Salto o caída
de Juanma Díaz Diego
Intérpretes: Mabel del Pozo, Lolo Diego y Juanma Díaz Diego
Off Niemeyer, 17 de abril, Avilés
Cristina Bravo, in memoriam
El fallecimiento de Cristina Bravo me lleva a recordarla –ahora viendo Salto o caída– en 2007 interpretando 4.48, Psicosis, de Sarah Kane, radical testimonio de un suicidio anunciado que por su fuerza expresiva y desafío formal convulsionó la escena. Unos años antes, cuando Sarah Kane se quitó la vida, la consigna entre el gremio fue no hacer comentarios del fatídico suceso. Ninguno. Quizá por combatir el morbo, quizás por respeto, el suicidio es un tema tabú y el mayor acto de negación a la vida. No sólo para quienes han decidido irse voluntariamente antes de tiempo, sino también para quienes sobreviven con el dolor que les produce la ausencia y negativa de esos seres queridos. Todo suicidio cuestiona, de alguna manera, la vida de los vivos. Por eso buscamos coartadas justificadoras y “autoexculpatorias”, lo llamamos salud mental o enfermedad. Hace un mes en el teatro Jovellanos vimos Que se escuche fuerte mi grito, de Emilio Méndez, un espectáculo sobre suicidio entre adolescentes con planteamiento informativo, terapéutico y de denuncia, realizado con actores y personas afectadas. Salto o caída, de Juanma Díaz, con una propuesta teatral convencional y en otra dirección, presenta el suicidio desde al menos tres perspectivas –la mujer protagonista, su hijo y la ciudadanía– y a través de unos sencillos cuadros dramáticos con bellos y oníricos desmarques poéticos que ayudan a la reflexión. Una historia que no renuncia a la introspección, sin tremendismo y con deliberado empeño en no cargar las tintas. Muy sutil.
La música de Janis Joplin y los punteos a lo Jimi Hendrix –más la luz, bien recortada– crea una atmósfera en correspondencia con las metáforas del texto
Salto o caída reproduce los pensamientos desestructurados de una suicida y los efectos en su marido y su hijo. Mabel del Pozo la encarna como una pantera desesperada, transmite abatimiento y angustia sin caer en gritos huecos ni efectismos. Aquí el autor no juzga, describe los hechos. “No hay culpables, todos somos responsables”. Esquizofrenia crónica, recaída hospitalaria, psiquiatría, medicación y delirio. Mabel sufre y se desmelena buscando una salida que acabe con la zozobra y la ansiedad, sin encontrar alivio, porque no ha de ser otro que la propia muerte. La tragedia entonces se vuelve incomprensible y difícil de aceptar para los vivos. El hijo, Juanma Díaz, indaga los pormenores en el lugar del suceso para reconstruir los hechos. Su madre se convierte en una obsesión y aparece la pulsión suicida por imitación. Lolo Diego, el portero –además de marido–, señala el contexto referencial a la antigua, con guardapolvo y escobón. Es el eficaz contrapunto que a pie de calle comenta los hechos con racionalidad especulativa y muy a lo suyo, barre, escucha la radio o la sintoniza en un dial plagado de interferencias. La música de Janis Joplin y los punteos a lo Jimi Hendrix –más la luz, bien recortada– crea una atmósfera en correspondencia con las metáforas del texto, “una grieta me sube por la pierna” y “un mar lleno de hojas secas”. La copla “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero”, actúa casi como un mantra y nos lleva a la infernal convivencia que sufren las parejas, los hijos y familiares de los suicidas. Y todo con sólo dos escaleras de tijera en escena, algo de atrezo y un poco de humo. Teatro artesanal capaz de generar estímulos muy potentes sobre un tema difícil de tratar, que nos interpela confrontándonos con una realidad incómoda, pero muy presente en la sociedad.



























