“Las izquierdas territoriales funcionan por algo que buena parte de la izquierda estatal perdió: implantación y militancia”

Laure Vega, portavoz de las CUP en el Parlament de Catalunya, participa en los actos del 8S organizados por Somos Asturies.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Laure Vega (Sant Boi de Llobregat, 1991) es diputada y portavoz de la CUP en el Parlament de Catalunya. Sus intervenciones han trascendido el espacio de la izquierda independentista catalana, convirtiéndose en una figura de referencia para las izquierdas alternativas de toda España. Procedente del activismo de base, reivindica unas izquierdas ancladas en los territorios. Este martes participa en los actos del Día d´Asturies organizados por Somos Asturies.

¿Por qué están funcionando bien las llamadas izquierdas territoriales en este nuevo ciclo político?

Creo que funcionan cuando entienden que el territorio no es un escenario o un cromo intercambiable, sino donde se vive y por tanto el lugar concreto donde aterrizan los conflictos materiales y se constituye el pueblo. Durante años una parte de la izquierda habló como si la política sucediera en abstracto: “la economía”, “los derechos”, “la ciudadanía”. Oído, pero la gente vive en un barrio, en un pueblo, en una comarca, con una lengua, inserida en un mercado laboral concreto, con una forma de transporte específica y con un coste de la vida que puede suponer que el alquiler sea la mitad de tu sueldo. La vida no pasa por un balance de cifras ni unos conceptos en abstracto, pasa en un CAP saturado, en una escuela pública que pierde líneas, en una estación donde no llega el tren, en una casa que ya no puedes pagar. Las izquierdas enraizadas o nacionales funcionan cuando son capaces de unir dos cosas que nunca deberían haberse separado: la cuestión social y la cuestión nacional. Es decir, cuando comprenden la soberanía como una democracia real y pueden defender el derecho a vivir mejor y defender el derecho de un pueblo a decidir sobre su vida colectiva. Como una herramienta para proteger aquello que sostiene la vida: la vivienda, el trabajo, la lengua, los servicios públicos, el territorio o la cultura popular. Y también funcionan porque tienen algo que buena parte de la izquierda estatal perdió: Estructura, implantación y sobre todo militancia. Gente en los barrios, en los sindicatos, en los conflictos de vivienda, en los pueblos, en los movimientos culturales, en organizaciones feministas y ecologistas. En resumen, tienen cuadros. Que nunca quiso decir gente con 4 másters de compol, quiere decir personas capaces de organizar la vida y las luchas colectivas porque se han ganado el respeto de los suyos. Personas que pueden traducir lo que ocurre no como una fatalidad del destino sino como una consecuencia política. Una izquierda sin raíces en el territorio acaba dependiendo demasiado de las redes y de la prensa, y estos no son terrenos neutrales y mucho menos democráticos. Una izquierda con raíces puede atravesar los momentos políticos más difíciles porque no es solo una marca electoral, está construyendo una comunidad política y una fuerza popular.

¿Es Aliança Catalana la resaca del Procés?

En parte sí, pero sería demasiado cómodo explicarlo solo así. Aliança Catalana es una expresión política de extrema derecha que aparece después de una derrota, de una frustración y de promesas incumplidas. Aparece como una respuesta pretendidamente antiestablishment. Cuando un proceso político moviliza a millones de personas y después no sabe o bien reconocer y explicar sus errores o bien ofrecer organización y mejoras concretas en la vida de la gente, queda un vacío. Y los vacíos no lo son por mucho tiempo. En política no hay vacíos. Los puede llenar una izquierda que vuelva a hablar y trabajar por la vivienda, las condiciones laborales, la lengua, la soberanía y la democracia, o los puede llenar una extrema derecha que convierte la frustración en resentimiento contra los más vulnerables. 

“Aliança Catalana se asemeja más a Le Pen que a Abascal”

Aliança no es solo la resaca del Procés, es también la versión catalana de una ola reaccionaria europea. De hecho, se asemeja más a Le Pen que a Abascal. Su receta es relativamente sencilla, coger problemas reales como la ofensiva estatal contra la lengua, la precariedad, el abandono de pueblos y barrios o el deterioro de los servicios públicos y señalar falsos culpables mientras trazan alianzas con los verdaderos culpables. La extrema derecha nunca le dice al trabajador que su enemigo es el fondo buitre que compra bloques de viviendas para convertirlos en hoteles encubiertos o el empresario que le roba miles de euros en horas extras o el rentista que vive de su sueldo. No te dice que si tu abuela no tiene plaza en una residencia tiene más responsabilidad Florentino Pérez y los políticos que le rinden pleitesía que no un chaval que viene a currar aquí desde cualquier lugar del mundo. Te dice que tu enemigo es otro trabajador, uno que te parece diferente. Por mucho que tu vida se parezca más a la de un trabajador que venga de Argelia o Argentina que no a la de un rentista de Pedralbes.

Por eso creo que hay que combatirla sin caricaturas. No basta con decir “son fascistas” y seguir a otra cosa. Hay que desmontar su mentira central. Hay que poner sobre la mesa los responsables y confrontarlos. No nos  empobrece quien viene a nuestro país a trabajar. Nos empobrece quien necesita trabajadores sin derechos y para eso le viene genial la extrema derecha. No rompe los barrios quien llega con una mochila, como llegaban nuestros abuelos con maletas de cartón. Destroza los barrios quien compra edificios enteros, quien sube los alquileres, o quien convierte los pueblos en un parque de atracciones para turistas internacionales.

La extrema derecha crece en Catalunya y en el Estado español. Eso nos obliga a tomárnosla en serio, pero eso no significa comprar su marco cada día un poquito más y acabar planteando darle apoyo como Sarah Wagenbeck a la AfD en Alemania. Significa disputar el dolor social que ellos intentan convertir en odio.

¿Qué puede hacer la izquierda para frenar el tsunami reaccionario?

Lo primero es dejar de hablarle a la gente como si fueran idiotas. Especialmente como si la gente estuviera equivocada por estar enfadada y hubiera que vivir en una suerte de dictadura de Mr. Wonderfull. La gente tiene motivos para estar enfadada. Si pagas más de medio sueldo de alquiler y no vas a tener una casa en tu puta vida, como cantábamos hace unos años, o si tu madre espera meses para una prueba médica pues estás cabreada. Si trabajas cuarenta horas o más y no llega ni para irte de vacaciones, si tu barrio cambia tan rápido que ya no lo reconoces y donde ayer habia un bar de menú ahora venden bubble tea o carcasas de móviles o cafés de especialidad y parece que aquellos a los que pagas con tus impuestos no deciden nada a tu favor es normal estar enfadado. La extrema derecha organiza el enfado hacia abajo y en horizontal, contra el trabajador de otro país,y contra el pobre, contra la feminista, contra la lengua del otro. De vez en cuando hablan de pensiones también. La izquierda tiene que organizar este enfado hacia arriba contra quien realmente dirige tus condiciones de vida. Contra quien acumula casas, contra quien precariza trabajos, contra quien privatiza servicios, contra quien especula con la vivienda o contra quien gobiernaservil a los de siempre. Porque en última instancia hay dos opciones, o se asume que hay poderes intocables y entramos en una suerte de juegos del hambre para repartir los recursos disponibles, o la izquierda se centra en repartir la riqueza y ampliar los recursos en vez de repartir la culpa.

¿Cómo se aterriza eso?

Primero, hablar y actuar sobre las condiciones de vida y no solo disputar los valores. La democracia también es que puedas decidir no marcharte de tu barrio o tu pueblo. La libertad también es poder encender la calefacción o el aire acondicionado sin miedo a la factura. La seguridad también es no jugarte la vida en el trabajo, que en Catalunya tenemos un muerto poraccidente laboral cada cuatro días y nadie le llama inseguridad a esta tremenda ruleta rusa.

Laure Vega en un acto de campaña. Foto: CUP

Segundo, proponer cosas que se entiendan sin tener dos másters. Hay que decir que los sueldos no pueden mantenerse iguales si sube el coste de la vida, que los alquileres tienen que bajar y que los servicios públicos tienen que ampliarse para garantizar aquello que es esencial para la vida. A mi que se especule con relojes de lujo me da igual, que se haga con el precio del aceite de oliva, no. Cuando las batallas de la izquierda son las batallas del pueblo, es cuando son posibles las conquistas.

Y tercero, construir organización. La reacción no se frena, pero sobre todo no se supera, solo con buenos discursos y podcasts. Se frena con sindicatos fuertes, asociaciones vecinales, movimiento por la vivienda, feminismo popular, cultura de barrio, redes de apoyo, con casales y con ateneos. Si la izquierda solo aparece cada cuatro años pidiendo el voto, pierde. Quizás gane algunas elecciones, pero pierde.

¿Hay ejemplos en los que inspirarse para ofrecer una alternativa eficaz a los nuevos reaccionarios?

Sí, pero yo no buscaría modelos para copiar, sino lecciones para adaptar. Una lección viene de lugares como Graz, en Austria, donde la izquierda comunista ha construido durante años una credibilidad enraizada en la vida cotidiana, especialmente en la vivienda. Elke Kahr ha seguido siendo una referencia municipal en Graz y la KPÖ ha hecho de la vivienda asequible su bandera. También el PTB belga. Encuestas populares, discurso y acción política centrada en precios, salarios, pensiones, alquileres, servicios públicos, poder adquisitivo… Es una izquierda que entiende que la gente no vive dentro de debates ideológicos sofisticados, sino dentro del miedo a las facturas. Podemos mirar a Euskal Herria o Galiza, donde hay fuerzas nacional-populares que han sabido combinar la lucha por la independencia y la soberanía. Podemos ver como La France Insoumisse se ha articulado con la izquierda radical y los movimientos antiracistas.

“No se trata de decir hagamos un Mamdani y copiar su estética en un vídeo sin entender el DSA, el puerta a puerta”

Los ejemplos son muchos pero hay una advertencia importante y es que no sirve importar estéticas y reproducirlas acríticamente. No se trata de decir “hagamos un Mamdani” y copiar su estética en un vídeo sin entender el DSA, el puerta a puerta, la batalla de fondo por la asequibilidad de la vida en el terreno concreto de Nueva York. Se trata de entender qué tienen en común las experiencias que funcionan en un ámbito concreto, el arraigo, el conflicto claro y descarado, las propuestas concretas y materiales, la continuidad organizativa y una idea de pueblo que no sea excluyente, sino dinámica. Pueblo no como propiedad o como sangre, pueblo como quienes sostienen la vida común.

¿Qué líneas rojas pone una fuerza independentista como la CUP a la hora de colaborar con las izquierdas no independentistas?

No es una cuestión de líneas rojas sino de objetivos políticos. Para nosotros hay una base democrática clara, el derecho de autodeterminación no puede ser una nota a pie de página. Como no lo aceptaríamos para otros derechos como el voto por sufragio universal o el derecho a la sanidad universal. Para la CUP, el pueblo catalán y todos los pueblos tienen derecho a decidir libremente su futuro político. Eso no significa que solo podamos hablar con independentistas, significa que no podemos construir alianzas que nos pidan renunciar a un principio democrático básico. 

Hay que tener en cuenta que no colaboramos solo para administrar un poquito mejor lo mismo. No nos interesa una izquierda que solo quiera hacer más amable la precariedad. Si hay acuerdos tienen que servir para mejorar materialmente la vida de la gente en cuestiones clave como la vivienda, el trabajo, los servicios públicos, la lengua, la transición ecológica, etc. Para el resto, no nos necesitan. Pero nada de esto sirve si excluyes parte del pueblo. Repito, no se puede competir con la extrema derecha copiando su marco. No hay principio democratico si nuestras vidas no valen lo mismo y por lo tanto si aceptamos que una parte de la clase trabajadora tenga menos derechos por haber nacido en otro lugar.

Podemos pactar medidas, gobiernos municipales, presupuestos o luchas concretas con izquierdas no independentistas como hemos pactado hace años cuestiones concretas como la primera ley de alquileres o el referéndum con fuerzas independentistas como Junts o ERC. Ahora bien, colaboración no significa subordinación. No somos la cuota de ningún pacto por escaños, nuestro objetivo es construir poder popular, que no es ninguna abstracción, es por ejemplo quien hace cumplir la ley de vivienda cuando y colaborar fraternalmente con quienes, desde otros pueblos, quieren romper con el régimen, y con la política de servidumbre a los grandes poderes económicos.

La CUP está gobernando en coalición en Girona. ¿Cómo valoran la experiencia de estar al frente de un ayuntamiento grande?

En Girona gobierna Guanyem Girona, una candidatura municipalista en la que participa la CUP, con Lluc Salellas como alcalde, en un acuerdo con Junts y ERC y de la que recientemente se ha marchado Junts. La experiencia es importante porque rompe una caricatura, a nosotros se nos ha dicho muchas veces que servíamos para protestar pero no para gobernar. Girona demuestra que no es así. Ahora bien, gobernar una ciudad grande no es  un cuento de hadas. Gobernar significa encontrarte con límites reales como socios haciendo electoralismo y frenando propuestas, presupuestos ajustados, inercias burocracia y poderes económicos que siguen operando. Sería absurdo negarlo. Pero la pregunta no es si hay contradicciones, que es una obviedad, la pregunta es para qué gobiernas cuando las hay. Si gobiernas para parecerte a los que ya estaban pero sin corrupción, no vale la pena. Si gobiernas para demostrar que se pueden priorizar barrios, educación, servicios públicos, cultura, lengua… para que la politica esté a la altura del pueblo, entonces tiene sentido. Nosotras no creemos que la institución sea la solución por sí sola pero tampoco creemos que se pueda regalar la institución a quienes la utilizan contra la gente.

¿Demasiadas contradicciones?

La política real siempre tiene contradicciones. La pureza absoluta normalmente solo existe cuando no decides nada más allá de declarar lo que no te gusta. Para mí, la clave es no mentir. Si no puedes hacer lo que prometiste, dilo, explícalo, busca en la gente la fuerza. No hay que decir que gobernar es fácil porque no lo es. Pero puedes decir ei, hemos entrado aquí para esto, estos son nuestros límites, esto hemos conseguido, esto no hemos podido hacerlo, esto lo pelearemos dentro y fuera, esto no sabemos cómo hacerlo y os necesitamos. La contradicción que me parece más peligrosa no es pactar un gobierno o una ley, es olvidar por qué pactaste.

En la CUP tienen un sistema que dificulta la profesionalización política, pero que también dificulta la construcción de liderazgos en el medio largo plazo porque los mandatos son muy cortos. ¿Están los principios en tensión con la eficacia?

Sí, hay tensión y negarlo sería infantil. Si llevas 20 años en política institucional te conoce más gente que si llevas dos. Si trabajas en portavocías rotativas se visualiza más gente pero menos a cada uno, que en un momento de poca atención en la política institucional, es difícil. Ahora bien, está la eficacia en tensión con los principios? Creo que sí. Y hay aspectos de nuestra cultura política que han sido muy valiosos. La limitación de los sueldos para acercarlos a los salarios que cobra la mayoría de la gente y no perpetuar cargos para evitar que la política se convierta en una carrera de por vida donde se confunda una persona con la organización. Aún así, la cuestión es cuanto tiempo. Una reflexión de nuestro ultimo debate interno que denominamos ProcèsGarbí fué que si una organización rota constantemente de dirección, puede destruir también sus propios aprendizajes y no ser útil a sus objetivos. Por eso ahora la dirección construye liderazgos fuera de la institución y durante más años. El reto sigue siendo huir de los liderazgos patrimonialistas y crear cuadros, es decir, lliderazgos populares, enraizados, controlados colectivamente, que acumulen credibilidad porque se la han ganado y que traduciendo lo cotidiano y lo político permitan que mucha más gente se sume a lo que defendemos.

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