Clara Serra (Madrid, 1982), cofundadora de Podemos, tenía 32 años cuando dejó los seminarios de filosofía política para sentarse en un escaño de la Asamblea de Madrid, y 37 cuando lo abandonó de nuevo, con una carta de dimisión que colgó en Facebook, harta de un proyecto —el de Iñigo Errejón— que ya no reconocía como suyo. Entre medias, presidió la Comisión de Mujer, se peleó con su propio partido, primero Podemos y luego Más Madrid, y aprendió que la teoría y la trinchera no siempre hablan el mismo idioma. Hermana de Isa Serra —también diputada, también de Podemos, también incómoda con las etiquetas fáciles—, volvió a lo que nunca había dejado del todo: los libros, las aulas, la pregunta incómoda.
Si algo distingue a esta filósofa y escritora es la desconfianza hacia las respuestas cerradas, incluso las del propio feminismo con el que lleva militando media vida. En Leonas y zorras (2018) diseccionó las estrategias del movimiento; en Manual ultravioleta (2019) lo abrió al gran público; y en El sentido de consentir (Anagrama, 2024) se metió en el terreno más resbaladizo de todos, el de qué significa decir que sí —o que no— cuando el deseo y el poder llevan siglos enredados. A día de hoy, mientras imparte clases de Estética en BAU. Centro Universitario de Artes y Diseño de Barcelona, sigue planteando preguntas incómodas donde otros solo quieren consignas.
Serra participó de nuevo en la Escuela de Pensamiento Feminista AMA Asturies, celebrada en julio en el Kuivi de Oviedo/Uviéu, un espacio de reflexión colectiva al que acude cada año desde su fundación.
Sueles defender un feminismo capaz de asumir tanto la complejidad como las diferencias internas que se producen en su seno. ¿Hay hoy algún debate que creas que nos está bloqueando como feministas? ¿O, al contrario, qué debates crees que debemos seguir teniendo porque nos resultan enriquecedores?
El otro día leía un libro que acaba de salir, Contra el castigo, de Gemma Ubasart, un texto que se suma, para ampliarlo, al debate sobre el punitivismo, y la autora hacía una reflexión con la que estoy muy de acuerdo. Este tipo de debates, que generan tensiones y posiciones contrapuestas, revelan precisamente lo vivo que está el movimiento feminista como proyecto político. Rechazo la idea de que los debates debiliten al feminismo, o que tener diferencias internas ahora mismo sea un peligro. Por supuesto, debatir nos hace más fuertes, porque estos debates nos obligan a confrontar ideas, a dar argumentos, a repensar cosas. Los debates, por cierto, son inevitables y necesarios para cualquiera que asuma que no tiene la razón de antemano, que es falible, que se puede equivocar. Siempre he pensado que algo de la masculinidad hegemónica y del machismo tiene que ver con creer que nunca te equivocas. El feminismo tiene que ser un espacio para pensar, y pensar siempre es exponerte a repensar.
Pero no es solo que discutir nos haga más fuertes, es que este tipo de debates son ya el resultado de una fortaleza. No es casual que debates profundamente ideológicos —en el mejor sentido de la palabra, en el sentido de que comprometen una visión del mundo— se estén dando precisamente en el feminismo. Son debates cruciales para la izquierda y, en otros momentos se han planteado desde otros frentes, por ejemplo cuando, en el contexto del conflicto vasco se pusieron en marcha leyes antiterroristas que autorizaron al estado a poner en marcha medidas de excepción penal. Que ahora sea el feminismo quien vehicule estos debates es, para mí, el resultado de una hegemonía conquistada por el movimiento, y por tanto la apertura de un espacio más amplio, más plural y con más capacidad para abrir dentro de la izquierda preguntas acerca de cuál es nuestro proyecto político de fondo. Creo que eso hay que defenderlo, no esconderlo.
Escribes que el lenguaje puede abrir o cerrar mundos. ¿Qué conceptos crees que se están resignificando en la actualidad?
Entre otros términos el propio concepto de feminismo. Es indudable que hoy se disputa no solo desde posiciones neoliberales, sino desde la derecha y desde algunas extremas derechas que se llaman a sí mismas feministas. En ese contexto, poner sobre la mesa que existen varios feminismos posibles, que confrontan entre sí, es una operación política necesaria. Con algunos liderazgos femeninos reaccionarios —Le Pen, Meloni— hay que disputar qué está significando esa palabra. Ya no basta con decir “feminismo”; hay que significarlo, politizarlo, orientarlo en una dirección.
¿Consideras feminismo lo que hacen líderes como Meloni o Le Pen al apropiarse de ese término?
Depende de qué feminismo defendamos. Desde luego no el que yo defiendo, ni el que creo que tenemos que defender. Por eso me siento cercana a los feminismos que plantean la necesidad de hacer una crítica a la identidad. Si el feminismo se reduce a “eso que hacen las mujeres” o a “eso que representan las mujeres”, si nos quedamos en esa frontera identitaria, se le permite a Meloni defender la maternidad como heroicidad femenina, algo profundamente reaccionario. Por eso me parece muy importante retirar al feminismo de ese anclaje identitario donde simplemente remite a las mujeres, o a las mujeres contra los hombres. Eso permite tanto el feminismo neoliberal de Hillary Clinton defendiendo mujeres en consejos de administración, como el feminismo reaccionario de ciertas líderes de extrema derecha.
Cuanto más se ata el feminismo a otras luchas políticas —la alianza con el movimiento migrante, la lucha por la vivienda, la lucha ecologista— más difícil resulta ese uso instrumental, funcional a ciertos discursos aliados del poder. Por eso defendemos esta idea de las alianzas rebeldes del feminismo con otras luchas. No es una idea nueva. Nancy Fraser ya habló del feminismo del 99%, con Hillary Clinton y el neoliberalismo progresista como adversarios. Pero la llegada de la extrema derecha ha demostrado todavía más esta necesidad.
¿Has notado una verdadera integración del feminismo interseccional, transversal, en los movimientos sociales de los últimos años?
Creo que la Escuela de AMA es un caso muy claro de esta apuesta. No es una escuela donde solo se habla de las mujeres o donde se entiende que las mujeres viven situaciones de discriminación idénticas. Se habla de vivienda, de lucha sindical, de migración, del movimiento por la regularización. Es un espacio donde el feminismo se entiende como la propuesta de un modelo político y social para el conjunto de la sociedad, no para la mitad.
“La Escuela de AMA Es un espacio donde el feminismo se entiende como la propuesta de un modelo político y social para el conjunto de la sociedad, no para la mitad”
Hay una parte del feminismo a la que esto no le gusta —pienso en cierto feminismo del PSOE, en la línea de Valcárcel— que dice que el feminismo no tiene que cargar con otras luchas políticas, como se decía incluso de la lucha LGTBI o de las luchas trans, como si fuera una carga indebida. Me parece una ceguera total porque es precisamente esa capacidad que tiene el feminismo de conectar y hermanar luchas la que demuestra su potencia política. Desde mi experiencia como alguien que ha tenido que abrir espacio al feminismo en el interior de un partido político diría que cuando el feminismo es un asunto de mujeres que las mujeres hacen aparte de los espacios mixtos, no resulta ni muy incómodo ni muy amenazante para las lógicas masculinas y el modo en el que circula el poder en espacios masculinizados. En mi experiencia el modo en el cual los dirigentes hombres han subalternizado el feminismo es considerándolo como un asunto particular que solo compete a las mujeres -es decir, a una parte y no a todos- y del que ellos pueden seguir desentendiéndose. Mientras condescendientemente respetan que las mujeres se reúnan a hablar de sus cosas en sus propios espacios, pueden seguir pensando que la verdadera política, la política universal, la política con mayúsculas, es eso que ellos hacen. Eso de que el feminismo y las feministas se ocupen de “sus cosas” le interesa a quienes nos quiere en una esquinita. Así que no, no creo que estemos encomendándole al feminismo tareas que no le son propias: creo que el feminismo se ha apropiado, sin pedir permiso, de una función hegemónica, justamente porque ha logrado condensar en torno a sí un conjunto amplio de demandas emancipadoras.
Muchas voces señalan al feminismo como nuestra principal barrera contra el fascismo y los reaccionarismos de esta nueva ola. ¿Estás de acuerdo?
Creo que puede ser pero, de nuevo, depende de qué entendamos por feminismo. Si el feminismo ha conseguido interpelar a personas muy distintas, y ha sido disputado incluso por fuerzas políticas que no consideramos amigas sino enemigas, entonces puede ser una barrera o puede no serlo. Bajo esa etiqueta se pueden defender hoy perspectivas que en realidad están del lado de posiciones conservadoras. Por eso, precisamente, estos debates son enormemente necesarios: a no ser que seamos muy ingenuos y pensemos que todo el mundo que se atribuye la etiqueta comparte una misma perspectiva política, estos debates son la salvaguarda de que el feminismo no sea instrumentalizado al servicio de otros proyectos.

Y esto no es un descubrimiento nuestro. Las feministas negras llevan diciéndolo mucho tiempo. Y sus críticas también se dirigieron contra una parte de lo que se ha englobado bajo la etiqueta de “feminismo”, en concreto contra el feminismo de mujeres blancas de clase media o alta que, bienintencionadas o no, han defendido recetas políticas al servicio de las minorías ricas, entre ellas, las políticas carcelarias puestas en marcha no solo por la derecha sino por el centro izquierda, es decir, por el neoliberalismo progresista. Pienso en Bell Hooks, en Angela Davis, en tantas autoras que han señalado los riesgos de que ciertas perspectivas feministas acaben siendo colaboradoras de un sistema penal que manda desproporcionadamente más a las cárceles a la gente pobre y la gente negra. Un sistema penal que cumple un papel esencial en una fase tardía del capitalismo en la que, cada vez más desprotegidos ante la desigualdad, la “seguridad” se nos promete ilusoriamente ampliando delitos y castigos.
¿Al hablar de cuidados, podemos caer en abstracciones que acaben diluyendo el trabajo diario, sobre todo el que hacen los colectivos migrantes y precarios?
Diría, en primer lugar, que el hecho de que hoy hablemos de la centralidad de los cuidados es una victoria del feminismo y que, entre otras cosas, supone que gran parte de un trabajo cotidiano feminizado se vuelve un trabajo esencial para nuestra sociedad. La critica que ha hecho la economía feminista en este sentido supone una gran enmienda a la totalidad en la forma en la que pensábamos la economía y sus asuntos. Durante mucho tiempo la economía solo parecía interesarse por aquello que producía mercancías y beneficios, mientras que todo el enorme trabajo necesario para sostener la vida quedaba naturalizado y oculto. El feminismo ha conseguido que entendamos que, sin ese trabajo cotidiano, que sin duda llevan también a cabo muchas mujeres migrantes, no existiría ninguna economía.
“No tenemos un derecho a ser queridos; tenemos un derecho a que nuestra reproducción material esté asegurada”
Ahora bien, sobre el concepto de cuidados podemos hacernos también algunas preguntas. Hay feministas que, desde una perspectiva marxista, prefieren hablar de “reproducción social”, que sería un concepto más amplio y mejor definido. Un concepto que, al que dar definido por su relación inversa con lo productivo, delimitaría mejor el tipo de actividades que queremos englobar. Tengamos en cuenta que “cuidado” es una palabra semánticamente muy densa y que, bajo algunos de sus significados, remite a una relación afectiva y casi amorosa. Me parecen difícil despojar el concepto de cuidado de esas acepciones y, si es así, el término “cuidados” puede implicar una cierta ambigüedad que yo preferiría no reproducir. Una sociedad democrática debe garantizar que todas las personas puedan vivir con dignidad, independientemente de que tengan o no una familia que las quiera o una red afectiva que las sostenga. No tenemos un derecho a ser queridos; tenemos un derecho a que nuestra reproducción material esté asegurada.
¿Crees que ese lenguaje esconde también un riesgo de reforzar estereotipos de género?
Puede hacerlo. No sería alarmista con esto y creo, como he dicho antes, que el lenguaje de los cuidados ha servido precisamente para cuestionar la división sexual del trabajo. Pero con la vuelta a discursos conservadores sobre la feminidad y con la instrumentalización de lo femenino por parte de proyectos reaccionarios no me parece que esté de más hacer esta advertencia. La ternura, la empatía, la entrega, la disponibilidad emocional son rasgos que históricamente se han atribuido a las mujeres y existe el peligro de que resurjan discursos esencialistas que refuerzan esa asociación entre feminidad y disposición natural a cuidar. Nuestro marco de análisis debe ser el de cómo organizamos democráticamente aquellas tareas imprescindibles para sostener la vida sin que recaigan, como hasta ahora, sobre las mujeres. El reto consiste en socializar la reproducción: asumir colectivamente, mediante servicios públicos, derechos sociales y condiciones laborales dignas, aquellas tareas de las que depende la vida de todos. Y si en esa socialización no entran solo los hombres sino también el Estado y las instituciones, quizás el concepto de reproducción es políticamente más apropiado. Si es fundamental no reproducir una visión paternalista del estado, también hay que tener mucho cuidado de no investir al estado con funciones maternales. Y si el término “cuidado” engloba también ese tipo significaciones y no las deja fuera, me parece importante recordar que yo no quiero que el estado me cuide, yo quiero que el Estado sea el instrumento de un abordaje colectivo de un trabajo que es socialmente necesario para nuestra reproducción como sociedad en condiciones de igualdad.

Hay corrientes feministas que reivindican con fuerza lo comunitario, la memoria histórica, el vínculo con el territorio y las raíces. ¿Qué crees que aporta ese enfoque, y qué se arriesga a perder el feminismo si pierde esa especificidad?
Es una pregunta política muy profunda y muy urgente. Un feminismo que quiera realmente confrontar con la sociedad existente y ofrecer otro mundo como propuesta no puede dejar de enfrentarse a una dificultad. Este sistema político se fundamenta en una destrucción de los vínculos comunitarios y de los espacios donde se construyen redes de solidaridad y dependencia. El neoliberalismo ha tenido como eje vertebrador de su programa social la destrucción de esos espacios intermedios, no solo los sindicales, en los que existe, aparte del individuo y el Estado, una sociedad que se relaciona con vínculos, solidaridades e interdependencias. Es como si, mientras nosotras afirmamos que queremos otro mundo, se nos estuviera socavando el suelo bajo los pies cada vez que avanza ese aislamiento de los sujetos, esa sociedad en la que cada vez conocemos menos a nuestros vecinos.
Esto se pone mucho sobre la mesa, por ejemplo, en los debates sobre el punitivismo: en una sociedad neoliberal donde el neoliberalismo ha triunfado, cuando tu vecino pone la música alta llamas a la policía en vez de ir a hablar con él, porque no hay relación, porque es un desconocido, porque es alguien de quien, preventivamente, debes protegerte. Cada vez que aceptamos que solo existimos nosotros mismos y el Estado, sin relación con los demás, estamos aceptando el mundo que han construido nuestros enemigos. Si queremos resolver cualquier conflicto de otra manera que no pase por un Estado punitivo —el juez, la policía, la prisión—, tiene que haber sociedad, tiene que existir un espacio colectivo donde plantearnos cómo resolver conflictos. Por ejemplo, cómo decirle a unos chavales de veinte años que tienen comportamientos machistas que tienen que cambiar. O hay comunidad articulada, o no hay manera de resolver esto de otro modo que no sea el que nos propone el neoliberalismo securitario.
“en una sociedad neoliberal donde el neoliberalismo ha triunfado, cuando tu vecino pone la música alta llamas a la policía en vez de ir a hablar con él”
Tengo el ejemplo reciente de unos compañeros de Nápoles que militan en el ExOPG, un gran centro social de la ciudad donde, entre otras cosas, muchas personas trabajan articulando el movimiento migrante de la ciudad. Una amiga que forma parte del proyecto y que acompaña a personas migrantes, desde la asesoría legal hasta la construcción de redes de apoyo comunitario, sufrió el acoso de una persona migrante que desarrolló una relación posesiva con ella, la perseguía, la esperaba a la salida del trabajo, la agredió en un par de ocasiones. ¿Qué hacer en una situación así? Por supuesto ella podía presentarse en una comisaría y poner una denuncia. En la Italia de Meloni este tipo de “solución” sería desde luego muy eficaz, un migrante irregular de Senegal acabaría inmediatamente en una cárcel italiana. La cuestión es que para ella y para los compañeros de Nápoles esa “solución” no es sino una derrota, implica dar por perdido todo por lo que luchamos quienes queremos construir otra sociedad. La manera de abordar este conflicto pasó por hablar con la comunidad senegalesa, que se implicó en la respuesta ante una situación grave de acoso a una compañera, y hacer una recolecta colectiva para pagarle un billete de avión a esta persona a Senegal de vuelta con su familia. Esa persona no acabó ni en la cárcel ni deportada con un expediente policial en un país gobernado por fascistas. Tampoco rompió sus vínculos con la comunidad, a la que quizás pueda volver más adelante, pero el problema no se ha resuelto pensando que solo el estado y el sistema penal pueden resolver nuestros conflictos, sino abordando un problema de forma colectiva tratando de hacer el menor daño posible a todas las partes.

¿Por qué es posible enfrentar un conflicto como este de forma alternativa? Porque hay comunidad, porque ha habido construcción de vínculos y de redes. Si no ponemos en marcha ese tipo de mundo —que pasa por estar implicado en tu territorio, por conocer el pasado del lugar donde vives, por hacer alianzas, por poner en marcha proyectos colectivos donde la gente se encuentra y se conoce—, no tenemos manera de ofrecer otra vía, y siempre será más fácil la solución de llamar a la policía y acabar en un juzgado. Es mucho más difícil construir esto, desde luego la solución punitiva es siempre la más fácil. Pero, a la vez, es irrenunciable. Un feminismo desvinculado de este trabajo de construcción de vínculos sociales y confianzas en los otros, no puede ofrecer ninguna alternativa política a la que nos plantean los nuevos fascismos.
Viendo el panorama actual, ¿crees que podemos hablar de una crisis de la izquierda? ¿Es un problema de lenguaje, de estrategia, o de imaginación política?
Si estamos hablando de la izquierda parlamentaria, de la que he formado parte en sus primeros años, la crisis es evidente. No se ha hecho una reflexión honesta sobre los errores, sobre lo que no se hizo bien en un proceso político que nace después del 15M. En parte porque sigue habiendo muchos actores en el escenario político-mediático implicados, porque todavía hay mucha gente con cosas que perder y con necesidad de echar la culpa al otro. Eso ha imposibilitado una reflexión colectiva de autocrítica general. Todo el mundo necesita un relato autoexculpatorio cuando creo que sobre las cosas importantes, todos tenemos una responsabilidad y las culpas, si es que lo llamamos así, están bastante repartidas.
Creo que si nos paramos a pensar qué se podía haber hecho mucho mejor la cuestión organizativa es central. Se puso en marcha un proyecto político que no tenía cuerpo, un proyecto tan claramente dirigido al asalto institucional del Estado, que se llamaba a sí mismo “máquina de guerra electoral”. No era un proyecto político que venía de construir poco a poco ni de apoyarse respetuosamente en proyectos implantados. ¿Cuánto ha pesado eso? ¿Y cuánto ha pesado una organización tan vertical, tan destinada a tomar decisiones audaces y rápidas para las que la democracia interna y la consolidación de estructuras intermedias eran un obstáculo sobrante? Se apostó por la rapidez y no por la construcción lenta, a veces por las circunstancias que venían dadas, pero otras veces no, otras veces ese modelo ha sido el resultado de decisiones que podían haber sido otras. Creo que este es un error que compartimos casi todos los que estuvimos en Podemos y, por supuesto, que comparten el resto de proyectos subsiguientes que se han ido desprendiendo y separando de Podemos. Por eso hablo de errores compartidos y justamente en tanto que compartidos no solo son los más importantes de analizar sino que son los errores que a nadie le interesa analizar. Espero que un día podamos hacerlo porque aprender de la experiencia política de esta pasada década es necesario para abordar las siguientes. Sin menospreciar en nada las dificultades que plantea el status quo y los poderes realmente existentes poner en marcha un proyecto como el que significó Podemos—eso ya lo sabíamos—, también tenemos que pensar qué hemos hecho mal. Organizativamente hemos fracasado, y esto es también una pregunta feminista. Construimos un aparato volador sin anclaje real, y muy poco democrático en el fondo: se movía con la lógica del plebiscito y el líder que consulta, pero nunca se tomó en serio sus órganos internos ni el tiempo que implica la democracia en los distintos estratos de una organización. E, insisto, no solo estoy hablando del liderazgo de Pablo sino de un modelo compartido del que nadie ha querido salir. Sumar, en este sentido, es la evidencia de un fracaso estrepitoso de la dinámica del liderazgo mediático y la centralidad de lo electoral a toda costa. Por supuesto, ambas son lógicas heredadas de Podemos y, exacerbadas, de forma aún más descarnada o desnuda, han hecho de Sumar una carcasa vacía que aspira a sobrevivir nada más que a la próxima cita electoral y a tocar posiciones de gobierno en cualquier contexto posible y sin discusión ninguna. Es enormemente sintomático de la vacuidad de la actual izquierda parlamentaria y de su inevitable caducidad el hecho de que la discusión política sobre si entrar en el gobierno tiene o no tiene sentido ni siquiera exista. Ni está ni se la espera, ha dejado de percibirse incluso como algo que falta. Este vacío político, esta ausencia de estrategia, producirá (ya lo estamos viendo) la desaparición de estos proyectos políticos. Tendremos que levantar otros nuevos, pero para que resistan y estén en condiciones de durar, tendrán que ser no solo marcas electorales, tendrán que tener lógicas nuevas. Y para eso necesitamos una reflexión que sea honesta, y lo más colectiva posible, sobre lo que se hizo bien y lo que se hizo mal.



























