Entre libro y libro de Agatha Christie y de P.G. Wodehouse (que se note que es verano), se coló en mi lista, por fin, la novela breve El silencio del mar, del escritor francés Jean Bruller (1902-1991). Fue publicada de manera clandestina y bajo el pseudónimo de Vercors en 1942. Su autor, combatiente de la Resistencia en el Norte de Francia, fue también cofundador de Les Éditions de Minuit y en esa editorial vio la luz este relato.
Todo esto lo sé ahora que he leído la novela y he dado un vistazo a la introducción, siempre en ese orden con cuidado de evitar spoilers. Lo de “por fin” es porque hace muchos años mi padre me dijo que me gustaría. Sólo dijo eso. No solía recomendarme libros, yo leía los que había en casa tomando este hecho como una recomendación, pero en este caso sí me dijo que me gustaría.
El silencio del mar es la historia de cómo un anciano y su sobrina, obligados a hospedar a un oficial alemán en los primeros tiempos de la ocupación, muestran su rechazo negándose a hablar con él. No hay mucho más, no hace falta. El alemán, músico antes que soldado, sí les habla, es educado, amable, inocente, imagina un futuro de hermandad entre Francia y Alemania cuando la guerra acabe. Les habla cotidianamente, a última hora del día, y se retira siempre deseándoles buenas noches. No recibe nunca ni una palabra a cambio. Un buen día descubre que su país no pretendía esa “hermandad”, que sus compañeros, dice, se han reído de él y le han dicho que “La política no es el sueño de un poeta”. Vuelve a desearles buenas noches por última vez y se va para siempre.
Leyendo la introducción a la novela (traducida a más de cincuenta lenguas, también al castellano) descubro que, pese a su éxito, una de las críticas más duras y repetidas que ha recibido es la de presentar al alemán (el enemigo) como un ser humano inocente, con buenos sentimientos, víctima de la propaganda nazi. Este respeto al otro, incluso cuando es no solo “otro”, sino “enemigo”, este respeto del que hablo tantas veces porque es una de las mejores herencias que nos dejó Homero, es bastante infrecuente a lo largo de la historia. En los conflictos actuales no existe, no se hila nada fino.
Cuando el ejército de Israel roba cada día un poco más de terreno a Gaza, cuando los colonos se apoderan violentamente de casas y tierras en Cisjordania, las derechas no hablan de invasión, pese a que vemos a hombres armados ocupando un territorio que no es suyo y golpeando y asesinando a sus legítimos ocupantes, civiles en su mayoría. No hablan de invasión, hablan del derecho a la defensa frente a una amenaza “existencial”. Sí hablan de invasión, en cambio, cuando civiles desarmados, sin capacidad ni intención alguna de anexionarse territorio, atraviesan una frontera y son tratados a palos de un lado y del otro. A veces, incluso, la frontera que se resiente es la que hay entre derecha e izquierda y empiezan a verse también desde la izquierda invasiones donde no las hay y empiezan a no verse donde sí las hay.
Los que pierden, es decir, los invadidos de verdad y los invasores de mentira, se parecen mucho entre sí. Y sobre todo pierden ellas. Las mujeres de Gaza, como las víctimas de todas las guerras, sufren violencia sexual por parte del ejército invasor. En cuanto a las menores “invasoras”, algunas de ellas han sido atendidas después de sufrir agresiones sexuales en Ceuta, ese territorio que supuestamente han invadido. Invadidas o invasoras, pierden siempre.
“Cuesta prestarles atención en medio de tanto trompeteo de los vencedores, pero si estos se callan un poco, por variar, el silencio de los perdedores se sigue escuchando y abre camino.”
Hace muchos años, antes de hacer un viaje en tren por el sur de Francia, mientras trataba de situar en las páginas de un Atlas las ciudades de Montpellier, Nîmes y Carcasona, mi padre se sentó a mi lado y me señaló con el dedo el lugar en el que había estado de niño, refugiado cerca de los sitios por los que yo iba a pasar. Antes había estado en Cataluña, pero Barcelona cayó a finales de febrero del 39 y el sur de Francia se llenó de campos de acogida. No recuerdo el nombre de ese lugar. Mi padre hablaba poco y yo menos, me doy cuenta ahora. Pero que ya no esté no quiere decir que las conversaciones no puedan continuar. Este libro, que él sabía que me iba a gustar, yo lo leía ahora al mismo tiempo que se producía la vergonzosa discusión sobre qué hacer con los menores en la frontera con Marruecos y me di cuenta, por primera vez con estas palabras, de que mi padre fue, por un tiempo, un “mena”. Aunque no literalmente, porque sí estaba acompañado, por un hermano suyo más pequeño todavía que él.
Podría haber leído la novela de Jean Bruller cuando mi padre me la recomendó, pero no lo hice. Ahora, después de muchos veranos y algunas mudanzas, el libro apareció por fin en esa especie de cinta transportadora invisible que va depositando volúmenes en pilas aquí y allí. En esa cinta se coló este verano también el magnífico ensayo de Laura Casielles Arena en los ojos. Memoria y silencio de la colonización española de Marruecos y el Sáhara Occidental. Otro “silencio” en el título. Y, al tiempo que contemplaba con pasmo a Abascal, viento en popa a toda vela, aproximarse en su barquito a Ceuta, leía esto en el libro de Laura Casielles: “Sinceramente, llegada a un punto, estoy hasta el moño de historias de hombres. De hablar con hombres, de leer a hombres, de tanta guerra y tanto cabildeo y tanto video militar en YouTube y tantos cojones sobre la mesa todo el rato”. No imagino subtítulos mejores para esas imágenes de la gesta del Capitán Pescanova.
Pero el problema es, continuaba Casielles, que las mujeres, a menudo, no quieren hablar. Yo añadiría que los que pierden, a menudo, no quieren hablar. Pero sus silencios, como los de mi padre, son también muy elocuentes. Cuesta prestarles atención en medio de tanto trompeteo de los vencedores, pero si estos se callan un poco, por variar, el silencio de los perdedores se sigue escuchando y abre camino.
Y no, mi padre no fue un mena por ese breve tiempo, fue un crío refugiado. Quienes más deberían callar no solo no lo hacen, sino que violentan las palabras haciendo que digan lo contrario de lo que significan. Si es cierto que la verdad muere en tiempos de guerra, el genocidio que Israel sigue cometiendo en Gaza es el más claro ejemplo. El ejército sionista no debería llamarse ahora mismo FDI, Fuerzas de Defensa de Israel, sino fuerzas de agresión y colonización, brutales hasta un punto inimaginable. Y la Junta de Paz de Trump para la reconstrucción de Gaza es en realidad un consejo de expoliadores que ha tomado ya su primera decisión: adjudicar a una empresa estadounidense la construcción de un barracón para tropas de Marruecos. Y los colonos son saqueadores. Pero Israel dispara sobre las palabras y sobre los periodistas, y lo que vemos es que, poco a poco, con la complicidad de una buena parte de la prensa occidental, “los palestinos han dejado de ser un pueblo ocupado y expulsado de sus tierras para quedar reducido a enemigos de Israel y una amenaza para las democracias occidentales”, como escribe Patricia Simón en Narrar el abismo. Periodismo de conflictos en tiempos de impunidad. Otro libro imprescindible que da voz a los perdedores y que hay que leer, que todavía queda verano.



























