Un evento tras otro: así han sido los primeros meses de 2026 en el campo inmediatamente situado a la izquierda de Pedro Sánchez. Iba a escribir “del PSOE”, pero no: el PSOE, como partido-empresa (aún exitoso, aunque haya conocido tiempos mejores), ha claudicado ante la política de autor y ya solo aporta ruido de fondo. Un ruido necesario, sin duda: los sonoros fracasos del PSOE (que no del PSC) a nivel autonómico y municipal contribuyen a agigantar el carisma de Sánchez, al igual que los berrinches y las conspiraciones pueriles de las viejas glorias del partido. Un modelo imposible de replicar en otras latitudes políticas: tanto Vox como Sumar, Podemos o Izquierda Unida se legitiman a la vieja usanza, emitiendo ideología, lo que explica tanto sus éxitos como sus fracasos, pero sobre todo sus fracasos: las ideologías tienen techos muy bajos, de esos que ni Idealista conseguiría hacer pasar por coquetos cielos de ocasión.
Eventos, eventos, eventos. Todo se llena de eventos. Escenarios, tarimas, micros inalámbricos, ergonómicas sillas de diseño y selfies de los protagonistas con el público al fondo. Sosteniendo la invisible torre de Pisa del aplauso previsto. Con periódicas actualizaciones en las redes sociales, mensajes sobreimpresos, titulares en los medios de referencia. Luego, el previsible eco que dura dos días y después, sin más, el melancólico silencio que precede a las derrotas.
Eventos encadenados, que remiten unos a otros, como los episodios de una serie o las estaciones del viacrucis. Empezó Gabriel Rufián, con un par de comentarios estratégicos ante la prensa y media docena de tuits más o menos inspirados. Y en seguida, el 17 de febrero (martes de Carnaval en el calendario eclesiástico), se celebró el primer evento en 3D, a saber, la primera (y previsiblemente también última) actuación de Rufián con Emilio Delgado: un recital íntimo, chill, sugerente como concepto, aunque la ejecución, por poco ensayada, no satisfizo plenamente a nadie. Luego, la réplica del 21 de febrero, ya en plena Cuaresma: acto-mitin de Sumar, Comuns, Más Madrid e Izquierda Unida para dar por inaugurada la subasta preelectoral de puestos de salida: evento descorazonador, aburrido, sabido de memoria. Como en aquellos conciertos ególatras que protagonizaban cantautores de capa caída sujetándose unos a otros la cadera ortopédica frente a un público igual de nostálgico y cascado: uno se emociona oyendo los himnos de su juventud, pero a la vez es consciente de que sonaban mejor antes que ahora y que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Leídos con perspectiva, los dos eventos remitían a un diálogo inconcluso, tenso, sobre la capacidad de la izquierda poscomunista de conectar con la sociedad. Sobre nuestro lugar en el mundo, en un mundo escorado a la derecha, atravesado por pulsiones antidemocráticas e instalado en el apocalipsis permanente. Un diálogo vehemente, donde no sobran las advertencias (quizá torpemente articuladas) de Emilio Delgado sobre la necesidad de dar respuesta a malestares sociales fáciles de fagocitar por las derechas, como tampoco las sospechas de Rita Maestre de que muchos de nuestros diagnósticos replican sin cuestionarlos los clichés más reaccionarios. Cómo conjugar el deber de escuchar, dar voz y responder a las urgencias sociales con el de defender con firmeza un ideario ilustrado, solidario y progresista.
Pero pasó la Cuaresma, pasó la Semana Santa y, por fin, el 9 de abril, asistimos a la resurrección de Rufián featuring Irene Montero, o viceversa: velada de rockeros sentados, aullando en playback, que irritaron tanto a los fans del primero como a los haters de la segunda, mucho más numerosos que los primeros. Sonaron mal, se olvidaron la letra, no hicieron bises.
Decepción en las gradas. Ruptura del diálogo, sospechas de insinceridad, vuelta al mantra senil de la unidad de la izquierda, como si dos más dos no fueran cuatro, sino cuatro millones. Y al fondo, la angustiosa certeza de que la sangría electoral de la izquierda que se quería alternativa la rentabilizará el PSOE y el temor a que, aunque así sea, no baste para parar a la derecha.
Eventos, eventos, eventos. La nuestra es una izquierda eventual, también en el sentido más habitual de la palabra: sale a bailar de Pascuas a Ramos, deja de ensayar cuando no hay bolos en perspectiva y se preocupa más por el tamaño de las letras del cartel que por el repertorio y la destreza en la ejecución. Es así que cosecha un fracaso tras otro y se desespera con cada nuevo éxito de la prima donna Sánchez. Pero Sánchez triunfa porque no se limita a interpretar los temas de su último álbum, sino que ofrece una experiencia escénica irrepetible. Justo lo que hace Rosalía. Justo lo que hacía, en 2015, nuestra izquierda poscomunista.
La izquierda poscomunista no llena estadios en ningún lugar del mundo. No los llenó nunca, pero durante algún tiempo nos pasó como a los músicos de culto, que nadie compra sus discos pero todo el mundo los tiene en mente como referencia del gusto hegemónico. Ya no es así, y ya hace mucho que no es así, pero cada vez que lo constatamos es como si fuera una absoluta novedad y, por supuesto, un drama. Yo, ante las apoplejías estacionales de la izquierda, me lo tomo igual que cuando alguien de mi generación, o incluso más joven (navego la cincuentena), pronostica un Armagedón musical por culpa del reguetón. El reguetón, esa novedad absoluta cuyo apogeo comercial tuvo lugar en 2005, hace la friolera de veinte años. Toda una vida.
La del 2000 fue la década en que la industria musical se reconfiguró definitivamente para acoger a una sensibilidad posmoderna que, por más que permita efusiones de nostalgia boomer, no va a consentir que regresen estilos ya amortizados. Pues lo mismo con la política de partido: la victoria de Trump sobre Harris no fue una simple victoria de los republicanos sobre los demócratas, sino el triunfo de la política de autor sobre la política de partido, y es por eso que al GOP le está costando tanto reaccionar para expulsar de su cuerpo a ese parásito presidencial que a medio plazo lo dejará seco. Esa tendencia mundial se verifica en momentos y lugares de lo más variopinto desde hace veinte años y sin distinción de colores ideológicos: Bukele en El Salvador, Milei en Argentina, pero también Iglesias en 2015, cuando pudo haberle arrebatado a Rajoy la presidencia del gobierno (sí, así de cerca estuvo), o Sánchez, a día de hoy, a escala planetaria.
Todo esto no tiene por qué gustarnos, naturalmente. Y de hecho no nos gusta, y hasta nos repele que el espectáculo se haya comido a la política verdadera, a la que tiene, o debería tener, ideas de cómo mejorar la polis, la convivencia, el reparto del pan. Sucede, no obstante, que no es precisamente la izquierda la que está haciendo algo para revertir esta tendencia, más bien parece que la estuviera alentando. Se me dirá que al adversario hay que combatirlo con sus mismas armas, pero esto, aparte de que no es ninguna evidencia empírica (la historia militar nos dice justamente lo contrario), implica que se sepan usar esas armas. No parece que sea el caso.Si en su momento Gabriel Rufián abrió un camino, hoy ese camino parece cerrado sin que hayamos conseguido vislumbrar siquiera si era practicable. Es una lástima, porque, pese al difícil encaje orgánico que tenía su propuesta de maximizar los resultados minimizando la oferta electoral, la dispersión del voto no va a ayudar a nadie, ni siquiera a Pedro Sánchez. Pero lo verdaderamente lamentable es dejar pasar la ocasión de forzar a los medios a dar voz a la izquierda e intervenir, a grito pelado si hace falta, en los canales que ahora mismo monopoliza la garrulería reaccionaria. No es solo táctica, es estrategia y organización. Es volver a diseñar un antagonismo útil, fácil de manejar, ligero de transportar y que no dé la sensación, una vez más, de que la última generación de nuestra izquierda poscomunista solo ha servido para promocionar a un grupito de notables cuya supervivencia es ahora más importante que su funcionalidad al servicio de las clases populares. Quizá está bien que el último evento de la serie haya reventado el formato, porque subirse a un escenario a emitir un mensaje, por muy ilusionante que sea este, es justo lo contrario de dar voz a los que no la tienen.



























