He visto a los cerebros más podridos de varias generaciones abrirse un canal en Twitch. Abrazar la vida en streaming. Comercializar la ira, la indignación. La mala hostia. Contra lo que pudiera parecer, no eligen esa vida para hacer proselitismo. No son cruzados, no trabajan por la causa. No se tomarían tantas molestias si no pudieran monetizarlas. Por eso no está de más preguntarse cómo es que, al final, todos parecen obsesionados con media docena de temas y desde los mismos postulados ideológicos. Una respuesta rápida es que para tener opiniones más complejas tendrían que estudiar. Informarse. Reflexionar. Lo que ellos hacen, en cambio, es estallar.
Estallan mucho, estos chicos: “ElXokas estalla contra los impuestos”, “El Rubius estalla contra las multicuentas”, “Jordi Wild estalla contra Pedro Sánchez”. ¿Qué significa estallar? Yo diría que remite a esas situaciones en las que uno no puede más, le resulta imposible contenerse, suelta todo lo que llevaba dentro y se queda mucho más a gusto. Excitación y descarga: igual que en el porno. Y, como dice Jorge Dioni López, en el porno el centro del discurso no es el placer, sino el dominio. Al igual que el empotrador de turno, el streamer quiere imponer su propia voluntad anulando la de otro. Porque es así como se gana la vida. Y eso no se consigue disertando sobre estequiometría o música barroca, ni analizando pormenorizadamente los presupuestos generales del Estado. Mejor temas manidos, clichés que rimen con un tono agresivo, que se puedan aullar.

No es de extrañar que uno de los temas predilectos de los streamers sean los impuestos: zozobra típica de tenderos con la báscula amañada. Lo que vende el streamer, su producto, es su propia imagen, y por eso el tema tiene que permitirle representar esa imagen sin cortarse, agigantar sus rasgos de carácter. Y el fisco es campo abonado para exhibir el propio ego como una fiera indomeñable: el dinero que he ganado me pertenece en la misma medida en que me pertenecen el hígado o el corazón, mis ingresos son parte de mi yo. Derecho de conquista. Contra esto no hay discurso ilustrado que valga. La ideología del streamer es, por definición, preilustrada, de hecho remite a un marco cultural en el que es complicado hablar siquiera de ideología: el Paleolítico.
También es un cliché, naturalmente: cazadores-recolectores buscándose la vida por bosques y pantanos, ese es el Paleolítico que nos enseñaron. Despreocupados y violentos, como los guerreros del conocimiento que soñaba Nietzsche. Eternamente jóvenes, ya que la muerte (un puma, un alud, una caries) les llega en seguida y de improviso. El Paleolítico es la era soñada de la adolescencia, y por eso no tendría que extrañarnos el éxito de los streamers entre los adolescentes: una época en la que uno carece de casi todo, empezando por el futuro. La adolescencia / el Paleolítico es el presente perpetuo. ¿Y de qué sirve un sistema fiscal si no es para planificar el futuro? Por eso la economía de la adolescencia / el Paleolítico / los streamers es la misma que la de los criptobros y las casas de apuestas: explotar indefinidamente el presente, jugárselo todo en cada instante.
“En la épica del streamer, las buenas personas son un lastre.”
Los streamers suelen renegar de los impuestos, para empezar, por tacañería, pero cuando estallan contra los impuestos es porque su personaje lo requiere. Así se muestran agresivos, indómitos: conquistadores a los que injustamente la sociedad trata de domesticar. Compárese esa actitud con la de Rosa Rodríguez, la concursante de Pasapalabra que ganó casi tres millones de euros respondiendo acertadamente una pregunta tras otra, una semana tras otra. Los machos alfa del streaming necesitan unos cuantos años para igualar esos beneficios, pero salen ganando si descontamos los costes: Rosa Rodríguez tuvo que estudiar. Y eso, de momento, se respeta. No tanto como para no envidiar su suerte, pero una sociedad como la nuestra puede permitirse el lujo de envidiar y respetar a la vez: se lo merece, la hija de la gran puta. Después de todo, ha demostrado saber un montón de cosas. La admiración es sincera. El problema es que Rosa Rodríguez tiene una opinión sobre los impuestos que desborda el marco del cliché adolescente. Un marco, por cierto, que la prensa digamos seria compra y apuntala una y otra vez, porque toda oportunidad es buena para lamentarse por la dictadura fiscal que sufrimos en España. Y es el caso que Rosa Rodríguez está encantada con que parte de su premio se destine a sanidad y educación. Apocalipsis nepoliberal: ¿de qué va esta tía? Pase que sea lista, pero ¿también buena persona?
En la épica del streamer, las buenas personas son un lastre. El héroe sobrevive huyendo. Huye, sobre todo, de los lazos afectivos, que solo sirven para atarle a personas más débiles. Con frecuencia esas personas son mujeres. Que no existen, o existen solo como secreciones mentales del héroe: seducen, frenan al macho emprendedor, pretenden atarlo a un suelo, quieren que eche raíces. Pero el buen emprendedor / empotrador es un espíritu libre, sin complejos, copula y mata cuando y donde quiere y solo se queda con lo que puede transportar en su zurrón o en su mochila Quechua. Igual que el adolescente, el streamer siempre se está yendo de casa. Su escenario es siempre la habitación aislada del domus familiar, y el encuadre desde el que lo contemplamos simula la ventana por la que, de un momento a otro, se escapará.

La exhibición del ego adolescente por encima de todas las cosas supone desdeñar cualquier marco complejo de negociación sobre normas y valores. Por eso hay que reírse de Rosa Rodríguez, despreciarla. Afearle que exhiba sin pudor unos valores morales que no es que sean mejores ni peores, es que son valores. Se le reprocha que pretenda civilizarnos. No tanto dando ejemplo, sino articulando un discurso que lo sustente. Que esto provoque rechazo está siendo bastante habitual en los cortijos del pensamiento reaccionario, hasta el punto de que podría llegar a pensarse que no odian a los que llaman zurdos por sus ideas sino por tener argumentos que las respalden. Lo cual es coherente con la propia genealogía del pensamiento reaccionario: antes de devenir fascismo, fue reacción antiilustrada.
Cualquier discusión sobre impuestos está abocada en principio al fracaso si se libra en ese escenario exhibicionista en el que una minoría defiende lo que es suyo y una mayoría participa de esa indignación masturbatoria porque se identifica con el cazador-recolector de éxito. En todo caso, no se ha llegado aquí sin un trabajo previo, más propio de sociedades neolíticas, planificadoras y ansiosas de labrarse un futuro, que de inocentes aventureros del Paleolítico. Tampoco esto debería extrañarnos demasiado: las fantasías adolescentes suelen cursar con una vida sedentaria y altos niveles de protección social, que es otra manera de decir que en el Paleolítico no había adolescencia. Pero es inútil pedirle al streamer que no estalle tanto y reflexione sobre los complejos mecanismos de planificación y regulación que le permiten disfrutar de fibra óptica y emitir urbi et orbi sus fantasías nómadas de Mad Max de Hacendado: ha sido socializado oyendo cantar las alabanzas de la iniciativa emprendedora y la cultura del esfuerzo. Su indignación, tan natural en apariencia, ha sido laboriosamente construida por el sistema educativo, la publicidad empresarial y los medios de comunicación. Ni espontaneidad ni transgresión: repetición de clichés, conformismo, rutina mental modo rueda de hámster. Pedirle que entienda los tramos del IRPF es pedir la luna. Para entenderlos hay que salirse de la rueda, esto es, estudiar. Informarse. Reflexionar. Pero aquí, citando a Enric Juliana (o a Ramón Ormazábal), no hemos venido a estudiar: hemos venido a estallar.



























