En julio de 1936, mientras Oviedo resistía el asedio de las fuerzas republicanas, uno de los hombres que colaboraban en la defensa de la ciudad había sido apenas unos años antes secretario general del Partido Comunista de España. Se llamaba Óscar Pérez Solís y su biografía parece condensar, en apenas dos décadas, casi todas las grandes sacudidas políticas de la Europa de entreguerras.
Militar de carrera, socialista, comunista, propagandista de la Unión Soviética, converso al catolicismo y, finalmente, colaborador de Falange, su trayectoria ha alimentado durante décadas una pregunta inevitable: ¿cómo acaba un antiguo dirigente comunista combatiendo junto a los sublevados durante la Guerra Civil?
Noventa años después del inicio del conflicto, la figura sigue despertando interés, aunque el historiador Steven Forti, autor de una de las investigaciones más completas sobre Pérez Solís, invita a rebajar algunos tópicos. “Fue una figura relativamente menor, sobre todo en el socialismo”, explica a NORTES, “aunque no se puede dejar de lado para entender las dinámicas del movimiento obrero socialista y comunista entre los años diez y veinte”.
Un militar fascinado por la revolución
La política no fue el primer destino de Pérez Solís. Nacido en Bello (Aller) en 1882, hizo carrera en el Ejército, pero fue precisamente durante el servicio militar cuando comenzó a cambiar su manera de entender el mundo. Según explica Steven Forti, conoció las ideas anarquistas a través de un joven soldado destinado en su mismo cuartel. Aquel encuentro despertó su interés por el movimiento obrero y, ya instalado en Valladolid, acabaría uniéndose en 1910 no al movimiento libertario, sino al PSOE. Uno de sus biógrafos, Antonio Rivera, va un paso más allá y sostiene que aquel primer contacto fue también una historia de amor, una interpretación que ayudaría a explicar el profundo impacto que tuvo en la evolución personal y política de Pérez Solís.
La militancia socialista le llevaría fuera del Ejército, tomando partido en los sucesos revolucionarios del verano de 1917. Tras el fracaso de la huelga general revolucionaria de aquel año abandonó por un tiempo el PSOE y flirteó con el regionalismo castellano antes de regresar de nuevo a las filas socialistas. En la ciudad del Pisuerga también empezaría a destacar como escritor. “Era una buena pluma”, resume Forti. “Tenía una buena formación teórica y una notable capacidad de escritura.” Ese talento le acompañaría toda su vida.
Tras la Revolución rusa, Pérez Solís vivió el primero de los grandes giros que marcarían su biografía. Pasó en poco tiempo de mostrarse muy crítico con los bolcheviques a convertirse en uno de sus principales defensores dentro del socialismo español. Participó en la escisión del PSOE que acabaría dando lugar al Partido Comunista de España y llegó a ocupar, durante unos meses, la secretaría general de una organización todavía diminuta.

Conviene poner ese cargo en contexto. Aquel PCE apenas comenzaba a organizarse. “Estamos hablando de un partido extremadamente pequeño, dividido y casi a riesgo de desaparición”, recuerda Forti. Pese a ello, Pérez Solís se convirtió en uno de sus dirigentes más activos. Organizó el partido en el País Vasco, dirigió el semanario La Antorcha y viajó en 1924 a Moscú como delegado español al congreso de la Internacional Comunista. Durante semanas escribió crónicas entusiastas sobre la Rusia soviética. Dos décadas después volvería sobre aquel mismo viaje. Pero para contar exactamente la historia contraria.
Durante más de una década, Pérez Solís había encadenado campañas políticas, clandestinidad, enfrentamientos con la policía, exilios y estancias en prisión sin que aquella dedicación le proporcionara estabilidad alguna
El desgaste de un revolucionario
El ascenso de Pérez Solís dentro del joven Partido Comunista de España fue tan rápido como breve. A mediados de los años veinte dirigía una organización que apenas lograba consolidarse, acosada por la represión de la dictadura de Primo de Rivera y desgarrada por continuas disputas internas. Su vida es la de un hombre de acción que vive con un salario mísero como “liberado” del partido. Solo la creencia en la cercanía de la revolución le permite seguir adelante. Instalado durante un tiempo en el País Vasco, donde el PCE tenía una cierta implantación entre los mineros y obreros vizcainos, el 23 de agosto de 1923 fue gravemente herido cuando la guardia de asalto invadió la Casa del Pueblo de Bilbao durante una huelga general promovida por los comunistas bilbaínos. No sería su último tropiezo con la represión.
A principios de 1925 fue detenido en Barcelona y trasladado a la cárcel de Montjuïc, donde permanecería cerca de dos años. Desde allí siguió escribiendo y mantuvo una cierta influencia sobre un partido que, en palabras de Forti, era ya un “micropartido” con muy escasa implantación.

Aquella prisión marcó un antes y un después. La explicación más conocida sitúa allí su conversión al catolicismo tras conocer al sacerdote asturiano José Gafo, pero Forti cree que reducir toda su evolución a un despertar religioso resulta demasiado simple. “Hay un cansancio profundo con la dura vida de militante obrero”, resume. Durante más de una década, Pérez Solís había encadenado campañas políticas, clandestinidad, enfrentamientos con la policía, exilios y estancias en prisión sin que aquella dedicación le proporcionara estabilidad alguna. A ese desgaste personal se sumaban las luchas que dividían al pequeño PCE, reflejo de las tensiones que recorrían el comunismo internacional mientras Stalin consolidaba su poder en la Unión Soviética.
El propio Pérez Solís intentó explicar aquel cambio en Las memorias de mi amigo Óscar Perea, una autobiografía publicada primero por entregas en un periódico conservador de Valladolid y editada después como libro. Forti considera que ese relato ayuda a entender su evolución, pero no basta para explicarla. A su juicio confluyeron factores personales, religiosos y políticos en un personaje que nunca dejó de buscar respuestas absolutas.
“Parece una especie de alma en pena”, dice el historiador al recorrer una biografía que pasa del Ejército al socialismo, del socialismo al comunismo y del comunismo al catolicismo antes de iniciar un nuevo desplazamiento hacia la derecha. Ese recorrido, añade, tampoco fue una rareza exclusivamente española. Entre los años veinte y treinta varias decenas de dirigentes del movimiento obrero europeo abandonaron las organizaciones de izquierda para integrarse en movimientos conservadores o fascistas.

Forti cree que existe un elemento común que ayuda a comprender esas trayectorias. “La nación acaba siendo más importante que la clase”, resume. Esa idea da título, de hecho, a uno de sus libros y sirve también para interpretar el itinerario de Pérez Solís. El antiguo dirigente comunista no dejó de buscar una transformación radical de la sociedad; lo que cambió fue el sujeto político sobre el que depositó esa esperanza.
Tras salir de la cárcel y renegar del comunismo, entre 1927 y 1928 trabajó en la empresa de petróleos CAMPSA. Un puesto que le permitó pasar a llevar una vída cómoda y burguesa, dejando atrás años de penalidades, privaciones y represión. Durante los primeros años de la Segunda República el desplazamiento aa derecha todavía no era completo. Sus artículos muestran una posición conservadora, pero inicialmente aceptó el nuevo régimen. La radicalización llegó poco a poco. Comenzó a mostrar simpatía por el corporativismo italiano y endureció progresivamente su discurso, aunque Forti insiste en que no existe documentación suficiente para fijar una fecha exacta de ingreso en Falange. Lo que sí considera probable es que, tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, Pérez Solís empezara a frecuentar los círculos que preparaban la conspiración contra la República.
El hombre que esperaba en Oviedo
Cuando el golpe de Estado estaba a punto de ponerse en marcha, Pérez Solís ya había roto definitivamente con el mundo político del que procedía. Forti no ha encontrado documentación que permita fijar el momento exacto de su incorporación a Falange, pero sí cree que, tras las elecciones de febrero de 1936, participó en los ambientes donde comenzaba a prepararse la conspiración contra la República.
El propio Pérez Solís dejó escrito que se encontraba en Madrid durante aquellos meses y que poco antes del 18 de julio se trasladó a Oviedo para actuar como enlace de los sublevados. Es un relato que Forti considera verosímil, aunque advierte de que no existen documentos independientes que permitan confirmar todos los detalles. “No he encontrado pruebas para establecer una fecha clara de afiliación a Falange ni para reconstruir exactamente esos movimientos”, explica. Lo que sí está fuera de duda es su presencia en la capital asturiana cuando comenzó la sublevación.

Durante el cerco de Oviedo, Pérez Solís combatió junto a las fuerzas del coronel Antonio Aranda. Tenía más experiencia militar que la mayoría de los civiles incorporados a la defensa de la ciudad y ese conocimiento resultó útil en una plaza que permaneció aislada durante meses. La imagen resulta difícil de ignorar. Uno de los hombres que años antes había defendido la adhesión del socialismo español a la Internacional Comunista luchaba ahora contra unas milicias obreras con las que había compartido ideales y organización.
Aquella experiencia quedó fijada poco después en Sitio y defensa de Oviedo, publicado en 1937 con un prólogo de Antonio Aranda. El libro forma parte de los primeros relatos construidos por el bando sublevado sobre el asedio de la ciudad y refleja sin matices el lenguaje de la guerra. “Hay una retórica muy dura, muy violenta, contra los rojos y los republicanos”, señala Forti. “Es el lenguaje propio de los sublevados en plena Guerra Civil.”
Esa identificación con el nuevo bando no permite, sin embargo, afirmar mucho más. Forti insiste en separar lo que está documentado de lo que pertenece al terreno de las hipótesis. “No me consta una participación directa en la represión”, afirma. “Tampoco la podemos descartar, pero yo no he encontrado documentación que permita sostenerlo.” La misma prudencia mantiene cuando se le pregunta si ayudó a antiguos compañeros de izquierdas. La única referencia conocida procede de Joaquín Maurín, antiguo compañero de militancia en el PCE, posteriormente fundador del POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista, que aseguró haber recibido un testimonio favorable de Pérez Solís durante el proceso judicial que el franquismo siguió contra él. Fue probablemente su vieja amistad con Pérez Solís la que le libró de ser fusilado.

La Guerra Civil convirtió a Pérez Solís en propagandista del nuevo régimen, pero no en uno de sus dirigentes. Tras regresar a Valladolid desempeñó algunos cargos menores relacionados con Falange y colaboró en distintos periódicos afines al franquismo. Escribió sobre política internacional, volvió una y otra vez sobre su pasado comunista y recuperó incluso el viaje que había realizado a Moscú en 1924 para reinterpretarlo desde posiciones completamente opuestas a las que había defendido entonces. En 1943 obtuvo el Premio Francisco Franco de Periodismo, un reconocimiento que da idea del prestigio que todavía conservaba como articulista, aunque nunca llegó a desempeñar responsabilidades políticas de primer nivel.
Su último libro apareció en 1947 y estuvo dedicado al regeneracionista Ricardo Macías Picavea, una obra que, según Forti, demuestra que seguía preocupado por la cuestión nacional incluso dentro de la España franquista. Murió cuatro años después, en 1951, convertido en una figura muy alejada tanto del protagonismo que había alcanzado en el primer comunismo español como de los centros de poder del régimen al que terminó sirviendo.
Pocas vidas permiten recorrer con tanta claridad las fracturas ideológicas del primer tercio del siglo XX. Pérez Solís cambió de organizaciones, de símbolos y de aliados, pero Forti cree que existe un hilo conductor capaz de explicar una trayectoria que sigue desconcertando casi un siglo después. “La nación acaba siendo más importante que la clase para él y para otros que como él cambiaron las posiciones de izquierda por otras más extremas hacia la derecha.” Quizá esa frase explique mejor que ninguna otra cómo un antiguo secretario general del PCE terminó defendiendo el Oviedo sublevado. Y también, tal vez, algunos comportamientos y cambios que se dan hoy día.































