La Cueva Studio es el proyecto de cerámica y diseño que Cova del Campo puso en marcha en Gijón hace casi una década. Desde su taller, instalado ahora en La Arena, diseña y produce piezas que mezclan artesanía, arquitectura y herramientas digitales, imparte talleres y desarrolla encargos para tiendas, particulares y restaurantes. Lo que comenzó después de descubrir la cerámica casi por casualidad mientras vivía en Barcelona ha terminado convirtiéndose en una marca que vende más fuera de España que dentro.
Buena parte de ese mundo propio puede entenderse mirando una de sus colecciones más reconocibles. Hay tuberías amarillas, azules o rosas que se doblan y terminan convertidas en jarrones, escaleras que no llevan a ningún sitio, tazas que recuerdan a pequeñas columnas y piezas blancas construidas a partir de cilindros, estrías y formas geométricas. Detrás hay una mirada acostumbrada a encontrar belleza en sitios donde otros quizá no la buscarían. A Cova le interesan, por ejemplo, las instalaciones industriales de Aboño, sus conducciones, sus colores y una arquitectura asturiana que forma parte del paisaje cotidiano sin que siempre se repare en ella.

“Me inspiró mucho esa parte asturiana que no todo el mundo ve como algo bonito. Me encantan los colores, las formas, cómo se hacían antes las fábricas, el cuidado de cada detalle”, explica. También habla con entusiasmo de las centrales hidroeléctricas asturianas y de la obra de Joaquín Vaquero Palacios, autor de algunas de las intervenciones más singulares de la arquitectura industrial del siglo XX en Asturias. Cuando recuerda esos edificios abandona cualquier explicación técnica. “Es que me flipan. Es que ya no se hacen cosas así”.
De ahí puede salir una tubería convertida en florero. La arquitectura ha acompañado a La Cueva Studio prácticamente desde el principio y sigue apareciendo en su manera de pensar los objetos, aunque el trabajo de Cova no permanezca quieto. Durante años buscó mediante moldes piezas muy precisas, facetadas y geométricas. Después de una residencia reciente en Japón ha empezado a permitirse formas más orgánicas y trabaja también con el nerikomi, una técnica basada en la combinación de arcillas de distintos colores. “La Cueva puede tener un estilo concreto, pero dentro de eso también me voy moviendo mucho por lo que voy aprendiendo y por lo que me interesa. No es algo lineal lo que hago”.
En noviembre de 2015 decidió regresar a Asturias y comenzó a hacer piezas por su cuenta.
Una afición que se convirtió en trabajo
Nada de aquello estaba previsto cuando Cova del Campo, nacida en Oviedo y criada desde los siete años en Gijón, vivía en Barcelona en 2015. Había estudiado Publicidad y se había formado también como diseñadora gráfica. Después de pasar por distintas ciudades y trabajar en agencias, empezó a darse cuenta de que aquel empleo creativo que había imaginado no terminaba de serlo de la forma que necesitaba.
Fue entonces cuando se apuntó como alumna a talleres de cerámica. Al principio no había más intención que esa. Aprender algo nuevo, trabajar con las manos y encontrar durante unas horas un espacio distinto al de la agencia. “Empiezo a descubrir qué me gusta y a interesarme”, recuerda. En noviembre de 2015 decidió regresar a Asturias y comenzó a hacer piezas por su cuenta. Preparó una pequeña colección y algunas tiendas empezaron a contactar con ella. La afición fue pidiendo un horno, después un espacio y finalmente una dedicación que ya no tenía demasiado sentido considerar provisional.
“Yo creo que si hubiese pensado como plan de negocio ‘voy a hacer esto’, igual no lo hubiese hecho. Fue tan orgánico que fue como algo terapéutico para mí, porque en ese momento lo necesitaba”, explica. La creación tampoco era completamente extraña en su familia. Su bisabuela fue pintora y otros familiares siguieron vinculados a la pintura, de modo que aquella vertiente plástica había estado presente desde pequeña aunque durante años hubiera quedado en segundo plano.

El crecimiento gradual explica también que aparezcan distintas fechas cuando se busca el nacimiento de La Cueva. El proyecto empezó a gestarse durante aquel 2015, fue tomando forma en 2016 y el estudio quedó establecido a partir de 2017. No hubo, por tanto, un día concreto en el que Cova dejase una profesión para declararse ceramista.
Su formación anterior tampoco desapareció cuando llegó el barro. En el taller conviven técnicas tradicionales con moldes, extrusión, diseño digital e impresión 3D. “La tecnología empieza y acaba donde uno quiere”, sostiene. “No considero que algo sea menos artesano porque se aplique cierta tecnología. Al final hoy en día todos usamos un horno eléctrico”. Para ella resulta natural aprovechar lo que sabe de programas de diseño y combinarlo con un proceso que sigue dependiendo de materiales, tiempos, manos y hornos.
Esa mezcla entre diseño y artesanía se ha convertido precisamente en uno de los rasgos distintivos de La Cueva Studio. La plataforma internacional Homo Faber incluye actualmente a Cova entre los artesanos de su guía y destaca la combinación de procedimientos cerámicos y fabricación digital de su trabajo. En 2021, El País Semanal incluyó uno de sus jarrones con forma de escalera en una selección de cerámica contemporánea española y, un año después, Architectural Digest España situó su taller entre varios espacios destacados para aprender cerámica en distintas ciudades del país.

De Gijón al otro lado del mundo
Cuando se le pregunta cómo logró que las piezas de un taller de Gijón empezaran a aparecer en tiendas situadas a miles de kilómetros, la explicación resulta mucho menos sofisticada.
“Al final es todo Instagram”, resume. La red social se convirtió muy pronto en una herramienta de trabajo. Tiendas que descubrían una pieza le escribían para preguntar si tenía catálogo, ella lo enviaba y de esa conversación podía salir un pedido. “Para mí Instagram es como un portal a todos estos sitios que de otra manera me resultan un poco inalcanzables”.
La web de La Cueva Studio recoge actualmente puntos de venta en Europa, América, Asia y Australia. Ha trabajado con establecimientos en lugares como Nueva York, Corea del Sur, Japón o Melbourne. En Nueva York, por ejemplo, la presencia de sus piezas en una tienda terminó generando pedidos particulares de personas que las habían descubierto allí.
Cova suele realizar una o dos residencias artísticas al año y las considera una parte fundamental de su trabajo
El primer encargo internacional que recuerda como algo realmente inesperado llegó desde Israel, cuando el proyecto estaba todavía en sus primeros pasos. Era un pedido importante realizado desde muy lejos por alguien que ni siquiera había podido tener físicamente una de sus piezas delante. “Fue una locura”, recuerda. La sorpresa no estuvo solamente en que aquel cliente hubiera llegado hasta ella, sino también en descubrir que podía asumir el trabajo y sacarlo adelante.
Poco después empezó a experimentar otra sensación que todavía no ha desaparecido del todo. Durante una feria en París, cuando llevaba muy poco tiempo con La Cueva, algunas personas se acercaron a decirle que ya conocían su trabajo. “Para mí era como, ¿me conoces y acabo de empezar?”. La distancia entre la realidad diaria del taller y lo que ocurre al otro lado de una pantalla sigue desconcertándola a veces.
“Hay gente que me escribe para pedidos de tienda y me dice que sigue mi trabajo desde hace mucho, que le encanta. Al final este trabajo es muy solitario porque estoy yo sola. Entonces, cuando tienes un feedback y sobre todo de alguien que está tan lejos y no crees que pueda seguirte, te sorprende. Te da un empujón”.

No todo el recorrido exterior pasa por las ventas. Cova suele realizar una o dos residencias artísticas al año y las considera una parte fundamental de su trabajo. En 2023 desarrolló junto a María Mieres una residencia en LABoral Centro de Arte, en Gijón, y más recientemente viajó a Japón, una experiencia que ha influido directamente en la evolución de sus piezas.
Le interesa especialmente que esos periodos no la obliguen a relacionarse únicamente con otros ceramistas. Puede compartir durante semanas el espacio con músicos, bailarines, artistas plásticos o personas vinculadas a la performance, aprender otras formas de trabajar y convivir con otra cultura. “Se generan muchas sinergias entre nosotros, aprendes un montón de otra cultura, de otra disciplina y todo eso, como cualquier viaje que hace uno, te lo traes un poco a tu trabajo”.
Ahora combina su producción habitual con nuevos experimentos y con encargos de vajillas para restaurantes. Estos últimos le resultan especialmente atractivos porque permiten trabajar a partir de las ideas de otra persona que también construye desde la creatividad. “Es como un mundo muy creativo, tanto por parte del chef como por mi parte”, explica.
Un taller abierto en La Arena
También La Cueva Studio se ha movido dentro de Gijón. Durante años estuvo en Somió, en Camino de los Rosales, un entorno que Cova recuerda bien pero que terminaba alejándola de la gente y haciendo demasiado estrecha la separación entre casa y trabajo. Hace aproximadamente dos años decidió trasladarse a La Arena, donde trabaja actualmente en la calle Vicente Innerarity.
Allí funciona también Cruda Espacio Creativo, un proyecto distinto de La Cueva aunque ambos compartan lugar y estén impulsados por ella. La Cueva continúa siendo su marca y su estudio de cerámica, mientras Cruda abre el espacio a talleres, profesores y personas que necesitan un lugar donde desarrollar pintura, escultura u otras disciplinas artísticas. “Quería salir un poco de esa rutina de casa y trabajo en el mismo sitio y poder estar más cercana a la gente”.

Ese acercamiento coincide además con un momento en el que Cova percibe que la cerámica ha dejado de ser una actividad relativamente desconocida para atraer a cada vez más personas. Hay más cursos, más talleres y también compradores que conocen mejor los procesos y comprenden que una pieza artesanal necesita tiempo. Ella lo nota después de casi una década de trabajo. Antes, dice, había que explicar mucho más lo que ocurría desde que se empezaba una pieza hasta que estaba lista.
Considera que todavía existe distancia respecto a países como Francia, donde la artesanía y la figura del ceramista cuentan desde hace tiempo con mayor visibilidad, o respecto a algunas ferias que ha conocido en Estocolmo y Copenhague. En Asturias participa en la Asociación de Ceramistas de Asturias y en iniciativas que buscan precisamente reforzar ese reconocimiento. “Intención sí hay. Otra cosa es que después haya ese apoyo que es necesario para que se visibilice del todo lo que se está intentando”.
Esa nueva afición por el barro se ve también dentro del propio taller. Las personas que llegan a las clases de Cova suelen hacerlo sin experiencia previa y, en muchos casos, sin ninguna aspiración artística especial. Trabajan en profesiones que no tienen nada que ver con hacer cosas con las manos, buscan una actividad diferente o simplemente quieren probar. Después empiezan a repetirle una sensación que ella conoce bien. “Muchísima gente me dice que les evade y les hace no pensar en nada. Pasan esas dos horas volando y no pensaron en nada más que en lo que tienen delante”.
A Cova le ocurrió algo parecido cuando entró en aquel taller de Barcelona en 2015. Entonces buscaba una vía de escape a un trabajo que no terminaba de hacerla feliz y no podía imaginar hasta dónde iba a llevarla. “Yo creo que fue el motivo por el que continué”, cuenta. “Si hace diez años me dices que sigo haciendo esto, no me lo hubiese creído”. Una década después sigue haciéndolo desde La Arena, aunque algunas de las piezas que empiezan allí terminen viajando hasta Japón o Australia.



























