“En Asturias deberíamos estar más orgullosos de nuestro milagro ilustrado”

Miguel Barrero escribe en “El cráneo de Goya” una crónica de los últimos años del pintor aragonés que reflexiona sobre la fallida Ilustración española

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

En “El cráneo de Goya” (Xordica Editorial), Miguel Barrero (Oviedo, 1980) se sirve de la desaparecida calavera del artista como símbolo y metáfora de la atribulada historia española. Entre la crónica histórica y la reflexión moral, Barrero narra los últimos años de Goya en el exilio de Burdeos y la posterior peripecia de su cadáver antes de regresar a España descabezado.

¿Por qué quiso escribir esta historia?

En 2017 hice un viaje a Burdeos y, poco antes de ese viaje, me di cuenta de que Goya había estado cuatro años viviendo allí y que murió en esa ciudad. Cuatro años pueden ser poco tiempo en una vida longeva como la de Goya, pero es un tiempo suficiente para desarrollar rutinas, establecer contactos y crear afectos. Me causaba mucha curiosidad el cambio que operaba entre la sordidez lúgubre de las pinturas negras y la delicadeza luminosa y tierna de “La lechera de Burdeos”: ¿qué había pasado por su cabeza para cambiar de una manera aparentemente tan radical? Entonces, al empezar a leer sobre el exilio de Goya me encontré, o más bien no me encontré, con su cabeza. Sabía que el cráneo de Goya había desaparecido, pero nunca me había parado a pensar por qué le faltaba la cabeza o qué había pasado con ella. Me pongo a investigar y lo primero que descubro es una figura que me apasiona, que es la del cónsul Pereyra, un hombre que, décadas después de muerto Goya, descubre su tumba, que estaba olvidada en el cementerio de Burdeos, y es quien primero empieza a maniobrar para que vuelva a España. A partir de ahí vino todo lo demás.

Usa ese lamento de Jovellanos que dicen que fue su última frase antes de morir: “Ay, nación sin cabeza”. ¿Es esa la metáfora que sostiene el libro, esa idea de España y la Ilustración insuficiente?

Sí, pero esa metáfora aparece cuando me entero de que en la casa de Jovellanos hay un cuadro de Dionisio Fierros, pintor asturiano, que casi seguramente muestra la calavera de Goya desde atrás, del mismo modo que Fierros pintó otro cuadro del cráneo visto de frente. Entonces me acuerdo de esas supuestas últimas palabras que pronuncia Jovellanos en su lecho de muerte. Efectivamente, ahí hay una metáfora tanto de la Ilustración fallida española, pero también del mundo en general. Creo que cada cierto tiempo el mundo, lo estamos viendo, pierde la cabeza y luego la recupera para volver a perderla.

“Cráneo de Goya”, de Dionisio Fierros

Seguro que mucha gente conoce la historia del cráneo desaparecido de Goya, pero lo que yo desconocía es esa hipótesis, que parece la más solvente, según la cual la cabeza del artista estuvo varias décadas en el piso que tenía en la calle Uría de Oviedo el pintor Dionisio Fierros

Además esa casa sigue en pie, justo enfrente del Supercor de la calle Uría. Me sorprendí mucho cuando conocí esa conexión asturiana en la que aparece Fierros, un pintor que es protegido del hijo de un marqués de San Adrián, que trató a Goya en Burdeos, y que además estaba obsesionado con la frenología. Lo primero que se piensa cuando descubren el cadáver descabezado es que el propio Goya había había donado su cabeza para que la estudiase, porque decían que él mismo podría haber tenido algún tipo de interés en esa pseudociencia que viene a decir que a través de la forma del cráneo se pueden sacar conclusiones sobre la genialidad o la maldad de cada persona. Esa teoría fue desmentida pero, pese a ello, cuando el cadáver vuelve a España y lo entierran en San Antonio de la Florida, se incorpora junto al féretro un papelito en el que dice que el esqueleto está sin cabeza, porque como es fama, Goya ha donado su cuerpo a la frenología.

Es muy sugerente ese ambiente que describe de los liberales exiliados huyendo del absolutismo de Fernando VII. Sus historias se asemejan mucho a las de los exiliados de los totalitarismos del siglo XX

Ese exilio es el antecedente directo del exilio republicano español. Además, ten en cuenta que en Burdeos convivían afrancesados y españolistas o realistas, porque estaban los que habían formado parte del gobierno de José I y los que se habían opuesto a él, pero se encontraron allí unidos por su oposición a Fernando VII. Burdeos es una ciudad que estaba siendo diseñada para ser la ciudad emblema de la Ilustración. Es la ciudad en la que había sido alcalde Montaigne, el padre del ensayo moderno. Allí tejen una serie de relaciones que en muchos casos prolongan o corrigen las que tenían en España y conforman una especie de una diáspora que forma una pequeña España con sus lugares de reunión, de culto y de esparcimiento. Todos tratan de sobrevivir como buenamente pueden. Es un ambiente muy curioso y muy poco contado.

¿Qué significa para usted Goya?

Creo que Goya nos coloca ante el espejo con más crudeza de lo que nos ha colocado nadie. Goya revela la realidad y es capaz de ir más allá de ella. Es un tipo que, con muy pocos trazos, supo trazar un fresco asombroso de su tiempo en sus luces y en sus sombras, y eso coincide muchas veces con su propia peripecia vital. Siempre pongo el ejemplo de la pradera de San Isidro. Cuando llega a Madrid y está empezando a triunfar pinta ese cartón para tapiz que es una romería diurna con los majos y las manolas en la pradera, con Madrid al fondo un día luminoso. Y treinta años después pinta en la Quinta del Sordo esa misma romería, pero en su versión nocturna. Y es un cuadro terrible, que desmiente o refuta el cuadro anterior. También está el caso de los dos retratos de Jovellanos: uno, cuando acaba de llegar a la Corte y tiene ante sí un futuro prometedor y lo pinta con sus mejores galas; el segundo, cuando ya es Ministro de Gracia y Justicia, apesadumbrado y con el gesto exhausto. Pocos artistas han sabido captar tan bien lo más profundo de la esencia de las personas. Pinta la lucidez horrorizada con la que observa lo que tiene alrededor. Eso deriva en las pinturas negras donde, curiosamente, es donde yo más identifico la compasión, que es un rasgo de Goya. Él es compasivo con quienes lo merecen y muy duro con quienes no. Por ejemplo, pinta siempre con mucho cariño a los niños y a los perros. La pintura en la que yo veo mejor expresada esa compasión hacia la humanidad es una pintura en la que no sale ninguna persona: “El perro semihundido”.



Hablaba antes de cómo la humanidad pierde una y otra vez la cabeza, y vivimos realmente en tiempos de abierta reacción antiilustrada, con los oligarcas de Silicon Valley planteando una “Ilustración oscura”

Es necesario reivindicar la Ilustración porque somos hijos de la enciclopedia y porque todo lo que la Ilustración defendió y todo por lo que empezó a luchar está en el germen de lo que hoy llamamos Estado del Bienestar. Ellos no hablaban de república, pero lo que les inspiraba era un anhelo de justicia social, pese a que la mayoría fueran aristócratas. De ese primer peldaño vinieron todos los demás. En uno de sus textos, Marx llama a Jovellanos “el amigo del pueblo”. Creo que esa idea de los ilustrados de que el verdadero progreso individual solo es posible con un progreso colectivo se ha ido perdiendo de una manera además bastante estúpida, porque no hay nada que avale lo contrario. Sin embargo, estamos viendo que aparecen energúmenos que se hacen portavoces de un individualismo voraz que arrasa con todo, y son capaces de convencer a mucha gente de que personas como Trump, Milei o Abascal pueden ser la solución de algo.

¿Toca entonces revivir y reivindicar los mitos de la Ilustración, Goya entre ellos?

Hay que reivindicarlos, pero no como mitos. Mitificar las cosas solo sirve para alejarte de ellas o para tener una visión estereotipada. Lo interesante es volver sobre ellos y saber quiénes fueron, qué fue lo que dijeron y por qué lo dijeron. Y en Asturias esa necesidad alcanza rango de deber, porque la Ilustración asturiana fue de las más potentes. Todo empieza con un fraile benedictino, el padre Feijoo, que en su celda, al modo de Montaigne, se propuso escribir sobre lo que sabía, y hacerlo incluso contra sus propios dogmas. Y luego vienen Jovellanos, Flórez Estrada y un montón de gente que realmente es la que marca en buena medida el paso del siglo XIX en España.

¿Cree que es esa una faceta desconocida de la historia asturiana?

Lo es. Hay tres momentos fundamentales en la historia de Asturias: la monarquía asturiana, la Ilustración y la revolución del 34. Son los tres momentos en los que Asturias se erige en sujeto intelectual, político e histórico.  Asturias fue una tierra especialmente agraciada para esa corriente ilustrada. Asturias mantenía comercio directo con Inglaterra, y eso generó una apertura de miras que no tenían otros lugares. Además, en Asturias no había inquisición, o funcionaba bajo mínimos. Una ventaja de ser una región periférica.  Todo eso confabuló para que se produjera ese milagro ilustrado del que deberíamos estar más orgullosos. Tenemos una autoestima que se reduce a lo folclórico: Covadonga, el cachopo y la sidra. Todo se reduce a lo arquetípico y a lo menos conflictivo de vender. Claro, si empiezas a hablar de la Ilustración y del 34, igual tienes problemas. Un cachopo o una fabada no te van a llevar la contraria.

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