Ya cerca del final de la Guerra del Peloponeso, en el 406 a.C., Atenas obtuvo una victoria importante en una batalla naval que se hizo famosa, no por el triunfo en sí, sino por otras razones. Fue la batalla de las Arginusas, unas minúsculas islas situadas entre Lesbos y el continente asiático. La flota ateniense derrotó a la espartana, pero lo que pudo haber sido un motivo de celebración se vio oscurecido porque una tormenta, desatada tras el enfrentamiento, hizo que se descuidara la obligación de rescatar del mar a los náufragos. De los ocho estrategos, generales atenienses al mando de la flota, dos huyeron y seis fueron juzgados en bloque y condenados a muerte. Entre quienes participaron como jueces en las deliberaciones estuvo Sócrates, que se opuso a la decisión de la mayoría ya que, en su opinión, el juicio, al no dirimir las responsabilidades de cada estratego en particular, suscitaba muchas reservas. Por otra parte, aunque la omisión de socorro era un delito claro, había un atenuante igualmente claro, el mal estado del mar.
Casi dos mil quinientos años después, en lugar de preservar y perfeccionar las leyes que nos gobiernan, estamos a punto de echarlas al mar, junto con los pobres náufragos atenienses. Ursula von der Leyen debe de estar tan harta de tanta norma, tanto matiz y tanta restricción para cornear a diestro y siniestro, que nos propone decirle adiós al derecho internacional basado en reglas, como si no le hubiera dicho ya adiós Donald Trump, que, entre risas e impunemente, ha afirmado, acerca del hundimiento de un barco iraní por un submarino norteamericano, que era más divertido hundirlo que tomar prisioneros. Eso de hundir barcos debe ser querencia, hablando de cornear, de la derecha, porque no hace tanto que Santiago Abascal pidió hacer lo mismo con el barco de Open Arms, cuyo delito es intentar salvar alguna de las miles de vidas que cada año se pierden en el Mediterráneo.

Que se quede tranquila Ursula von der Leyen: el derecho basado en normas ya lo dinamitó Israel en Gaza. El genocidio que el estado sionista cometió y sigue cometiendo en la Franja (Médicos Sin Fronteras denuncia 618 palestinos asesinados desde el “alto el fuego”), lo está llevando al Líbano sin problema, sin restricciones, obligando a cientos de miles de seres humanos a desplazarse, asesinando a niños, utilizando fósforo blanco, destruyendo el patrimonio cultural, bombardeando escuelas y hospitales. Si lo hizo en Gaza, a cuya población sigue matando de hambre, por qué no continuar.
Es aterradora la inmoralidad en la que nos están haciendo vivir Israel y los EE.UU. con la complicidad de parte de Europa. Asistimos en directo a crímenes que deberían espantarnos y por los que nadie rinde cuentas. Bombardean Irán y sale Ursula corriendo a decir que ni se les ocurra a los iraníes defenderse. Los EE.UU. asesinan a casi doscientas niñas en un colegio al sur de Irán, en Minab, pero dice Ursula que “ni una lágrima por el régimen iraní”. No he escuchado a nadie defender al régimen iraní, faltaría más, pero, ¿qué es esto de quitar y poner gobiernos a las bravas, asesinar presidentes, lanzar bombas sobre refinerías, considerar gracioso hundir barcos? ¿De qué normas dirá Ursula que Occidente no puede seguir siendo garante, si no falta una que no hayan quebrantado Trump y Netanyahu sin que por ello hayamos roto relaciones con ellos ni les hayamos (apenas) levantado la voz?
Ni Trump, ni Netanyahu, ni von der Leyen tienen el más mínimo asomo de vergüenza. Yo sí, hasta para escribir, y no me gusta nada utilizar al hacerlo el vocabulario que sí empleo, como cualquiera, en conversaciones privadas. Pero esta vez, y espero que me disculpen, me voy a saltar este principio y ni siquiera voy a dejar en el original inglés las palabras de ese caballero, ese gentelman, ese gentiluomo que es Donald Trump, que dijo que, siendo como era famoso, podía coger a cualquier mujer que le apeteciera por el coño y no pasaría nada. Lo que no nos dijo era que, si lo tenían a él cogido por los huevos, nos pasaría de todo, III Guerra Mundial incluida. Y si tiene que juzgarlo Ursula, y no el tribunal que juzgó a los generales de las Arginusas, seguro que sale condecorado.
Sé que, además de malsonante, el argumento es simple, a la altura de Trump (“Barco, ¡pum!, ja, ja, ja”) y de von der Layen (“quita p’allá esas leyes”), sé que lo que se juega es mucho más que tapar los crímenes de una banda de violadores, sé que se trata de poder, de petróleo, de que se sigan enriqueciendo los mismos que defienden la guerra y que nunca van a enviar a sus hijos a luchar. Pero la hartura está a unos niveles insoportables y la orgía de sangre que estos criminales están desencadenando disculpa bajar a su nivel alguna vez y, quizá, hasta disculpe tirar por la borda las leyes, sí, y desempolvar la guillotina.



























