Elogio de la Semana Negra

Allí donde se instala, es una entrada de pueblo; un Pantone completo del cuarto estado.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

En la historia de esta especie nuestra, el objeto carpa evoca sobre todo cuatro actividades, cuatro colectivos humanos. Los pueblos nómadas. Los ejércitos en campaña. Las expediciones de exploración geográfica. Y el circo. Si todos los objetos son de algún modo lo que han sido alguna vez, desde que se inventaron, todas las carpas, cualquier carpa, es al mismo tiempo un tipi indio, una yurta mongola, una tienda de campaña de la National Geographic, el circo de Ángel Cristo. En todas se fuma una pipa de la paz y otra de la guerra, en todas se malduermen las noches de la épica y de la excitación del descubrimiento, en todas ruge un león, y alguien lo doma. Todas nos devuelven a una cierta esencia agreste de lo humano, a una versión intempestiva de nosotros, no demasiado enterrada bajo la superficie de nuestra antropología de moradores del siglo XXI.

La Semana Negra está hecha de carpas blancas, y en esto pienso mientras paseo entre ellas, este año instaladas a la vera de la playa de L’Arbeyal. En carpas. No en estas carpas, sino en La Carpa (como el personaje aquel de El secreto de sus ojos, Sandoval, en la mejor escena de esa increíble película: no los tipos, sino El Tipo), en las cosas que pasan y han pasado dentro de esas telas enhiestas. Evoco las históricas y pienso en las de mi vida. Las circenses que se instalaban, cuando yo era pequeño, en el áspero descampado que había entonces al final de la calle Carlos Marx, donde ahora están la estación de tren y su aparcamiento. Ángel Cristo vino una vez. Lo recuerdo amenazando a un pobre león, látigo en mano, con rancias gracietas sobre parientas y suegras. Era una carpa enorme, aquella. También pienso en las pequeñas: las tiendas de las acampadas en la montaña que Joaquín —un profe que hablaba La lengua de las mariposas, un maestro de la República en los años noventa— organizaba en el cole por los mismos años. Quinto de primaria, incipientes despertares, los niños con o juntándonos todos en una sola tienda y contándonos los unos a los otros qué chica nos gustaba. A mí me gustaba Aida (yo a Aida no).

La cosa cultural no tiene por qué reñir con la cosa feriante; una gufrería puede ser vecina de una librería, y una presentación de Petros Márkaris, del Ratón Vacilón

Paco Ignacio Taibo II quiso que este festival fuera un poco todo eso: fraternidad comanche e insolencia tártara, cultura y espectáculo, invasión y aventura, un latigazo al avispero de la ciudad y del mundo entero (los playos somos grandones), un despertar. Repetía mucho lo del libro y el churro: ¿qué nos impide tener un libro en una mano y un churro en la otra? La cosa cultural no tiene por qué reñir con la cosa feriante; una gufrería puede ser vecina de una librería, y una presentación de Petros Márkaris, del Ratón Vacilón. Y que la cosa cultural se desarrollara en carpas era fundamental: sus paredes no debían ser muy gruesas, ni formar un recinto hermético. Tenían que ser carpas abiertas, de modo tal que lo que se charlara en ellas se escuchara fuera; lo oyeran los transeúntes que vinieran a la Semana pensando en la parte feria; en el Ratón Vacilón y la gufra y el pulpo y los cachis de calimocho. Quizás oyeran, de pronto, algo que les enganchara y se pararan, y acabaran comprando un libro y sujetándolo con la mano libre de churros.

Foto: David Aguilar Sánchez
Foto: David Aguilar Sánchez
Foto: David Aguilar Sánchez
Foto: David Aguilar Sánchez
Foto: David Aguilar Sánchez
Foto: David Aguilar Sánchez

Desconfinar la cultura, sacarla de los monasterios, convertirla en una fiesta y en una invasión: eso quería la Semana, que invasión es. Bendita para algunos, maldita para otros que llevan cuarenta años litigando. La Semana Negra tiene amigos muy amigos y enemigos muy enemistosos. De ahí el nomadeo. De El Molinón, donde primero la conocimos los gijoneses de mi generación, la sacaron los vecinos de la zona; gijoneses acomodados como los que bregaron contra ella en el año de Viesques, el emplazamiento preferido por los organizadores del festival, de donde también hubo que irse. Que si el ruido. Pero en los barrios populares, donde más se necesita dormir porque más se madruga, nunca hubo problema. En los años de la Naval, terrenos en los que intersectan dos barrios, pasaba en este sentido una cosa curiosa: los vecinos de El Natahoyo estaban encantados; los de los edificios-barco de Poniente (la clase de wannabes que se entusiasmaron con Ciudadanos, para resumirlo rápidamente), indignados. Con la Semana Grande no lo estaban; con el día de los avioncitos de las Fuerzas Armadas, tampoco. Seguramente no lo estarían con una Feria de Abril o una Disneylandia a secas de diez días. Pero Taibo se había inventado una Disneylandia con apellido, «una Disneylandia para niños trotskistas». Y eso sí que no.

No era el ruido, sino quién lo hacía; no era el gentío, sino qué gentío: este. Este estiramiento de la ventana de Overton de colores de piel y prendas de vestir. Paco Ignacio Taibo I hacía una viñeta en El Universal que se titulaba El Gato Culto y era un dibujo de un gato que enunciaba algún pensamiento afilado. Una vez dijo: «Tarde o temprano, en todos los palacios entra el pueblo». La Semana Negra, allí donde se instala, es una entrada de pueblo; de un Pantone completo del cuarto estado. El broncíneo chaval del monumento de L’Arbeyal a los niños de la guerra no tiene ningún problema en verse súbitamente rodeado de él; en ver a sus integrantes apoyarse en la roca en la que el escultor Moreira lo sentara, con gesto preocupado y la corbata descolocada por el nordés; pero los pasajeros de los edificios-barco —que ya atracan también en el gentrificado Arbeyal— no quieren polizones a bordo de sus Titanic.

Aquí hasta los neonazis dan algo menos de miedo

La Semana es negra de nombre, blanca de carpas y roja de ideales no siempre escrupulosamente cumplidos: he ahí, por ejemplo, el campo de nabos del programa musical de este año. También ha perdido bastante del mordiente provocador de sus años primeros y siempre ha contenido paradojas, como esos puestos de bisutería en los que lo mismo te venden una bandera republicana que una de la Policía Nacional, una pulsera tricolor que una franquista. Es, no realmente de izquierdas, sino del pueblo, lo cual es bueno o malo según y cómo. Del pueblo al completo, sí: del progre canónico de mani por Palestina y concierto de Ismael Serrano, del electricista facha de Arcelor, del jefe de planta de El Corte Inglés dueño del tercero izquierda del oxidado edificio-barco y del senegalés sin papeles que vende las camisetas y las pulseras. Y hasta de un neonazi al que veo pasearse tranquilamente —parece que sin aviesa intención, genuina y apaciblemente atraído por la noria y los churros— de la mano de su novia y con una camiseta en la que leo la leyenda «ANTIANTIFA» sobre una cruz latina de puntas afiladas: los fascistas del futuro se llamarán antiantifascistas. La Semana Negra tiene las puertas abiertas, no cobra entrada, no se reserva el derecho de admisión y tampoco su programa es el de una uni de verano de Podemos. En él cabe lo mismo una hagiografía de Fidel Castro que una de esas novelas —policíacas que no negras— protagonizadas por polis ejemplares y abnegados picoletos, y el Cuerpo funciona con ejemplaridad finlandesa y prende a los bad guys con limpieza de superhéroes de la Constitución del setenta y ocho.

Este año tiene un Punto Lila, la Semana. Es una sencilla techumbre de tela colocada ante una de las palmeras que flanquean la playa, plantadas en una base redonda de piedra apta para sentarse. Supongo que por la noche haya allí alguna trabajadora social que atienda a las mujeres que lo necesiten (supongo que no sea un paripé, un hacer sin hacer, un gastarse dos perras en tela y cuatro palos y parecer que se hace, sin que se haga), pero no la hay ahora, a las seis de la tarde, cuando paso por delante y me fijo. Gente atechada sí que hay, pero son media docena de señoras que, sentadas en la palmera todas juntas, se abanican y charlan, sororas de andar por casa, que a estas horas necesitan, no un refugio antipatriarcal, sino uno climático. Esto es la Semana Negra, pienso, incluso en su versión menos afilada y más rutinaria: si no una revolución y un meneo del avispero, al menos un avispero; un refugio en el que enrocarse y mancomunar maltrechos aguijones en tiempos de avispafobia. Aquí hasta los neonazis dan algo menos de miedo. Si el mundo entero fuera como la Semana Negra, habría que seguir soñando revoluciones, y haciéndolas, pero qué otro sería el gallo que nos cantase.

Fotos: David Aguilar Sánchez

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