A la derecha parece preocuparle el verano. Creen tener las cartas para ganar y tienen prisa, no quieren que avance julio y que caigamos en agosto. Tienen sus razones. Por un fenómeno de refracción, el sonido en la playa se curva hacia abajo, como si cayera. Nos tumbamos en la toalla y oímos muchas conversaciones a la vez, muchos crujidos de bolsa y risas sueltas. Como la pajita que, puesta oblicua en el agua, parece que se quiebra, el aire recalentado cercano al suelo quiebra el sonido y lo vence hacia nosotros si estamos a ras de suelo. Es un fenómeno físico. Pero tiene su correlato cognitivo. En el verano se produce una desconexión, los asuntos parece que se alejan y se mezclan en nuestra cabeza, se convierten en un cuchicheo de muchos susurros, como los sonidos que se juntan tumbados en una toalla. Es afortunada la metáfora por la que se llama ruido blanco a cierta sensación acústica. El color que vemos en las cosas son las ondas electromagnéticas que reflejan. Cuando un objeto refleja todas las ondas visibles, es blanco. Sobre ese patrón los físicos llamaron ruido blanco al sonido compuesto por la resonancia de todas las frecuencias audibles. Es un chisporroteo uniforme, sin timbre, que hace de mampara aislante de cualquier experiencia sonora. A veces se usa para adormecer a los bebés o para estudiar sin distracciones. La clave es que todo resuene a la vez. La masa de sonidos que nos llega tumbados en la toalla no es ruido blanco, pero quiere acercarse a ese zumbido sin timbre. Esa desconexión veraniega que convierte en murmullo los asuntos que tenemos en la cabeza tiene cierto parentesco metafórico con la disolución sonora del ruido blanco. A la derecha le preocupa el verano, intuye que los truenos con que ellos y sus terminales judiciales y mediáticas nos llenan la cabeza se hagan ruido blanco para dormir bebés. Escribe en La Vanguardia Carlos Zanón: “Ya ha quedado demostrado que [Sánchez] nos inoculó chips en las vacunas, nos secuestró en nuestras casas sin poder bajar al bar, rompió España para vendérsela a los independentistas a los que luego amnistió, puso en la calle a violadores, además de lo de las joyas, los enchufes y rescates de aerolíneas […] pero como que me falta algo realmente bestia, ¿no? Suerte que los del Tribunal Supremo están en ello”. Tiene coña Zanón. Todo lo que menciona en esta pequeña lista fueron titulares sostenidos días y días. Pero, oídas así todas esas cosas juntas en verano, no acorralan y matan a Sánchez. Dichas así forman ese murmullo de ruido blanco. Un faquir puede tumbarse sobre muchos clavos, pero no sobre uno. Pincha más Zapatero aislado, tanto enjambre de escándalos forman un colchón, más que un puñal. A la derecha le preocupa el verano.
El ruido es lo opuesto a información. Si oímos a un sueco y no sabemos sueco, solo oímos un guachiguachi en el que no sabríamos diferenciar palabras ni letras. Es puro ruido. Las derechas, al dictado de sus amos, llevan ejecutando un tipo de propaganda que anule el diálogo y el entendimiento y llene de ruido el Parlamento y la vida pública. No es fácil conseguir que, hablando todos el mismo idioma, nos oigamos en sueco unos a otros. En esta columna aludimos alguna vez a lo que se llama en comunicación common ground, terreno común. En el siglo XVIII se hablaba español, no español medieval, un español casi igual que el que hablamos ahora, si una máquina del tiempo nos llevara a ese siglo, estaríamos con gente que más o menos habla el mismo idioma que nosotros. El verbo leer significaba lo mismo que hoy, pero intenten explicar a un ciudadano del Siglo de las Luces lo que es un disco de solo lectura, qué es eso de que una máquina lea y que lo que lea no sean letras. La palabra nube era la misma que hoy, pero cuéntenle lo que es la nube en que guardamos fotos y archivos. O busquen la manera de contarles lo que es una red social en castellano corriente. No falla el idioma, falla el terreno común. Las palabras dicen algo proyectando sus conceptos sobre las cosas y los sucesos del mundo. Y ese mundo debe ser compartido por los interlocutores, porque si no es así, las palabras son flechas disparadas a ninguna parte. Y muchas palabras juntas solo son ruido. Si nos habla un psicótico, no lo entendemos, porque el mundo que se adhiere a sus palabras es inaccesible para nosotros.
No es fácil conseguir que la gente hable en una alucinación tal que los mundos de referencia se hagan herméticos. El terreno común se forma con datos que se comparten con conciencia de que se comparten, pero crece también con la aceptación de datos no compartidos que nuestro interlocutor presupone. Si nos habla de la hija que tuvo con su primera esposa, asumimos que está casado y además, que está casado, como mínimo, por segunda vez. Si le digo a un alumno que conseguí suspenderle, entiende que suspendió y asume que yo tenía empeño y satisfacción en que eso ocurriera. Muchas veces crece el terreno común con hechos, suposiciones o fantasías, que se aceptan por complicidades, porque confirman prejuicios o porque nos integran mejor según con quién. Con un manejo estudiado de las expresiones, imágenes y tiempos, se puede hacer que el terreno común que se va aceptando se vaya haciendo divergente hasta llegar a fragmentarse en mundos irreconocibles, de manera que hablar entre nosotros sea como hablar a alguien del siglo XVIII o a un psicótico. Trump e hijos aumentaron su fortuna desde que es presidente en miles de millones de dólares, sobre los miles de millones que ya tenían. Lo hacen con participaciones y decisiones empresariales en sectores directamente afectados por acciones de gobierno. Gobierna contra el país cuando hacerlo así aumenta su fortuna, con una avaricia y conflicto de intereses nunca visto antes. Vance y Melania, la primera dama, multiplicaron también su fortuna. Y es visible que la corte próxima a Trump son los mayores multimillonarios del país. Los progresistas no encuentran palabras que hagan el efecto lógico que deberían hacer en la población, mostrando que ese señor gobierna con y para los ricos y para sí mismo perjudicando a la mayoría de los americanos. No encuentran palabras porque no son hechos que salgan a la luz por investigaciones periodísticas rompedoras. Son hechos conocidos y que él exhibe con orgullo, como exhibe la crueldad de la ICE, para quebrar la ética común. De la misma forma, en Brasil grandes masas de pobres votarán a Bolsonaro, pese a la evidencia de que aumentará la pobreza que con Lula se va encogiendo. La emoción religiosa, a través de cultos fundamentalistas, es imprescindible para introducir el elemento compulsivo irracional que petrifique a la gente en esferas ajenas unas a otras. Es evidente el papel de las iglesias evangélicas en EEUU y Latinoamérica y la forma en que se van extendiendo en Madrid como líquido inflamable. Son las derechas las que cultivan el ruido, porque son las oligarquías económicas las interesadas en el ruido, que no deja hablar en serio de impuestos, servicios, derechos y justicia social. Se entiende que mienta y emborrone quien más tiene que ocultar.
Pero el verano, con ese presente suyo en suspensión y con ese alejamiento de nuestros asuntos, decíamos, hace que el ruido se haga ruido blanco. Antes dije una inexactitud. El ruido blanco se usa para dormir bebés y concentrarse, pero no ruido blanco sin más. Sobre el ruido blanco hay sonidos breves, lentos, espaciados y de timbre amable. El ruido blanco es una pantalla que lo aísla del exterior y hace muy intenso el efecto de esos sonidos caricia. El ruido mediático y del lawfare, al hacerse ruido blanco, forma un fondo uniforme en el que puede destacar un mensaje contrastivo y nítido, y Sánchez es el más capacitado para emitirlo. El PP no traslada mensajes positivos y concretos de lo que pretende. Ya nos dijo por qué hay que arrancarle las uñas a Sánchez, pero no responde a esa pregunta de las entrevistas de trabajo: y por qué a usted, por qué elegiría usted a alguien como usted. Vox no lo necesita porque consiguió hacerse el hueco de la antipolítica y la patada al tablero. La izquierda tiene un hermoso solarón, como el de Gijón, a la espera de proyecto. El verano está ahí y la derecha no quiere el verano. Jueces y medios no dan abasto.



























