse por la compraventa de territorios para hacerlo por reglas, tratados internacionales y constituciones. Ese es el consenso básico que ha regido la arquitectura global durante más de un siglo. Pero para Trump ese consenso carece de valor vinculante. El derecho internacional es secundario y la soberanía se convierte en una variable negociable, siempre que la correlación de fuerzas lo permita.

El problema de fondo no es solo Trump, sino lo que normaliza. La idea de que la fuerza basta. De que las normas son opcionales y  que la diplomacia es un lujo prescindible cuando se dispone de poder suficiente.

Desde Europa, la pregunta ya no es si este giro es justo o injusto, legítimo o ilegítimo, sino qué hacer ante él. Y la respuesta no puede seguir siendo la espera pasiva, el cálculo corto o la esperanza infantil de que todo volverá a la normalidad tras el próximo ciclo electoral estadounidense. Ese mundo ya no existe. El orden internacional basado en reglas se está erosionando porque quienes tenían capacidad para sostenerlo han dejado de hacerlo porque consideran que ya no les beneficia.

Mark Rutte, secretario de la OTAN, y Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.

Frenar, o al menos contener, a Trump exige a Europa asumir algo que lleva décadas posponiendo, que la autonomía estratégica es una necesidad política. Significa capacidad real de defensa, política exterior coordinada, instrumentos económicos propios y, sobre todo, voluntad de usarlos. Sin eso, cualquier apelación al derecho internacional se queda en un gesto retórico.

Europa no puede competir con Estados Unidos en términos de fuerza bruta, pero sí puede encarecer los costes políticos, económicos y diplomáticos de este tipo de actuaciones. Eso implica unidad, asumir tensiones comerciales, proteger su espacio informativo y democrático de injerencias externas, y dejar de delegar su seguridad en actores que ya no comparten ni sus valores ni sus intereses.

La alternativa es poco halagüeña, aceptar un papel subordinado en un mundo que vuelve a organizarse en esferas de influencia, donde Europa será objeto y no sujeto, territorio de presión y no actor soberano. No se trata de elegir entre atlantismo o antiamericanismo, sino entre capacidad de decisión propia o irrelevancia. El problema es que los gobiernos actuales miden hasta el límite cualquier tensión con Estados Unidos por temor a que las represalias, ya sean económicas o mediante injerencias electorales, les hagan perder el poder que hoy ostentan. Pero creer que la pasividad protege, que la cesión preventiva compra estabilidad o que mirar hacia otro lado evita el conflicto, es una ilusión porque el mundo que está emergiendo solo respeta a quien puede hacerse respetar.

Postdata: El mundo ha cambiado, y ese cambio abre un campo casi inagotable de análisis y discusión: el papel de China y Rusia en este nuevo desorden, el futuro inmediato de Venezuela, o qué puede hacer Europa en el momento más oscuro de su historia reciente desde la Segunda Guerra Mundial. Un tiempo apasionante para el apasionado de la geopolítica, y al mismo tiempo profundamente inquietante y desastroso para el común de los mortales, que no decide nada pero lo sufre todo.

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