Con tanto caos bajo las estrellas, no importará mucho si aporto un poco más de confusión y confieso que no tengo muy claro qué es ser de izquierdas. Ni de derechas, si a eso vamos. Y no hablo de convicciones personales, sino de los procesos mentales que lo llevan a uno a percibirse a sí mismo como parte de uno u otro colectivo de afines. O a percibir a los demás como parte del mismo colectivo que uno: así cuando negamos que una persona (o una organización) sea de izquierdas, a pesar de que ella misma se perciba así.
Supongo que ese orgullo identitario nos hace beligerantes con las elecciones de los demás. No es solo considerarse de izquierdas, o español, o mujer: es señalar que el otro no representa el verdadero ser de izquierdas, la verdadera españolidad, la verdadera feminidad. Mucha de la transfobia que destila cierto feminismo excluyente se expresa de ese modo: ser mujer no es eso, esa no es mi idea de mujer. Y a correr. De un modo similar se ha expresado buena parte del patriotismo de pulserita rojigualda ante la inesperada revalorización de lo español en el contexto de la guerra de Irán: su idea de España no concibe otro papel internacional que el de la subalternidad, el “que inventen ellos” del repelente Unamuno, ese victimismo de hidalgo pobre que se recrea en la imperfección congénita de los españoles para ejercer la mayoría de edad en el civismo. Españolismo de camiseta imperio, siempre dispuesto a cantarle al independentista, o al desafecto sin más, que “eres español y te jodes”: ser español es joderse.
Aquí opera sin duda un mecanismo de defensa que consiste en apegarse a lo malo conocido cuando el futuro pinta gris. Un “madrecita, que me quede como estoy” de manual. Pero si bien a la extrema derecha le resulta rentable esa apelación a lo natural y de toda la vida porque la sitúa en un marco disruptivo que le permite canalizar rabias variadas, incluso contradictorias entre sí, a la izquierda le está saliendo regular lo de reivindicar el respeto a la legalidad internacional, las virtudes de la democracia como marco para la solución pacífica de conflictos y la solidaridad con los desfavorecidos, sea cual sea su origen y condición. Para empezar, porque una parte de esa misma izquierda identifica todos esos esfuerzos con la aceptación del mal menor y ve en ellos una estrategia del capitalismo para perpetuarse a costa de que la izquierda claudique de su programa histórico. Pero también porque cada vez es más difícil resumir los principios básicos de ese programa histórico, habida cuenta de que la incorporación de cada vez más colectivos demandantes de derechos genera en algunos el espejismo de que se ha abandonado a otros a su suerte. Así, la izquierda en general sería culpable de haber promovido en exceso el feminismo dando la espalda a la clase trabajadora, por ejemplo. O de haber abandonado a las mujeres al apoyar las demandas del colectivo LGTBI. O de haber abandonado a todo el mundo para llenar el planeta de paneles solares.

Algo estaba mal aquí desde el principio, a saber, la idea de una izquierda salvavidas, presta a acudir al rescate de quien la necesite. Las derechas no tienen esos conflictos porque no suelen practicar el socorrismo: venden cohesión en torno a un núcleo muy reducido de ideas-fuerza, mientras que a la izquierda le cuesta horrores enumerar las suyas. Tal vez porque no las hay. Y es normal: el desgaste de las izquierdas programáticas (el socialismo, el comunismo, el anarquismo, con todos sus híbridos y sus sucesivas Internacionales), sumado al descrédito (o a la superación) del marxismo como paradigma filosófico de referencia, arrinconó a las izquierdas en el socorrismo político y las hizo permeables a la metáfora del salvavidas. Y, como esa imagen cursa con la del naufragio, se sobreentiende que nunca hay salvavidas para todos. Y, lo que es peor, contribuye a fortalecer la idea de que algo (la civilización, la democracia, el futuro, probablemente las tres cosas) se está hundiendo. Es el sálvese quien pueda, el escenario ideal de los vendedores de recetas mágicas, ya sean religiones o criptomonedas, pero también de los que claman venganza aunque no haya salvación. O precisamente porque no la hay.
Roger Griffin ha explicado cómo esos dos elementos, el utópico y el apocalíptico, están presentes en los fascismos clásicos igual que en el modernismo estético de las vanguardias artísticas. También en las izquierdas históricas: todas ellas, incluso las más descafeinadas, emplearon en algún momento un vocabulario apocalíptico, y todas ellas desplegaron también horizontes utópicos de renovación una vez que se hubiera consumado el fin de los tiempos / del capitalismo. Y hay sin duda una izquierda nostálgica, que no melancólica, que añora las barricadas y las guerrillas, pero no tengo claro que persista, aunque sea de manera residual, aquella pulsión utópica que soñaba con la socialización de los medios de producción y la hermandad de las naciones. Quizá es que, en efecto, hemos dejado de ser modernos, o más bien modernistas, si entendemos el modernismo como aquel estado de ánimo, hegemónico en Occidente durante la mayor parte del siglo XX, orientado a destruir las convenciones burguesas (en el arte, en la política, en las costumbres) para instaurar una nueva era de paz y armonía (o para restaurar un pasado imaginario que creíamos perdido). Fíjense en que hasta la definición tiene un punto anacrónico, como de Guerra Fría. Pero, aun si así fuera, si lo único que pasa es que nos hemos quedado sin modernismo y solo nos queda nostalgia de las vanguardias, ¿cómo se explica que esa misma energía modernista haya vuelto con fuerza en los nuevos fascismos? ¿O es otra cosa?
Puede que lo hayamos olvidado, pero tan solo hace quince años que España vivió una proliferación de asambleas populares donde parecía posible reinventar hasta la idea de democracia
Puede que lo hayamos olvidado, pero tan solo hace quince años que España vivió una proliferación de asambleas populares donde parecía posible reinventar hasta la idea de democracia. Nadie lo había esperado, pero lo que se activó a consecuencia de la crisis de 2008 fue un movimiento popular que ponía en suspenso el consenso del 78 e imaginaba nuevas formas de participación política. Apocalipsis con tiendas de campaña y utopías digitales. Un imaginario absolutamente insatisfactorio para la sensibilidad heteronormativa de las izquierdas clásicas, pero que sacudió, como entonces se decía, el tablero. Daba igual el tablero, porque el énfasis estaba en el verbo “sacudir”. El 15M fue una gigantesca performance, y hasta un observador hipercrítico con aquellas sacudidas, el filósofo José Luis Pardo, se escribió un libro entero cotejando las maneras de aquel “populismo de izquierda” con las de las vanguardias artísticas: modernismo en vena.

Parte de aquel entusiasmo se tradujo electoralmente en un fortalecimiento de las opciones de izquierdas entre 2014 y 2019, y el actual gobierno de coalición progresista tiene su origen en aquellos movimientos tectónicos / sacudidas de tablero. España era entonces una excepción en el contexto europeo, donde las reacciones populares (y populistas) a la crisis de 2008 habían avivado el fuego de las extremas derechas. En cierto sentido, lo sigue siendo. Pero vivimos con el pálpito de que todo pende de un hilo, y no sabemos cómo hacer para que el hilo no se rompa.
Es complicado sacudir el tablero cuando ese tablero es el escudo que protege los derechos de tantas personas, amén de su bienestar material, pero sí que cabe construir sobre él una utopía un poco más ilusionante que este Dubái de la especulación inmobiliaria en el que vivimos. A corto plazo, esa sería la tarea más urgente, entre otras cosas porque es la única manera (o una de las pocas maneras) de parar al fascismo. Pero quizá habría que arremangarse e imaginar horizontes más amplios, menos condicionados por el vocabulario político de unas guerras de coalición que ya no son las nuestras.



























