“No puede ser que no seamos capaces de convivir con dos mil lobos”

El cineasta gallego Emilio Fonseca proyecta este jueves en los Cines Embajadores Foncalada su documental "Salvaxe, salvaxe".

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

Este jueves se proyecta en Oviedo/Uviéu el documental “Salvaxe, salvaxe”, del director gallego Emilio Fonseca (Ourense, 1978). Producido por Xiana do Teixeiro y premiado entre otros galardones con la Biznaga de Plata al mejor documental del Festival de Málaga, se adentra en las vidas cruzadas de lobos y humanos en el entorno de Galicia y el norte de Portugal.

El director se aleja de los tópicos de los documentales de naturaleza y se centra en mostrar al animal acorralado, perseguido, pero que resiste en una demostración de resiliencia indómita en un entorno humanizado, quemado por los incendios, cosido de pistas forestales y explotado por ganadería o energías renovables. Allí, en medio de un territorio atormentado, resuena aún el aullido del lobo y el relinchar de los caballos salvajes.

“Salvaxe, salvaxe” se proyectará en Cines Embajadores Foncalada el jueves 16 de julio a las 20 horas, en una sesión única con un coloquio en el que participarán Alberto Fernández-Gil, investigador de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y Ernesto Díaz, coordinador del Fondo para la Protección del Lobo Ibérico, que organiza el acto.

“Ser una criatura salvaje aquí es casi imposible”, aparece subtitulado en uno de los fragmentos de tu trabajo ¿Por qué dedicar este trabajo a retratar esa presencia casi tozuda de la vida salvaje donde parece que no tiene cabida? Lo pregunto porque Galicia tiene rincones con una naturaleza vibrante, pienso en Ancares, en Courel o en las islas atlánticas, tan atractivos.

Yo creo que la naturaleza vibra en todos lados y que es importante que lo reconozcamos. Hasta en los pueblos y ciudades hay plantas y animales intentando hacer su vida autónoma, libre, salvaje. Creo que es importante que nos convenzamos de que formamos parte de comunidades formadas por muchos seres y que todos tienen derecho a vivir. En Galicia casi todo el territorio es propiedad privada y para mucha gente parece como si la vida salvaje no tuviese derechos sobre la tierra, no pudiese asentarse en ningún lado legítimamente. Siempre es: aquí no, que estén donde no molesten. Pero es que no existen esos lugares. Hasta en esos rincones de naturaleza vibrante que nombras los hábitats y las vidas que allí se desarrollan también están amenazados por incendios, infraestructuras, contaminación, venenos, caza…

Has trabajado en proyectos creativos sobre conflictos ecosociales, pero con “Salvaxe, salvaxe” haces una incursión al epicentro de una especie totémica, ¿por qué el lobo?

Los lobos son animales fascinantes y que nos permiten reflexionar sobre lo salvaje de manera cercana y compleja. Son un milagro de resiliencia, tienen un extraordinario valor ecológico, son el reverso que ha permanecido salvaje del animal doméstico por excelencia. Yo quería acercarme desde la ciencia y el conocimiento pero también desde la empatía y un pensamiento crítico hacia cómo pensamos y representamos otras criaturas. Pero durante el proceso muchas veces me sentía desbordado por toda la desinformación y el debate tóxico que hay en los medios sobre los lobos, casi que me arrepentía de haberme centrado en ellos.

Una frase en el documental describe al lobo como “el eterno símbolo para caldear ambientes y desviar problemáticas actualizado por nuevas fantasías tóxicas para justificar la aniquilación”. ¿Cómo explicas que bien avanzado el siglo XXI, en un país como España avanzado en tantas materias, perviva esa toxicidad hacia los lobos tras décadas de esfuerzos en conservación?

Esa frase viene acompañada de testimonios que recogí durante el rodaje que yo asocio con lo que llamo nuevos mitos. El lobo sigue siendo un símbolo poderosísimo, en el que pervive una larga historia cultural de cuentos y leyendas pero que se actualiza al siglo XXI. Ya no se habla tanto de su carácter demoníaco, sobrenatural, o de hombres lobo. Ahora se dicen cosas como que estos ya no son lobos ibéricos, que la administración los cría y los suelta… pero todos estos mitos tienen en común pretender quitarle el derecho a existir, a estar aquí.

Emilio Fonseca.


Por otro lado hay una fuerte corriente de negacionismo científico, aprovechada y empujada por la extrema derecha en toda Europa, que utiliza todo ese poder simbólico tradicional del lobo para polarizar, focalizando en ese símbolo fácil y poderoso, señalándolo como el enemigo. Igual que se usa a las personas migrantes para polarizar contra el extranjero, se usa el lobo para establecer una falsa dicotomía entre lo rural y lo urbano. El lobo, la protección del medio ambiente, la Agenda 2030, la negación del cambio climático… todo va en el mismo paquete. Quieren que parezca una defensa de la población rural, de la población trabajadora, pero realmente es una defensa actualizada del extractivismo, la crueldad y la irracionalidad que están provocando el colapso ecológico global.

Llama la atención ver en el documental el trabajo de los investigadores tratando de desentrañar los secretos de los lobos, su alimentación, sus movimientos, su genética, sus relaciones con otros lobos y con otros seres vivos, un trabajo científico de años, y que cualquier consejero se despache mañana diciendo que hay superpoblación y hay que matar lobos o que suponen una amenaza para la ganadería, como leemos frecuentemente. Nos inquieta el negacionismo climático, pero parece que existe cierta permisividad al negacionismo científico.

Es increíble, pero también el negacionismo climático sigue ahí. Cada vez se hace más difícil defender que no existe el cambio climático que venían anunciando los científicos, pero sigue habiendo políticos con muchísimo poder que defienden seguir quemando combustibles fósiles como si no hubiera un mañana. Parece que a muchos políticos y administraciones solo les interesa la ciencia encaminada a dar dinero rápido. No hay interés en la ciencia básica, en comprender el medio, los ecosistemas que hacen posible nuestra existencia, las vidas con las que convivimos. Y no solo no hay interés, sino que, ante el conflicto, se permiten abrazar el negacionismo y buscar legitimaciones falaces para contentar a ciertos sectores ruidosos y poderosos. En el caso del lobo está siendo tremendo. Las comunidades autónomas están haciendo un papel realmente bochornoso, letal para los lobos y muy preocupante como precedente acientífico. En los medios hay mucha desinformación, debate tóxico y poca información de calidad. Por suerte hay organizaciones que están batallando a nivel legal para tratar de cambiar las cosas, como el delirio de la enmienda en la ley de prevención del desperdicio alimentario para permitir matar lobos, pero con recursos muy limitados frente al poder de las administraciones. Y, mientras, se han asesinado un montón de lobos. Y encima, de una población genéticamente vulnerable como la ibérica. Un desastre.

Casi al final de tu documental aparece el investigador portugués Francisco Alvares aullando, llamando a los lobos -una técnica de localización de los grupos con cachorros utilizada por los equipos de seguimiento- y cuando los lobos responden, esa sonrisa del biólogo, ese gesto con las manos, ese “¡ahí están!”. ¿Estabas allí?

Sí, ahí estábamos. Es un momento muy emocionante, en el que una persona seria en el trabajo como él, no puede contener esa mueca de satisfacción. También pasa con Joana, otra investigadora, cuando encuentra una manada que buscaba entre cientos de imágenes de las cámaras trampa. Encontrar estas manadas, tan esquivas y asediadas, a menudo exterminadas, es un trabajo muy complicado y laborioso y estas personas tienen una implicación formidable. También repito aquí que el aullido como técnica de localización es una técnica de último recurso cuando no les ha funcionado el registro visual o por muestras, porque es un poco invasiva y la situación de las manadas, sobre todo con crías pequeñas, suele ser muy frágil en estos territorios. Los lobos y los científicos no saben bien qué está pasando, quién está aullando y cuáles son sus intenciones. Es muy romántico pero está totalmente prohibido si no es con estos fines científicos. Ahora se está sustituyendo por estaciones de escucha que graban automáticamente. Los datos se pueden procesar ya digitalmente y encontrar aullidos de una manera mucho más efectiva y mucho menos invasiva.

Tu trabajo no es el clásico documental de fauna en un escenario idílico, en muchos fragmentos es poco apacible, incomoda ver lo que los humanos estamos haciendo con el hogar de muchos seres vivos a los que perseguimos por activa y por pasiva ¿Cómo reacciona el público, tan acostumbrado a narraciones líricas de la naturaleza?

En general creo que bien, aunque igual es que la gente suele ser delicada. Creo que es una película que el público disfruta mucho más en el cine, donde se puede hacer una inmersión profunda, abrir los sentidos y disfrutar de ese ritmo distinto. Tiene reflexiones incómodas y habla de realidades duras, pero hemos evitado la explotación de la violencia explícita en la imagen, quisimos alejarnos de esos discursos ambiguos y espectacularizadores de la violencia. Quisimos ofrecer alternativas a los documentales de naturaleza clásicos, muchos muy encorsetados, y en los que parece que nunca hay nadie grabando, que los animales están ahí, en una especie de limbo salvaje impoluto. Y no, los lobos aquí son animales superesquivos, muy asediados, que resulta difícil y también problemático grabar, porque su situación es verdaderamente complicada. Y por ahí hay un cuestionamiento de las políticas de la imagen y la representación de la naturaleza, para entender qué implicaciones tienen las imágenes: para el público y, sobre todo, para las criaturas retratadas. Por otro lado también hemos tratado buscar nuevos modos de reflejar la belleza en esas vidas con las que convivimos, la conexión de lo vivo, la importancia del cuidado, el asombro ante esos otros seres. Buscar una lírica menos ñoña y repetitiva, más sentida, situada y conectada.

Un amigo, Pedro Vallín, lleva meses lanzando en redes sociales una frase de apoyo a las campañas en favor del lobo, “Salva a los lobos, salva al mundo”. ¿Cuál es tu mensaje sobre los lobos tras este acercamiento que tuviste a ellos durante la grabación de “Salvaxe, salvaxe”?

¡Buf! Me resulta muy difícil sintetizar un solo mensaje ¡Ya me ha constado sintetizar todo lo que querría contar en hora y media de película! Me puedo adherir a esa frase: “Salva a los lobos, salva al mundo” porque es tal cual. En ecología los lobos son considerados una “especie paraguas”, porque su protección implica proteger ecosistemas en los que viven muchas otras criaturas. Son símbolos poderosos, lejanos y cercanos al tiempo. Lejanos porque son lo más salvaje que hay, cercanos porque son casi perros, animales sociales con los que podemos entendernos y a los que podemos comprender mucho más fácilmente que otras criaturas de otras especies. Al margen de su derecho a una existencia como seres vivos individuales, tienen un valor excepcional en estos tiempos. Está sucediendo la sexta extinción masiva de especies desde que existe la vida en la Tierra, vivimos en el colapso biológico global. No puede ser que cincuenta millones de personas no seamos capaces de convivir con dos mil lobos (o cinco mil) en un territorio de medio millón de kilómetros cuadrados. Tendríamos que hacer un cambio radical como sociedad, volcarnos en proteger el medio ambiente del que formamos parte: los bosques, los ríos, la biodiversidad, todas esas vidas no humanas. De ello depende nuestra propia existencia. Y nuestra dignidad, vaya.

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