Durante cuarenta años, Asturias ha aprendido a mirarse y a mostrarse como “Paraíso Natural”. Pero el paisaje que aparece en las fotografías, el de las montañas, los valles o las sierras cubiertas de vegetación, tiene bastante menos de virgen de lo que sugiere la postal. Hay montes modificados para extraer oro hace dos mil años, túmulos levantados hace cinco mil, cuevas ocupadas durante la Prehistoria y poblados fortificados que todavía asoman entre la vegetación. A veces la arqueología está bajo nuestros pies. Otras veces, lo que estamos contemplando es directamente un paisaje arqueológico sin saberlo.
¿Convierte todo eso a Asturias en una especie de “paraíso arqueológico”? Rubén Montes, arqueólogo especializado en el mundo castreño, contradiciendo el titular de este reportaje, rebaja inmediatamente el entusiasmo periodístico. “Hablar de una excepcionalidad no sería el término propio”, responde. Al fin y al cabo, cualquier territorio conserva testimonios que hacen singular su pasado. Pero introduce enseguida el matiz de que hay momentos y manifestaciones especialmente bien representados en Asturias, desde el arte paleolítico hasta el mundo castreño y la arqueología altomedieval.
La clave quizá esté menos en inventar un nuevo paraíso que en aprender a mirar de otra manera el que ya tenemos. Para Montes, no cabe concebir el paisaje asturiano únicamente desde una perspectiva natural. Es el resultado de la interacción entre el medio y “la acción milenaria de los hombres sobre él”. “El impacto de la acción antrópica es brutal en muchos campos”, señala. Siete lugares permiten recorrer esa otra Asturias, desde quienes dejaron sus dibujos en las paredes de una cueva hasta los arqueólogos que hoy siguen encontrando pruebas capaces de cambiar lo que creíamos saber.

Tito Bustillo y Candamo: cuando Asturias sí es excepcional
Para encontrar una de esas excepciones hay que entrar bajo tierra. Montes señala las cuevas del Paleolítico superior como uno de los momentos en los que el patrimonio arqueológico asturiano alcanza una relevancia internacional y menciona dos ejemplos: Tito Bustillo, en Ribadesella, y la Cueva de la Peña de Candamo. Ambas forman parte, junto con El Pindal, La Covaciella y Llonín, del conjunto de cuevas asturianas incluidas en la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO del arte rupestre paleolítico del norte de España.
También son la demostración más evidente de que convertir patrimonio en atractivo turístico tiene límites. La fragilidad de las pinturas obliga a controlar accesos y condiciones ambientales, mientras la divulgación se desplaza en parte hacia equipamientos complementarios. El Centro de Arte Rupestre de Tito Bustillo recibió 44.746 visitantes en 2025. El patrimonio más extraordinario no siempre es el que puede enseñarse con mayor facilidad.

Monte Areo: cinco mil años marcando el territorio
Antes de que hubiera ciudades o carreteras, las comunidades prehistóricas ya estaban convirtiendo determinados espacios en lugares cargados de significado. Montes escoge los túmulos y dólmenes del Monte Areo, entre Carreño y Gijón, como una de las mejores representaciones asturianas del megalitismo, investigadas durante décadas por el arqueólogo Miguel Ángel de Blas.
En el monte se han identificado más de treinta estructuras tumulares. Algunas contienen cámaras funerarias y otras apenas se distinguen hoy como pequeñas elevaciones. Su importancia no reside únicamente en lo que guardaron, sino en dónde fueron levantadas: aquellas comunidades escogieron lugares determinados para sus muertos y dejaron marcas que sobrevivieron durante milenios. Quien camina actualmente por Monte Areo atraviesa así un paisaje natural y, al mismo tiempo, un territorio construido simbólicamente por seres humanos miles de años antes de que existiera Asturias.

La Carisa: cuando unas piedras cambian la Historia
Hay descubrimientos que no añaden simplemente una pieza al inventario, sino que obligan a reconsiderar el relato. Montes encuentra uno de los ejemplos más claros en la conquista romana. Hace apenas veinte o treinta años, recuerda, “no se conocía absolutamente nada de ese mundo más allá de lo que reflejaban las fuentes clásicas”. Algunos investigadores llegaron incluso a cuestionar aquellos relatos y plantearon que la intensidad del conflicto podía haber sido exagerada por los conquistadores.
Los campamentos militares descubiertos desde entonces han cambiado el panorama. La Carisa, entre Aller y Lena, se convirtió a comienzos de este siglo en una de las piezas fundamentales para documentar arqueológicamente el avance romano. A ella se sumaron otros enclaves. Un estudio reciente de materiales procedentes de Ḷḷagüezos y A Granda das Xarras analizó alrededor de 200 objetos vinculados al ejército romano, desde armas y herramientas hasta piezas de indumentaria. Para Montes, los avances en este campo han sido “notabilísimos”: donde hace unas décadas había fundamentalmente textos antiguos, hoy existen múltiples huellas materiales de tropas que atravesaron estas montañas.
El oro de Roma: cuando el yacimiento es el paisaje
Los romanos no dejaron únicamente objetos y campamentos. En el occidente de Asturias llegaron a transformar físicamente el territorio para explotar sus recursos. Montes utiliza la minería aurífera como el ejemplo más rotundo de por qué resulta insuficiente contemplar el paisaje exclusivamente como naturaleza: desde Salas y Belmonte de Miranda hacia el extremo occidental, incluyendo las lagunas de Salave, la búsqueda de oro modificó sierras y valles a una escala todavía reconocible.
Explotaciones, canales para conducir el agua, depósitos y grandes movimientos de tierras formaron parte de sistemas mineros cuyo estudio ha permitido reconstruir la ocupación romana del territorio. En lugares del occidente, por tanto, el yacimiento no consiste solamente en unas ruinas que aparecen entre los árboles. La propia forma del terreno conserva las cicatrices de aquella explotación. Es quizá la expresión más literal de la propuesta de Montes cuando dice que una parte de aquello que hoy se fotografía como “Paraíso Natural” lleva “casi dos mil años contando una historia humana.”

Coaña y Campa Torres: descubrir no es suficiente
El mundo castreño es otro de los ámbitos que Montes considera particularmente significativo en Asturias. Si hubiera que escoger dos imágenes reconocibles, pocas competirían con las construcciones del Castro de Coaña y la privilegiada situación sobre el Cantábrico de la Campa Torres, en Gijón. Y ambos permiten comprobar también que la llegada de Roma no puso punto final a la historia de estos asentamientos: sus etapas finales, como ocurre también en Chao Samartín, conservan el rastro de un territorio incorporado al mundo romano.
Porque Roma no fue únicamente conquista, campamentos y minas de oro. Montes advierte de que un recorrido por el patrimonio arqueológico asturiano quedaría incompleto sin los testimonios de los siglos posteriores. En Cimavilla, las Termas Romanas de Campo Valdés conservan parte del pasado romano de Gijón, mientras que a pocos kilómetros la Villa Romana de Veranes muestra otra realidad, la de los grandes establecimientos rurales. Son, además, lugares visitables que el arqueólogo considera especialmente recomendables para acercarse a ese periodo. Y precisamente la posibilidad de visitar un yacimiento conduce a otra de sus preocupaciones: qué ocurre con los restos después de excavar.
Aquí Montes introduce una de sus principales preocupaciones. La investigación, sostiene, siempre necesitaría más recursos, especialmente porque la arqueología contemporánea exige técnicas cada vez más costosas. Sin embargo, coloca el acento sobre la conservación. “De nada sirve excavar si no conseguimos, si no tenemos una planificación clara de lo que queremos hacer con los restos exhumados”, advierte. Y asegura que existen “desgraciados ejemplos” de ruinas excavadas que después permanecen a la intemperie, deteriorándose y sin una planificación adecuada para mantenerlas y hacerlas visitables.

La Campa Torres ofrece actualmente el otro lado de esa ecuación. Tras cerca de dos décadas sin excavaciones continuadas, el Ayuntamiento de Gijón, la Universidad de Oviedo y el CSIC han retomado la investigación dentro de un proyecto que incorpora también conservación y puesta en valor. El enclave recibió 44.887 visitantes en 2025. Para Montes, tampoco basta con conservar ya que, pese a los esfuerzos de la Consejería de Cultura y otras instituciones, considera insuficiente la divulgación y cree que queda mucho por hacer para trasladar a la ciudadanía el conocimiento obtenido por los arqueólogos.

Cerrosa-Lagaña: “Desconocemos mucho más de lo que conocemos”
¿Cuánto queda entonces bajo tierra? Montes no necesita hacer cálculos. “Desconocemos mucho más de lo que conocemos, eso sin duda”, responde. Incluso aquello que ya ha sido investigado, añade, puede ser objeto de nuevas interpretaciones hasta llegar en algunos casos a una “transformación radical del discurso histórico”.
La Cerrosa-Lagaña, en Suarías, Peñamellera Baja, permite poner restos humanos a esa afirmación. Las investigaciones iniciadas en 2020 en esta cavidad han recuperado individuos de la Edad del Hierro, además de materiales de diferentes épocas. La excepcional conservación de huesos humanos abre la posibilidad de utilizar análisis genéticos, isotópicos y antropológicos para obtener información sobre parentesco, movilidad, alimentación o enfermedades de poblaciones de las que quedan pocos restos de este tipo. Los trabajos continúan proporcionando novedades: en 2026 se dieron a conocer los resultados del estudio de un puñal y elementos de cinturón prerromanos recuperados en la cueva.
No se trata, por tanto, de completar lentamente un mapa cuyo dibujo ya conocemos. El último volumen de Excavaciones arqueológicas en Asturias, correspondiente al periodo 2021-2024, reúne más de medio centenar de trabajos y la participación de más de cien profesionales. “Es mucho más lo que queda por investigar, lo que queda por conocer que lo conocido”, insiste Montes.

Chao Samartín: más de mil años dentro del paisaje
Después de recorrer miles de años de historia, queda pedir al arqueólogo que elija. No el yacimiento objetivamente más importante, si es que tal clasificación fuera posible, sino aquel al que llevaría a una persona para mostrarle esa otra Asturias escondida dentro del “Paraíso Natural”. Montes sonríe ante una elección en la que reconoce que entran “cuestiones casi personales y casi sentimentales del apego a determinados yacimientos por trayectorias vitales y profesionales”.
Se queda con Chao Samartín, en Grandas de Salime, donde trabajó durante años. No solo por sus restos. “Es un yacimiento que está en un paraje muy singular desde el punto de vista paisajístico”, explica, y que merecería una visita incluso prescindiendo de la arqueología. Pero allí se puede reconocer “más de un milenio de historia de la región de una manera especialmente elocuente”.
Al final, Montes vuelve al paisaje. Después de cuevas, túmulos, campamentos, minas y castros, no escoge una pieza ni un hallazgo espectacular. Se queda con “esa conjunción del paisaje actual con esa ruina milenaria”. Quizá no haga falta buscar un “Paraíso Arqueológico” distinto del natural. Está en el mismo sitio. Solo hay que saber qué se está mirando.



























