El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas argentinas, lideradas por el jefe del Estado Mayor, Jorge Rafael Videla, derrocaban al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, más conocida como Isabelita Perón, viuda del general y ex presidente Juan Domingo Perón. Se ponía así fin a uno de los gobiernos más esperpénticos de la historia argentina, marcado por la corrupción, el giro a la ultraderecha del peronismo hegemónico, el terrorismo de Estado contra la izquierda en general, y la izquierda peronista en particular, y la siniestra influencia José López Rega “El Brujo”. Hombre fuerte del Gobierno y creador en las cloacas del Estado del grupo paramilitar Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), López Rega fue autor de tratados de ocultismo, y responsable, entre otras excentricidades, de organizar rituales esotéricos para transferir a Isabelita el carisma de Evita Perón, la añorada viuda de Juan Domingo, alma social del movimiento peronista de los años 40 y 50.
Para un país acostumbrado a los golpes de Estado, 1930, 1943, 1955, 1962 y 1966, una nueva dictadura militar estaba dentro de lo previsible. Al fin y al cabo, a cada generación de argentinos le había tocado una. Nadie esperaba sin embargo el sadismo y la crueldad que iba a desplegar esta nueva Junta Militar que en apenas siete años, entre 1976 y 1983, organizó un sistema clandestino de secuestros, torturas y asesinatos que dejó alrededor de 30.000 desaparecidos, así como medio millón de exiliados.

La nueva dictadura nacía para “restablecer el orden” y “combatir la subversión”. Sin embargo, el llamado Proceso de Reorganización Nacional iba mucho más allá de combatir a los Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo y los otros grupos guerrilleros operativos en el país. La violencia de la dictadura se desataría contra toda militancia de izquierdas, armada o pacífica, en un proceso dirigido a exterminar los movimientos obreros y campesinos, privatizar buena parte del sector público y abrir el país al comercio internacional y las multinacionales extranjeras, sobre todo norteamericanas. El plan era ambicioso y requería barrer a toda una generación de militantes. Los militares contarían para su desarrollo con el apoyo de la burguesía argentina, parte de la Iglesia católica y los EEUU.
La violencia de la dictadura se desataría contra toda militancia de izquierdas, armada o pacífica, en un proceso dirigido a exterminar los movimientos obreros y campesinos
Cerca de 700 españoles o descendientes de españoles “desaparecerían” durante estos siete años de violencia soterrada, ya que, paradójicamente, una de las características de la dictadura argentina sería ocultar la represión bajo un cierto manto de normalidad, e incluso legalidad. También los cuerpos. Los desaparecidos serían enterrados en fosas comunes, incinerados secretamente o arrojados al Océano Atlántico y al Río de La Plata, a veces vivos, en los llamados “vuelos de la muerte”.
55 asturianos y descendientes de asturianos en las listas de “desaparecidos”
Durante décadas miles de asturianos cruzaron el Atlántico rumbo a Argentina y allí construyeron comunidades sólidas, mantuvieron vínculos culturales y formaron familias cuyos hijos y nietos crecieron ya como ciudadanos argentinos. La comunidad asturiana, tras la gallega la segunda más numerosa de la emigración española en Argentina, perdería al menos a 55 personas durante la dictadura. Son las cifras oficiales de una investigación encargada en 2010 por la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo, cuando estaba al frente de ella Rafa Palacios.
Sabemos muy poco de la mayoría de desaparecidos asturianos, apenas un nombre y apellidos, la fecha y el lugar del secuestro por parte de la policía o el Ejército. Ya antes del golpe de marzo del 76 hay una víctima asturiana del terrorismo de Estado. Se trata de Ceferino Fernández, nacido en 1943 en Muñalén, Tineo, obrero de OTIS y sindicalista en su fábrica. El 31 de agosto de 1975 fue secuestrado y asesinado por la Triple A. Algunos como el ex sacerdote asturiano Jesús Naves “Chuso” y su esposa Carmen, se marcharían ese mismo año intuyendo que su vida corría peligro. Acabarían en Vitoria-Gasteiz, donde jugarían un papel muy destacado en las últimas huelgas del franquismo.

De María Inés López Gómez, por ejemplo, conocemos que era nieta de una mujer nacida en Cangas del Narcea, que estudiaba Filosofía y Letras, y que fue secuestrada en marzo de 1977 en en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, momento y lugar en el que su rastro desaparece para siempre. Sobre Jorge Caravelos, hijo de una ovetense, de 32 años y profesión “empleado”, nos ha llegado que fue secuestrado en La Plata en mayo de 1978 junto a su esposa Lucía Mirta Swica. Los cuerpos de ambos aparecerían algún tiempo después carbonizados en el interior de un coche.
Sabemos muy poco de la mayoría de desaparecidos asturianos, apenas un nombre y apellidos, y la fecha y lugar de secuestro por la policía o el Ejército
De dos mujeres nacidas en Asturies y emigradas siendo niñas a Argentina sabemos algo más. Rocío Ángela Martínez, gijonesa de 1945, profesora de Sociología en Buenos Aires, y militante clandestina del Ejército Revolucionario del Pueblo, fue secuestrada por efectivos del Ejército Argentino junto a su compañero una madrugada de junio de 1976. Los dos hijos de la pareja de 8 y 4 años fueron dejados a una vecina. Nunca más volverían a ver a sus padres.
Hija de un militante de la Federación Socialista Asturiana, la familia de Rocío emigró a Argentina tras la salida de su padre de la cárcel. Criada en un ambiente de izquierdas, heredó de su familia el compromiso político. Como docente Rocío se implicó activamente en el sindicalismo de la enseñanza, y también en el frente cultural del Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo, una guerrilla de inspiración trotskista y guevarista, para la que la asturiana editaba la revista El Combatiente en la imprenta clandestina que la organización escondía en Buenos Aires. Tenía 31 años en el momento de su detención.

Gracias al final de la impunidad y a la lucha de sus hijos, Bárbara y Camilo, Martín Sánchez Zinny, responsable del secuestro y desaparición, fue procesado y condenado. Su historia está contada por el cineasta asturiano Ramón Lluís Bande en el documental “La carta de Bárbara”, producido en 2012 por la Televisión Pública Asturiana.
También nos han llegado más detalles de la historia de Antonia Margarita Fernández García, nacida en Oviedo/Uviéu en 1944 y secuestrada en Mar del Plata en 1978 junto a su marido, el veterinario Ricardo Téllez, de origen gallego.
Profesora de Educación Física, Antonia Margarita había llegado a Buenos Aires siendo una niña, cuando su familia, originaria de Aller y represaliada por el franquismo, optó por la emigración para escapar de la opresiva situación económica y política que se vivía en Asturies.

Implicada en el peronismo de izquierdas, el 4 de mayo de 1978 fue secuestrada en su casa de Mar del Plata junto a sus hijas Vanina y Andrea, de 3 y 7 años de edad. Ese día los militares también se llevaron a su compañero Ricardo Tellez. Las niñas fueron entregadas poco después a su abuelo paterno, Salvador Tellez. El matrimonio sufrió casi tres meses de cautiverio en un Centro Clandestino de Detención antes de ser ejecutados, quemados y arrojados a una fosa común. Los cuerpos no serían identificados hasta 2013 gracias a la intervención de un equipo de antropología forense.
Visitación, fundadora de Madres de Plaza de Mayo
“Lo primero que sentí fue me los van a devolver, yo sabía que no habían hecho nada malo, solo trabajar” confesaba en una entrevista Visitación Folgueiras de Loyola, nacida en San Tirso de Abres, y una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.
Su hijo Roberto Mario Loyola, obrero de una fábrica, de 22 años y su nuera “Sandi”, Dominga Maizano, ama de casa, de 21 años, fueron secuestrados el 21 de diciembre de 1976 en su casa de Loma Hermosa, donde vivían con su pequeño. Nunca más volverían a aparecer.

Tanto Visitación como su marido, Mario Loyola, harían el recorrido de otros muchos familiares no politizados de los “desaparecidos”: de la ingenua confianza en las garantías del Estado que había secuestrado a sus hijos, al enfrentamiento con este y la autoorganización colectiva.
Madres de Plaza de Mayo, entidad fundada en 1977, desafiando a la dictadura, y cuando las familias todavía pensaban que podrían encontrar vivos a sus hijos, sobreviviría a la humillante derrota de la Junta Militar frente a Reino Unido en la Guerra de Las Malvinas, al colapso del régimen, la agridulce Transición democrática, y el largo periodo de impunidad y hegemonía neoliberal que acompañó los 30 primeros años de la nueva democracia argentina.
Visitación, que tiene 102 años, nunca ha podido volver a ver a su hijo y a su nuera, pero sí ha vivido lo suficiente para ver el derrumbe de la impunidad, la derogación de las leyes de punto final y obediencia debida, y el procesamiento y encarcelamiento de algunos de los máximos responsables de la dictadura, entre ellos Jorge Videla, fallecido en 2013 en la cárcel en la que pasó sus últimos años de vida.



























