Expertos de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, tras examinar los archivos de Epstein, han pedido a todos los tribunales competentes, nacionales e internacionales, investigar y enjuiciar los hechos, ya que la documentación muestra “atrocidades contra mujeres y niñas de tal magnitud, carácter sistemático y alcance transnacional, que podrían ser consideradas legalmente crímenes de lesa humanidad”. También hablan de una aterradora impunidad. La impunidad va demasiadas veces de la mano de los crímenes más atroces (nunca olvidemos el genocidio en Gaza) y los crímenes contra las mujeres lo son, por su enormidad, su persistencia, esa cotidianidad que los convierte en costumbre y los relega a las páginas de sucesos. Por otra parte, lo que diga la ONU parece que cada vez importa menos, es predicar en el desierto, escribir en el agua. La impunidad de Israel en Palestina ha puesto muy difícil invocar los derechos humanos en el contexto que sea.
Un tipo que ha publicado un excremento (que tenga páginas y no ladre no lo convierte en un libro) alimentando el bulo de las denuncias falsas, afirmaba en sus redes sociales, “Reconozco estar bastante perdido con el caso Epstein, pero ¿no es un poco bluf todo? (…) Pregunto sin malicia, ¿soy yo, o no es tan bestia todo como parece?” Crímenes de lesa humanidad para los relatores de la ONU, un bluf para un indocumentado con altavoz en periódicos nacionales. Lo de Epstein es atroz y no se entiende que no abra a diario los periódicos. O sí, se entiende porque eran niñas. Niñas secuestradas, subastadas, violadas, torturadas, asesinadas. Si, en lugar de esto, los archivos de Epstein incluyeran grabaciones telefónicas, conversaciones por e-mail y videos de árbitros y dueños de clubes tratando la compraventa de partidos de fútbol, si demostraran que durante años los resultados de los mundiales, las supercopas, las uefas y hasta los solteros contra casados del último pueblo del mundo, habían sido amañados, el mundo colapsaría. Pero no colapsa porque se trata de niñas, y porque son demasiados archivos, demasiado complicado todo.
Hablemos lo justo de Epstein y de las mujeres asesinadas semana tras semana, lo justo para no ser pesadas, y, si queremos hablar de nuestros problemas, centrémonos en lo importante: el burka. Pero no el burka de los de Núcleo Nacional en España, o el que llevan los chicos del ICE en Estados Unidos, ni siquiera el burka capirotado de los cofrades que enseguida animarán nuestras calles. No, el burka de las mujeres, de ese hablan los hombres, de derechas y de izquierdas, para demostrarnos que se preocupan por nosotras y por nuestra libertad. Es increíble la capacidad que tienen de decepcionarnos. Sin quitar ninguna importancia al burka, probablemente sea el último de los problemas de las mujeres sometidas a la inmundicia talibán, absolutamente borradas de la vida pública. Esto dice la ONU, por si a alguien le interesa, sobre la situación de las mujeres en Afganistán: “Las niñas tienen prohibido asistir a la escuela a partir de los trece años, las mujeres están vetadas de la mayoría de los trabajos y de la vida política, y en muchas regiones no pueden salir a la calle sin la compañía de un hombre. La mayoría, incluso, ha perdido la capacidad de tomar decisiones dentro de sus propios hogares”. Pero hablemos del burka y sólo del burka y, más en concreto, del burka en España, ese gran problema.

A lo mejor no se trata de que nosotras hablemos el 8 de marzo, sino de que ellos se callen un poco, un rato, pongamos que un año. Porque si no van a hablar de la violencia contra las mujeres, si no van a dar un golpe en la mesa cada vez que un colega saque el bulo de las denuncias falsas, y si no van a prestar atención al horror que esconden los archivos de Epstein, a su maldad insoportable, a la impunidad de hombres y más hombres (y ya sé que no todos los hombres) ejerciendo una violencia que provoca espanto contra NIÑAS, que se callen. Si no se rinden cuentas por esas atrocidades, si no hacemos lo posible y lo imposible para que el mundo sea un lugar un poco más seguro para toda la humanidad sí, pero sobre todo para las niñas, convertidas demasiadas veces en botín de los depredadores más despreciables, entonces que arda todo.



























