Regreso a julio de 1936

Candamo 36-37 reúne este fin de semana a más de un centenar de participantes en una reconstrucción que mezcla archivos, vida cotidiana, combates y arqueología experimental.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El sábado 12 de septiembre volverán a escucharse disparos en San Román de Candamo. Habrá heridos que se quejen, combatientes con miedo, familias que no saben qué va a ocurrir, obreros que se organizan y mujeres que discuten sobre el lugar que ocupan dentro de sus propias organizaciones políticas. Nadie estará viviendo realmente el verano de 1936, pero el propósito de Candamo 36-37 consiste precisamente en acercarse todo lo posible a aquella realidad sin ocultar que lo que el público tiene delante es una recreación.

La XIV edición del encuentro, organizada en torno al Palacio Valdés Bazán, está dedicada a Sublevación y revolución en Asturias y coincide con los 90 años del comienzo de la Guerra Civil. El programa combina conferencias, coloquios y visitas con tres grandes pases de recreación durante la jornada del sábado. Participarán, según calcula Lucía Fueyo, más de un centenar de personas procedentes de distintos lugares de España y, en algunos casos, de otros países. La asociación Frente del Nalón, que organiza las jornadas junto al Ayuntamiento de Candamo, desarrolla esta experiencia desde 2012.

Foto: Pablo Lorenzana

Pero detrás de los uniformes, la pirotecnia y unas imágenes que pueden resultar espectaculares hay meses de trabajo menos visible. Fueyo, historiadora del arte y recreadora de Frente del Nalón, insiste en definir lo que hacen como una herramienta de transmisión del conocimiento. En la asociación hay historiadores, doctores en Historia, antropólogos y especialistas de otros ámbitos, y el punto de partida no es muy distinto del de una investigación académica. “Las fuentes son las que utiliza cualquier historiador”, explica. Bibliografía científica, documentación de archivo, prensa, testimonios, fotografías y datos sobre fechas y lugares terminan después convertidos en personas que hablan, trabajan, esperan o combaten delante del público.

Una fotografía tampoco es inocente

Buena parte de lo que creemos saber sobre el aspecto de la Guerra Civil procede de fotografías. Pero una cámara no proporcionaba en 1936 una mirada neutral sobre el mundo. Había un fotógrafo, un encuadre, un medio que publicaba la imagen y, muchas veces, una intención propagandística. Para Fueyo, que dedicó su tesis doctoral al análisis de la imagen, eso no invalida la fotografía como documento. Obliga a aprender a leerla.

“Normalmente sabemos quién es el fotógrafo, para quién trabaja, por qué fotografía lo que fotografía y qué intención hay detrás”, explica. Precisamente ahí reside parte de su utilidad. Una imagen puede ofrecer información que ni siquiera pretendía registrar quien apretó el disparador. “La fotografía nos cuenta muchas cosas, tanto en primer plano como en planos más remotos que a lo mejor no siempre estaban dentro del prisma que el fotógrafo quería enfocar”.

Foto: Pablo Lorenzana

Esa lectura también sirve para cuestionar la imagen de los años treinta que se ha construido después. Fueyo cree que la percepción popular de la Guerra Civil mezcla documentos auténticos con propaganda, películas, ficciones y hasta recuerdos visuales correspondientes en realidad a los duros primeros años de la dictadura. Uno de los estereotipos que pone como ejemplo es el de unas clases populares necesariamente harapientas, incultas y atrasadas.

La realidad de una región industrializada como Asturias, sostiene, era bastante más compleja. Existían trabajadores que habían podido estudiar y una importante cultura popular difundida, entre otros espacios, por los ateneos. Nada de eso niega unas condiciones materiales mucho más duras que las actuales ni las privaciones causadas por la guerra. Lo que cuestiona es la reducción de toda una sociedad a una única estampa de pobreza y atraso.

Foto: Pablo Lorenzana

“Me parece que sí responde a una iconografía construida a posteriori”, resume Fueyo. Una parte procedería ya de la propaganda de la época y otra se habría reforzado posteriormente a través del cine y de algunas de las imágenes más terribles y conocidas de la contienda.

La recreación servirá además para abordar las distintas formas de militancia política de las mujeres y sus conflictos incluso con los hombres de sus propias organizaciones

Una guerra no son solamente los disparos

La batalla proporciona probablemente las fotografías más llamativas de una recreación, pero Candamo 36-37 lleva tiempo intentando que la historia militar no devore todo lo demás. “Siempre recreamos lo que nosotros llamamos vida civil”, explica Fueyo. Este año esa intención permitirá pasar de los combates a una fábrica, un orfanato o una casa del pueblo.

Entre las acciones militares previstas aparecen el asalto al cuartel de Simancas, la salida de los guardias civiles de Sama de Langreo que intentaron dirigirse hacia Oviedo o una batería de artillería de las milicias. Pero, de manera paralela, la recreación seguirá qué sucede cuando el Estado comienza a quebrarse y la guerra altera de golpe la vida cotidiana.

Foto: Pablo Lorenzana
Foto: Pablo Lorenzana
Foto: Pablo Lorenzana

Una de las escenas trasladará al público a una fábrica de conservas de Gijón, un espacio laboral muy feminizado en el que los trabajadores han asumido la gestión. La recreación servirá además para abordar las distintas formas de militancia política de las mujeres y sus conflictos incluso con los hombres de sus propias organizaciones. Para hacerlo, las recreadoras utilizan palabras y posiciones documentadas de mujeres asturianas de la época como Pilar Lada o Purificación Tomás.

Otra escena se situará en el Orfanato Minero de Oviedo, donde se cruzarán el modelo educativo avanzado que desarrollaba el centro con la incertidumbre de las familias durante los primeros días posteriores al 18 de julio de 1936. En una casa del pueblo comenzarán a llegar noticias todavía confusas sobre la sublevación iniciada en África y sus protagonistas tendrán que decidir qué hacer. “Los primeros días la gente aún no tiene nada claro hacia dónde va a ir esto, qué es lo que va a suceder”, recuerda Fueyo.

Es también una forma de combatir otro sesgo de la memoria visual de la guerra. Si resulta sencillo imaginar un fusil, una trinchera o un uniforme, cuesta bastante más poner rostro a la espera, al trabajo, a la educación, a las discusiones políticas o a quienes todavía no saben que aquello que acaba de comenzar va a durar casi tres años.

El miedo antes que el uniforme

Hay una contradicción difícil de evitar. Cuanto mejor funciona visualmente una recreación bélica, mayor puede ser el riesgo de que la guerra termine convertida en espectáculo. Fueyo comprende la objeción, pero asegura que el criterio de Frente del Nalón consiste precisamente en evitar una imagen triunfal de la batalla.

“Para todos los recreadores, la guerra es un asunto muy serio y un auténtico drama”, afirma. Las escenas procuran mostrar “el miedo, la duda y el dolor” antes que una sucesión de “soldaditos de plomo de brillante uniforme”.

El encuentro obliga a tomar decisiones. Candamo no dispone de los miles de participantes que requeriría recrear literalmente una gran batalla, de modo que la organización ha ido alejándose de la idea de colocar frente al público dos grupos numerosos disparándose a corta distancia. En determinadas escenas, el enemigo queda fuera de su campo inmediato y su presencia se construye mediante detonaciones y pirotecnia. Lo importante sucede más cerca.

“Necesitamos que oigan a la gente quejarse si son heridos o que vean sus caras si tienen miedo”, explica Fueyo. La espectacularidad, por tanto, no desaparece. Hay uniformes, armas, explosiones y combate. La intención es dirigir la mirada también hacia lo que esas imágenes pueden dejar en segundo plano.

También la propia forma de recrear la Guerra Civil ha cambiado. Fueyo reconoce que es un terreno delicado en un país donde aquel conflicto continúa teniendo una fuerte carga política y memorial. Cree, sin embargo, que con los años se ha avanzado hacia recreaciones más preocupadas por representar hechos concretos de la manera más documentada posible.

“Antes quizá cada uno tenía más ganas de representar aquello con lo que comulga que de intentar dar una visión más general”, admite. Eso no significa que desaparezcan las interpretaciones. Ni siquiera dependen únicamente de quienes recrean. La actitud del público, señala, es determinante cuando una escena histórica coloca delante de alguien comportamientos o acontecimientos que le incomodan, le emocionan o chocan con su propia visión del pasado.

El gran poder didáctico que tiene la recreación como vehículo de transferencia del conocimiento científico es la empatía

Cocinar, dormir y aprender de nuevo

La recreación puede servir además para algo menos evidente que divulgar una investigación ya terminada. A veces obliga a formular preguntas nuevas. Para conseguir que un objeto, una tarea o un movimiento funcionen como pudieron hacerlo hace 90 años, hay que probarlos.

Fueyo habla directamente de “arqueología experimental”. Los participantes cocinan en campamentos, prueban cómo se dormía con determinados equipos, aprenden a manejar material de época o reproducen trabajos especializados. Cuando se ha recreado un hospital, los médicos han investigado y ensayado los procedimientos sanitarios que después muestran al público. El mismo principio puede aplicarse a las tareas domésticas, laborales o militares.

Foto: Pablo Lorenzana
Foto: Pablo Lorenzana
Foto: Pablo Lorenzana

“Siempre nos queda muchísimo margen de mejora”, reconoce. Cada nueva recreación obliga a volver a los documentos y, en ocasiones, permite comprobar en la práctica si aquello que parece sencillo sobre el papel resulta realmente posible. Por eso Fueyo considera que el proceso puede abrir pequeñas líneas de investigación además de divulgar las que ya existen.

El resultado final tiene, para ella, una ventaja que un artículo científico, una conferencia o incluso una película difícilmente pueden reproducir. “El gran poder didáctico que tiene la recreación como vehículo de transferencia del conocimiento científico es la empatía.” La diferencia está, dice, en tener los acontecimientos delante y “verlo, oírlo, olerlo”.

A las recreaciones acuden cientos de personas, muchas más de las que normalmente asistirían a una conferencia especializada. Y el público no recibe siempre una explicación cerrada de aquello que observa. Fueyo considera valioso que pueda hacer también sus propias inferencias a partir de las escenas, que la información no llegue completamente “masticada”. Durante unas horas, los documentos dejan de ser únicamente imágenes, textos u objetos conservados y vuelven a llenarse de voces, movimientos y cuerpos.

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