De La Florida a Ceuta: ¿Será barbarie?

Es evidente que en la coyuntura actual existe un verdadero clima de apatía y desmovilización frente al avance de las posiciones reaccionarias.

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Chus González
Chus González
Es militante del movimiento socialista.

En la fecha en la que se escriben estas líneas, en Asturies se han dado dos sucesos que se pueden leer bajo un mismo movimiento. Por un lado, miles de personas llenaron las plazas de las principales ciudades asturianas bajo el eslogan de “Solidaridad con Ceuta”. Por otro, hace unos días, el Gobierno del Principado de Asturias anunció la renuncia al traslado del centro de menores al barrio de La Florida, objeto de una intensa campaña por parte de grupos reaccionarios y fascistas, junto al fervor de sectores del barrio, que han mantenido abierta una polémica con ataques y señalamientos raciales por la amenaza que supone el traslado de 8 menores migrantes al barrio. El Gobierno, bajo el anuncio de ver amenazada la seguridad de los menores —lo cual es sorprendente cuestión de orgullo por parte de PP, VOX, Falange y Núcleo Nacional—, ha creado un peligroso antecedente, dando validez y eficacia al movimiento racista organizado en el barrio. Esta victoria supone un reforzamiento de los discursos racistas, cuyos impulsores ya pueden celebrar que han generado mecanismos de presión que han puesto en riesgo la seguridad de varios menores de edad. También ha supuesto un aviso para quienes apostamos por la solidaridad internacional y la unidad de clase: debemos rearmarnos políticamente frente a los reaccionarios, y de nuestro lado no estarán los Gobiernos que los amparan y los respaldan ni aquellos que ceden a sus voluntades.

Un conflicto que se desenvuelve en una coyuntura donde, como sucedió con los sucesos racistas de Torrepacheco, la confrontación racial es una expresión de la política reaccionaria, la cual intenta vertebrar un auténtico movimiento de masas que pone en la diana a los migrantes, a los pobres y, en su caso, a los sectores organizados como culpables de la crisis capitalista. Una auténtica agenda política fascista que ha alcanzado un punto crítico estas últimas semanas con la crisis migratoria ceutí, donde Ayuntamientos de izquierda y derecha, partidos de extrema derecha, “organizaciones civiles” y grupos abiertamente fascistas convocan concentraciones en “solidaridad con Ceuta”. Pese a la justa respuesta de distintos movimientos y organizaciones frente a dichos actos nacionalistas, tenemos que dar una vuelta a los sucesos acaecidos, con los ojos puestos en el sistema fronterizo europeo y rescatando de forma urgente el principio de la unidad de la clase trabajadora. Primero, un poco de contexto.

El salto de la frontera sur de la Unión Europea por Ceuta ha tensionado de una manera crítica la estructura fronteriza europea. La frontera sur, la cual se extiende desde los territorios soberanos del norte de África hasta el Mediterráneo Oriental, separa dos realidades internacionales bien distintas. Por una parte, una Europa en crisis, estancada en su crecimiento, en pleno auge belicista e inmersa en un proceso de empeoramiento de las condiciones de vida de su clase trabajadora. En este lado de la frontera, el PIB per cápita se sitúa en los 23.000 euros. Al otro, socios de la UE, en los cuales millones de trabajadores, en condiciones de miseria, explotación y violencia, se sitúan en la parte más baja de la economía global. El PIB per cápita apenas alcanza, al otro lado de la frontera ceutí, los 5.000 euros. Esta diferencia no es casual, sino que es producto de la distribución internacional del trabajo y la producción capitalista, los cuales se fortifican sobre un amplio sistema de frontera. Este no solo se compone de verjas y concertinas, sino también de mecanismos estatales de represión (Frontex, fuerzas fronterizas, policiales y militares). Estos mecanismos no son solo ejecutados directamente por los Estados europeos, sino que están ampliamente delegados en los países limítrofes, quienes encuentran en el papel de “perros guardianes” de los flujos migratorios una interesante fuente de recursos e inversiones, así como poder negociador, al tener cierta capacidad de influencia sobre los países del “Norte”. Ejemplos de ello los encontramos en el papel que ocupan Marruecos, Libia y Turquía en las crisis migratorias africanas y de los países árabes. Es relevante destacar que este sistema fronterizo no tiene como único objetivo impedir la entrada de personas migrantes, sino también constituir diferentes grados de ciudadanía con acceso diferencial a los derechos civiles, laborales y políticos, lo que procura una eficaz segmentación de los trabajadores, mayor disciplinamiento y mayores dificultades para la organización obrera.

EEUU y sus aliados, a través del incremento de la intervención militar y una mayor presión diplomática, intentan defender de una manera más desesperada sus intereses ante un escenario de declive

Esta crisis migratoria no se produce en un campo neutro, sino que se desenvuelve en un contexto internacional determinado. EEUU y sus aliados, a través del incremento de la intervención militar y una mayor presión diplomática, intentan defender de una manera más desesperada sus intereses ante un escenario de declive. Este es el caso de la guerra en Irán, la intervención militar y económica sobre Venezuela, la presión sobre el territorio soberano europeo —Groenlandia— o la actualización de la Doctrina Monroe sobre América Latina. Todo ello, en consonancia con los declarados intereses estratégicos del Documento de Seguridad Nacional. En este sentido, el régimen fronterizo, y en particular, el Estado marroquí y su clase dirigente, están alineados con la estrategia imperialista, y han mostrado total consonancia e integración con los objetivos estratégicos y militares de Estados Unidos y de Israel. Es por ello que, como país parte de dicha estructura imperialista, utiliza los mecanismos de presión que tiene a su alcance. Así, una población diezmada por la pobreza y la represión política, la cual se pudo ejemplificar con la respuesta gubernamental a la “protesta de la Generación Z” o la persecución y exterminio del pueblo saharaui y sus organizaciones, tomó la oportunidad de migrar como una alternativa a la miseria de sus condiciones de vida. Es relevante reseñar que todo esto forma parte de un mismo fenómeno: las persecuciones, agresiones, asesinatos y violaciones, así como la negación de toda dignidad humana que infligen los “guardianes fronterizos” como Marruecos, Libia o Turquía contra los integrantes de los flujos migratorios, se replican —con el respaldo occidental— en sus conflictos internos, en el caso marroquí, contra la juventud organizada, contra el pueblo saharaui o contra las organizaciones disidentes. Es en esta coyuntura cuando miles de personas, mayormente jóvenes, cruzaron la frontera ceutí. Dicho movimiento supuso la entrada de un número de personas similar al total de la población de Ceuta, generándose un drama humanitario que ha ocasionado, según los cálculos conocidos, la muerte de más de un centenar de migrantes y provocando un colapso del sistema fronterizo. En este sentido, la crisis migratoria ha adquirido rápidamente una serie de funciones determinadas: contribuir a la recomposición reaccionaria europea, con el debilitamiento del actual Gobierno español y el refuerzo de la opción de Gobierno reaccionario-conservador; servir como vía de ataque a la Unión Europea a través de la actuación colaborativa de las “fuerzas patrióticas” —así es como se describe en el Documento de Seguridad Nacional de los EEUU a organizaciones, movimientos y partidos de carácter reaccionario y fascista—; y crear un antecedente para actualizar la agenda política y mediática reaccionaria de la oligarquía a nivel continental e internacional.

En esta coyuntura de desborde, la respuesta de distintas facciones de la izquierda y sus respectivas bases sociales se dio en clave “defensista” frente a la “agresión marroquí” a la soberanía española. Esto es, un alineamiento con los intereses del Estado español y en defensa del mismo frente al “ataque extranjero”. Sirva como ejemplo la caracterización de “guerra híbrida” que los distintos partidos de izquierda parlamentaria (como IU y Podemos) han hecho del asunto y la necesidad de implementar, de distinta forma, mecanismos para la defensa de nuestro territorio y nuestras fronteras, en las cuales centenares de vidas han sido arrebatadas —como los 37 migrantes asesinados en la frontera de Melilla en el año 2022—. Fronteras que, en todo caso, parecieran ser un fenómeno natural y no un producto del papel que ocupan Europa, España y Marruecos en la cadena de mando imperialista.

Sin embargo, pese al optimismo inicial ante la militarización de la frontera y la expulsión forzada de miles de migrantes, los restos de esta crisis parecen haber sacudido con más fuerza la estabilidad gubernamental que los momentos iniciales, debido a que aún permanecen en la ciudad aproximadamente 5.000 migrantes, lo que equivale al 6,25% de la población ceutí. La falta de planificación, escasa financiación y los límites de capacidad de los servicios de acogida, debilitados por la crisis de los Estados de Bienestar occidentales, ha provocado un colapso de los mismos que ha creado una especial situación de vulnerabilidad de los migrantes, sometidos, a mayores, a la presión de grupos reaccionarios organizados que los persiguen y los agreden. Esta crisis afecta, en ese sentido, a la propia población ceutí, que está sometida a un clima de excepcionalidad y en la que sus servicios sociales están en una situación crítica. Es por ello que con la falta de respuesta “contundente” por parte del Gobierno, la oposición y, en particular, los sectores reaccionarios y los grupos neofascistas, convierten este escenario en una oportunidad para desplegar una auténtica batalla política y cultural, incitando al conflicto civil entre los ciudadanos españoles ceutíes y los “migrantes”, a quienes se les coloca la categoría de auténticos invasores y sobre los que se incita a aplicar la mano dura. Todo ello, asentado en un discurso nacionalista y chovinista que, desde luego, ha sido utilizado, en una versión más moderada o, a través de supuestos tintes humanitarios, por gran parte de la izquierda española.

Movilización de la derecha en Oviedo/Uviéu. Foto: PP

Esta ola reaccionaria demanda “cacerías humanas”, aplica una comprensión deshumanizante del migrante y avala y ejecuta auténticos prógromos, como el ataque a los campamentos y el bloqueo de ayuda humanitaria. Todo ello, evidentemente, con un reparto de tareas entre los distintos agentes: partidos xenófobos y agitadores fascistas, grupúsculos que actúan bajo el paraguas del marco político establecido por aquellos, las empresas de comunicación que validan y difunden los mensajes y las acciones frente a los migrantes. Este modus operandi se reproduce en los conflictos raciales propagados por el movimiento reaccionario a lo largo de Europa. Así, el barrio de La Florida es buen ejemplo de ello: partidos que avivan la llama de la inseguridad y del miedo al extranjero, políticos profesionales que acuden en una increíblemente teatralizada misión de “desinteresada solidaridad”, y los grupúsculos fascistas que se legitiman y se amparan en las protestas y profundizan la estrategia de tensionamiento racial del barrio, reproduciendo la política reaccionaria que esconde: disciplinamiento del conjunto de nuestra clase y devaluación de la fuerza de trabajo extranjera en pos de los intereses de la burguesía.

Es evidente que en la coyuntura actual existe un verdadero clima de apatía y desmovilización frente al avance de las posiciones reaccionarias. En este sentido, la compra del marco político nacionalista por gran parte de la izquierda y la desilusión de la actuación gubernamental han dejado debilitadas las posiciones a favor de la solidaridad internacional y la unidad de clase con el proletariado migrante. Las bases populares siguen siendo esclavas de la incapacidad de apuntar más allá que una suerte de “buena” o “mala” gestión gubernamental, ya no solo discursivamente, sino políticamente, careciendo de alternativa y dejándose llevar por un humanismo que, aunque éticamente justo, no es suficiente para constituir por sí mismo una alternativa a la ofensiva reaccionaria y autoritaria.

Ante este humanismo, que entiende a la población migrante como un “otro”, un “ajeno” sin agencia, es fundamental facilitar la integración de los trabajadores y jóvenes migrantes en estructuras de organización de clase. Debemos enfrentar la infantilización del migrante, especialmente, de los sectores jóvenes, por sus condiciones de especial vulnerabilidad. Estas circunstancias no les impiden comprender la realidad ni alcanzar niveles de conciencia política revolucionaria. Los migrantes que se encuentran en las calles de Ceuta o los menores tutelados en ONGs y servicios sociales del Principado son, en muchos casos, conscientes del papel que les han dado las fuerzas reaccionarias, son conocedores de la ofensiva que pone precio a sus cabezas. No son incompatibles, como no lo son el resto de las trabajadoras “nativas”, con la adquisición de conciencia de clase y con la asunción de una conciencia revolucionaria, es decir, con sus posibilidades de organización y politización. Por ello, las muestras de solidaridad deben partir de entenderlos como nuestros pares, como miembros de nuestra misma clase, en su condición de migrantes como en sus países de origen. En este caso, la organización revolucionaria en ambos casos es condición sine qua non para la emancipación del conjunto de nuestra clase: no nos olvidemos de que la ofensiva contra el proletariado migrante es también —autoritarismo estatal, reforzamiento de mecanismos represivos, implementación de herramientas de hipervigilancia— una ofensiva contra los trabajadores “nativos” y sus formas de organización. Son conocidas e inspiradoras las formas de lucha sindical, donde el proletariado migrante ocupó un papel central y mayoritario, como el caso de la huelga impulsada por la CNT en el matadero de Binéfar o la organización de los trabajadores de reparto a domicilio o los distintos espacios de organización y solidaridad como Afayaivos Conversando. Es decir, se dan espacios que prueban la capacidad de asociación y lucha del proletariado migrante, resquebrajando las barreras de la segregación civil y política impuesta por la legislación migratoria. Por ello, frente a los movimientos reaccionarios, debemos actuar bajo el principio de unidad de clase, superando con nuestro movimiento unitario las diferencias que el Estado y el sistema capitalista impregnan entre los diferentes segmentos de nuestra clase.

Es por ello que, ante la ola reaccionaria que estos días se impulsa a través de nuestros barrios y ciudades, debemos construir una respuesta. Ante nosotros tenemos dos proyectos. Por un lado, el del Estado autoritario, aquel fundamentado en la represión del proletariado, en el reforzamiento de las fronteras imperialistas y en el conflicto o enfrentamiento entre una clase “autóctona”, precarizada y reprimida, contra la clase migrante, aún más precarizada, bajo el estandarte de los “intereses nacionales”. Por otro lado, un proyecto que reconduzca el odio, la apatía y el rechazo generado por la desarticulación de los Estados de Bienestar occidentales, la precarización de las condiciones de vida de los trabajadores y la proletarización de amplias capas de la sociedad hacia un proyecto que señale al verdadero enemigo: los oligarcas y los gestores de la miseria capitalista. En definitiva, cuando recordamos la enunciación de Rosa Luxemburgo “socialismo o barbarie”, debemos ser conscientes de que la barbarie es esto: el auge del fascismo, el Estado autoritario y la ofensiva reaccionaria de masas frente a los migrantes, frente a los pobres y frente a quienes enfrentan, hasta la última de las consecuencias, el mundo de miseria y explotación al que condenan a la clase trabajadora internacional.

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