Cuando llamar psicópata al poder nos tranquiliza demasiado

En el primer mandato de Donald Trump, un grupo de profesionales pidió que se cuestionara su continuidad alegando un trastorno narcisista de personalidad.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Un diputado grita. Otro sonríe mirando el móvil, esperando el corte que circulará por WhatsApp antes de la noche. En la cafetería del Congreso, alguien sentencia: “Es un psicópata”.

En los últimos años la palabra ha servido para casi todo. Desde la izquierda se ha aplicado a Carlos Mazón por su gestión de la DANA o a Isabel Díaz Ayuso por el llamado “protocolo de la vergüenza”. Desde la derecha y la extrema derecha, a Pedro Sánchez por casi cualquier motivo. Es un término transversal. Casi de consenso. Y pocas palabras logran hoy ese acuerdo.

Hay una forma cómoda de indignarse: llamar “psicópata” al que manda. Es una palabra contundente. Moral. Médica. Parece cerrar el debate. Si el problema es clínico, basta con apartar al enfermo. Pero para el psiquiatra asturiano Guillermo Rendueles, esa explicación es demasiado limpia para ser cierta. “Psiquiatrizar la política borra la historia”, advierte. Y cuando la historia desaparece, también desaparece la responsabilidad colectiva.

El consuelo del diagnóstico

En el primer mandato de Donald Trump, un grupo de profesionales vinculados a la Universidad Johns Hopkins pidió que se cuestionara su continuidad alegando un trastorno narcisista de personalidad. La iniciativa generó un intenso debate en la psiquiatría estadounidense: ¿puede un clínico diagnosticar a un presidente a distancia? ¿Debe la medicina convertirse en herramienta política?

Para Rendueles, el error estaba en el encuadre. “El conflicto no es la personalidad del líder, sino el proceso social que lo hace posible”. Si millones de personas lo votan, el fenómeno no puede reducirse a una patología individual.

El recurso al diagnóstico tiene algo de tranquilizador. Permite pensar que todo acabará cuando el líder desaparezca. Que el incendio es culpa del pirómano y no del bosque seco. Pero la historia no funciona así. También se ha discutido si Adolf Hitler o Francisco Franco eran psicópatas. La pregunta, sostiene Rendueles, es secundaria. El nazismo o el franquismo no se explican por un trastorno, sino por situaciones históricas que desbordan cualquier biografía individual.

Ahí asoma un viejo fantasma intelectual: el “miedo a la libertad” descrito por Erich Fromm. La inclinación a aceptar autoridad cuando la libertad se percibe como amenaza o desorden.

Juan Carlos I y Franco

Maquiavelo no es un enfermo

¿Dónde está entonces la frontera entre ambición política y psicopatía? Rendueles introduce un matiz incómodo. La política exige lo que algunos psicólogos llaman “inteligencia maquiavélica”: frialdad estratégica, capacidad de formar y romper alianzas, resistencia a la culpa paralizante. Es un rasgo funcional, no necesariamente patológico. También prospera en consejos de administración y en despachos empresariales.

La diferencia estaría en el goce. En el narcisismo clínico hay un placer específico en dominar, en ejercer poder como fin en sí mismo. No es solo eficacia; es disfrute.

Pero aquí aparece un giro inquietante. Aunque el dirigente no sea clínicamente psicópata, determinados entornos políticos pueden premiar conductas que, fuera de ese contexto, consideraríamos moralmente problemáticas. Cuando los incentivos institucionales priorizan la confrontación permanente o la eficacia inmediata, la frialdad emocional puede transformarse en ventaja competitiva. El poder no solo atrae; también selecciona y moldea.

Max Weber recordaba que el Estado moderno se define por el monopolio de la violencia legítima. El político actúa en ese espacio donde la fuerza se vuelve institución y, por eso mismo, requiere una ética de la responsabilidad especialmente exigente. Precisamente porque el poder administra la fuerza, la tradición republicana sostuvo que cuanto más peligroso el instrumento, mayor debía ser la responsabilidad moral de quien lo empuña. Hoy esa expectativa parece debilitada. No se exige ejemplaridad; se exige eficacia.

“En la clínica, Rendueles observa una expansión de rasgos narcisistas: en el trabajo, en la familia, en relaciones marcadas por luchas de micropodeR”

Capitalismo emocionalmente frío

Rendueles habla de una “sociedad del posdeber”. El liderazgo moral ha sido sustituido por el liderazgo que obtiene resultados, aunque erosionen vínculos o principios. La extrema derecha explota esa lógica con eficacia quirúrgica: señala “gorrones”, promete orden, convierte la falta de fraternidad en programa. En ese clima, la frialdad emocional puede ser leída como fortaleza. Y la empatía, como debilidad.

El problema, entonces, ya no es si el poder atrae psicópatas. Es si ciertos contextos sociales e institucionales convierten rasgos como la ausencia de culpa, la instrumentalización del otro o el desprecio por la cortesía en ventajas competitivas. Y ahí el diagnóstico psiquiátrico empieza a quedarse corto.

Narcisismo en todas partes

El fenómeno no se limita a la política institucional. En la clínica, Rendueles observa una expansión de rasgos narcisistas: en el trabajo, en la familia, en relaciones marcadas por luchas de micropoder. El burnout, las jerarquías empresariales y los conflictos domésticos comparten una misma gramática: éxito, reconocimiento, dominio.

Guillermo Rendueles FOTO: Alisa Guerrero

Las redes sociales actúan como amplificador. Facilitan la circulación de ideas irracionales, la sensación de omnisciencia y la convicción de estar en posesión de una verdad absoluta. La política se adapta a ese ecosistema y se lanzan discursos diseñados para el clip viral, provocaciones calibradas para circular. Y de esta forma, el Parlamento se convierte en plató. La crueldad, en estrategia de comunicación.

Paradójicamente, incluso los revolucionarios más implacables del pasado necesitaban justificar sus excesos en nombre de grandes relatos morales. Hoy, dice Rendueles, el discurso se ha banalizado. La agresividad ya no requiere una coartada ideológica sofisticada.

El giro incómodo

Quizá la pregunta relevante no sea si hay psicópatas en la política. Quizá la pregunta sea por qué nos resulta tan tranquilizador creer que el problema es clínico. Porque si es clínico, es excepcional. Y si es excepcional, no nos interpela.

Pero si el problema es estructural —si el poder tiene una tendencia persistente a concentrarse y a endurecerse cuando no encuentra límites efectivos— entonces la responsabilidad es permanente. No se resuelve con un relevo electoral ni con un diagnóstico.

Carlos Mazón.

“Pelear contra el poder no por lo malo que es el sujeto, sino por lo malo que es el ecosistema que construye”, resume Rendueles.

Es una invitación incómoda. Exige menos indignación moral y más análisis político. Menos insulto clínico y más vigilancia democrática.

Porque la salud pública de una democracia no depende solo de la personalidad de sus líderes, sino de la cultura política y de las instituciones que limitan —o permiten— el daño que pueden causar. Llamar psicópata al poder puede aliviar, pero entender por qué el poder no necesita psicópatas para producir daño, en cambio, obliga a pensar.

A Mazón, a Ayuso o a Sánchez los seguirán llamando psicópatas sus adversarios. Pero una democracia no se protege con diagnósticos. Se protege con límites, con instituciones que funcionen y con ciudadanos que no deleguen en una etiqueta clínica lo que es, en el fondo, una cuestión política.

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