“La batalla por la inteligencia artificial también es cultural”

Pablo de Soto reflexiona sobre poder, arte y alternativas en el Festival de Cultura y Tecnología de Madrid.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El futuro de la inteligencia artificial no se decide solo en los laboratorios. También se disputa en el terreno de la cultura.

En vísperas de que arranque en Madrid el Festival de Cultura y Tecnología de Infinito Delicias, el arquitecto y comisario asturiano Pablo de Soto, ex director de LABoral Centro de Arte, atiende el teléfono desde los preparativos finales. Ensayos, pruebas técnicas, últimos ajustes. Cuando se publica esta conversación, el encuentro —que se celebra los días 1 y 2 de mayo— está ya en marcha.

El festival reúne a artistas, pensadores e investigadores para abordar el auge de la inteligencia artificial desde un lugar poco habitual: la cultura. ¿Cómo imaginar otros usos de la IA más allá del modelo dominante? ¿Puede ponerse al servicio de lo común? ¿Qué papel tienen el arte o los movimientos sociales ante una tecnología cada vez más centralizada? Esas son algunas de las preguntas que atraviesan el programa.

Pero, más allá del evento, De Soto insiste en que lo importante es desplazar la conversación y sacar la inteligencia artificial del terreno exclusivamente tecnológico para llevarla al espacio de la cultura.

Pensar la IA desde la cultura

Porque, sostiene, el problema no es solo lo que la inteligencia artificial puede hacer, sino cómo la estamos pensando.

“La cultura tiene que ver con imaginar cómo queremos vivir, con toda la parte sensible de nuestra experiencia con el mundo”, explica. Sin embargo, advierte, el ecosistema actual está atravesado por un relato muy concreto. “Los productos culturales que consumimos, como internet hoy, están muy alimentados por una narrativa en la que parece que el futuro que nos espera es el que dictan Silicon Valley y las grandes compañías tecnológicas”.

Frente a esa idea de inevitabilidad —la inteligencia artificial como destino cerrado—, De Soto plantea la cultura como un espacio de apertura: una forma de ir más allá del modelo que hoy imponen las grandes plataformas. “Tiene la posibilidad de buscar vías laterales, otras maneras de relacionarnos con la tecnología que no son la narrativa corporativa dominante”.

En apenas unos años, la inteligencia artificial se ha colado en la educación, la economía o incluso en la esfera íntima. Pero esa expansión, señala, ha ido más rápido que la reflexión. “Todo ha ido muy deprisa. Hay un hype enorme y, sin embargo, no nos estamos dando tiempo como sociedad para pensar qué está realmente en juego”.

Ahí es donde sitúa el papel de la cultura, no tanto ofrecer respuestas cerradas como formular mejores preguntas en un momento en el que la tecnología se está desplegando sin ese debate.

Poder, industria y conflicto

De Soto describe la inteligencia artificial como “el vector de crecimiento del capitalismo actual”, con inversiones masivas en infraestructuras como centros de datos y modelos de lenguaje. “Son las nuevas fábricas”, resume.

En 2026, solo cuatro compañías —Amazon, Alphabet, Microsoft y Meta— prevén invertir más de 650.000 millones de dólares en inteligencia artificial, una cifra que supera el PIB de países enteros y que no tiene precedentes en otras revoluciones tecnológicas recientes.

A diferencia de otros momentos históricos, esas “fábricas” no están distribuidas, pertenecen a un número muy reducido de actores privados que controlan tanto la infraestructura como los modelos.

El ejemplo de los guionistas de Hollywood, que se movilizaron para defender sus derechos frente al uso de IA generativa, no es anecdótico. Es una de las primeras resistencias organizadas frente a un modelo que amenaza con automatizar la producción cultural desde su base. “Estamos entrando en un escenario de conflicto. Hay oportunidades, porque es una tecnología que amplía capacidades, pero al mismo tiempo genera una acumulación de poder en muy pocas compañías”.

Esa concentración no es solo económica. También afecta al control de los datos, a la soberanía tecnológica y a las relaciones geopolíticas. “¿Qué pasa si los modelos están fuera de nuestra jurisdicción? ¿Si los datos están en manos de empresas extranjeras?”, se pregunta.

Hoy, el desarrollo de la inteligencia artificial está en manos de un puñado de grandes corporaciones globales, lo que limita el margen real para imaginar alternativas desde fuera de ese ecosistema.

La cultura como espacio de intervención

En ese contexto, el papel de la cultura no es accesorio. Es una herramienta para entender —y también para disputar— ese cambio. La cuestión es hasta qué punto esa intervención puede traducirse en cambios reales en un terreno definido, en gran medida, por infraestructuras y recursos que la cultura no controla.

“En todas las épocas, el arte ha tratado de entender un mundo que se acaba y otro que empieza”, señala. Y eso es precisamente lo que, a su juicio, está ocurriendo ahora. Una transformación que exige pensar una tecnología que ya está siendo diseñada sin ese debate.

Pero también nuevos espacios de encuentro. “Necesitamos generar comunidades, espacios de intercambio entre el sector tecnológico y el cultural”, explica. No solo para analizar la tecnología, sino para intervenir en sus usos y significados.

Esa idea se traduce en propuestas concretas dentro del Festival de Cultura y Tecnología de Infinito Delicias —desde piezas escénicas hasta espacios de experimentación colectiva—, pero su alcance va más allá del evento. La cuestión de fondo, insiste, es cultural: “La batalla por la inteligencia artificial también es una batalla cultural”.

¿Otra inteligencia artificial es posible?

A partir de ahí surge una de las preguntas centrales de su trabajo. Si es posible imaginar y construir una inteligencia artificial diferente. Más democrática, más situada, más vinculada a lo común.

La respuesta, admite, está lejos de ser sencilla. “No hay una respuesta clara”. Pero eso no invalida la búsqueda.

Uno de los experimentos que plantea es pensar una “IA de barrio”: formas de uso de la tecnología en contextos locales, vinculadas a necesidades concretas. Desde la gestión de recursos comunitarios hasta la autoorganización vecinal. “Llevar algo tan abstracto como la inteligencia artificial a algo tan concreto como un barrio”.

La idea, explica, es probar si herramientas que hoy parecen lejanas pueden tener usos cotidianos: gestionar recursos compartidos en comunidades, organizar servicios locales o incluso desarrollar pequeñas herramientas sin depender completamente de grandes plataformas. En España ya empiezan a aparecer iniciativas vinculadas al software libre, cooperativas tecnológicas o espacios ciudadanos que experimentan con modelos en local, aunque aún de forma muy incipiente.

La pregunta de fondo es si esa escala puede competir, siquiera parcialmente, con un modelo global basado en infraestructuras que no están al alcance de esas comunidades.

El reto es evidente. También los límites. La IA es, en gran medida, una “caja negra” con enormes implicaciones en términos de poder y dependencia. Y, aun así, De Soto insiste en que la cuestión no es elegir entre entusiasmo o rechazo, sino abrir el campo de posibilidades. “Hay que capacitarse, aprender, compartir. Pero también preguntarse si en algunos casos la clave es usarla… o protegerse de ella”.

En el fondo, lo que propone no es tanto una respuesta como una urgencia. Según él, hay que pensar colectivamente una tecnología que ya está reconfigurando la sociedad.

Porque si algo le preocupa no es solo el impacto de la inteligencia artificial, sino la velocidad a la que avanza sin un debate a la altura. Y ahí, insiste, la cultura no es un complemento. Es una herramienta. Una forma de detenerse, de mirar, de imaginar. Y, quizá, de decidir.

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