Wafaa Akila era una niña de ocho años. Acaba de ser asesinada en Gaza junto con su padre en su primer día de cole. El ejército de Israel atacó con drones el coche en el que ambos viajaban, poniendo fin a sus vidas y al brevísimo curso académico de la niña, que duró un único día. No abre portadas, pero el genocidio continúa.
No sé por qué somos indiferentes. No puede ser por la falta de atención, ese mal del que todas sufrimos y que es consecuencia, al menos en parte, del scroll infinito. Pero ni esa es la única causa, ni la pérdida de la capacidad de atención puede justificar lo que está ocurriendo. No hay necesidad de leerse los extensos informes de la relatora de Naciones Unidas, Francesca Albanese, para saber lo que está pasando, bastan textos breves que se leen en segundos: Israel ha asesinado a una niña que volvía del cole; más de 70.000 asesinados a fecha de mayo de este año; un genocidio anunciado; un genocidio televisado; una limpieza étnica en curso; pena de horca para los palestinos como espectáculo; niños asesinados cuando van a buscar un poco de harina; no merecen vivir; los vamos a echar a todos; vamos a robar sus tierras. ¿Qué habilidades, competencias, comprensión lectora, o atención se necesita para entender este horror?
No creo que no leer sea sinónimo de ignorancia, ni mucho menos, leer es un lujo que no todo el mundo se puede permitir. La literatura griega fue, durante muchos siglos, un fenómeno oral. Este es el primer tema de una asignatura dedicada a los autores griegos, explicar que puede haber literatura sin letras, incluso muy buena literatura, como fueron los poemas homéricos o toda la lírica arcaica, de Arquíloco a Safo y muchos otros. Los griegos, que, por razones que se me escapan, olvidaron un sistema de escritura que ya conocían en el segundo milenio a.C., pasaron por siglos “ágrafos” hasta que en torno al siglo VIII a.C. adaptaron el alfabeto fenicio y la escritura, muy lentamente, se reintrodujo en sus vidas. Tan lentamente como que en pleno siglo IV a.C. Platón, en el diálogo titulado Fedro, todavía se preguntaba por la utilidad de este “invento”. Específicamente, hacía a Sócrates debatir sobre si era útil o no.
No creo que no leer sea sinónimo de ignorancia, ni mucho menos, leer es un lujo que no todo el mundo se puede permitir.
Puede parecernos raro, pero no lo es. La cuestión es que hubo escritura alfabética en Grecia desde inicios del siglo VIII a.C., pero esa cultura escrita convivió durante siglos con la cultura oral. Incluso la tragedia, imaginen un Edipo Rey, que ahora leemos en papel y en soledad y que se escribió, sí, pero con ninguna intención de que se leyera, sino de que se representara y la gente fuera al teatro a verlo. ¿Por qué Platón, mucho tiempo después de que el empleo de la escritura se hubiera extendido, incluso cuando él mismo recurrió a ella para escribir esos diálogos que todavía hoy conservamos, colocó en el centro del debate la utilidad o inutilidad de la escritura? Porque temía que esta favoreciera el olvido en lugar de la memoria, porque temía que creyéramos que poner algo por escrito era lo mismo que “saberlo”. Platón, lo siento por él, no tenía el ejemplo al que yo siempre recurro para explicar esto: el señor M. Rajoy que, en una entrevista en televisión, cuando se le preguntó por las medidas que iba a desarrollar para crear empleo dijo, “eh, ah, umm, eh…” mientras contemplaba un papelito y, cuando Pedro J. Ramírez trató de echarle un cable, remató así: “Es que me ha pasado una cosa verdaderamente notable, que lo he escrito aquí y no entiendo mi letra”. A eso, niñas, se refería Platón en el Fedro por boca de Sócrates. Y ese ser, niños, fue presidente del gobierno. Por si alguien se cree que los datos del informe PISA anuncian el final de la especie humana.
Platón, cuando escribía sobre los beneficios de la oralidad, pensaba sobre todo en la enseñanza. No concebía otro modo de transmitir el conocimiento que la oralidad, la comunicación profesor-alumno, por supuesto siempre varones, por supuesto siempre pocos, “los mejores”, pero de eso no hagamos caso. Por eso cantaba las alabanzas de la oralidad y advertía de los riesgos de la escritura.
Ahora, cientos de años después, daríamos cualquier cosa porque nuestros alumnos escribieran con lápiz o boli y no teclearan, porque leyeran en papel en vez de en pantallas, pero no podemos ni siquiera sugerirlo en clase, no sea que llamen a agentes medioambientales para que nos atiendan, como si perteneciéramos a una especie herida, o despistada en un mundo que no alcanzamos a entender. Platón pudo plantear la cuestión del cambio de paradigma porque este se tomó muchísimo tiempo, siglos de convivencia entre una cultura oral y una cultura escrita hasta que esta última se impuso. Ahora, por el contrario, el cambio del papel a lo digital se ha hecho en un tiempo récord y no podemos gestionarlo. No podemos digerir tanta información, emplear tantas herramientas, gestionar tanto programa. Todo esto nos pasa por encima, no se trata solo del scroll infinito.
Y lo que nos pasa por encima es que en Gaza se está cometiendo un genocidio. Que a una niña la asesinan en su primer día de colegio. Que el ministro sionista Itamar Ben-Gvir llevaba un pin con una soga y ahora hará realidad su sueño de ahorcar a los palestinos. Que en España hay quienes dicen que hay que cazar (pam, pam, pam) a los inmigrantes y hay quienes salen a cazarlos. Que en Ceuta a un niño refugiado marroquí de 8 años (la misma edad de Waafa Akila) un grupo de encapuchados le ha disparado en la cabeza con una escopeta de balines. Que lo que se permite en Gaza se permite, o se acabará permitiendo, en todo el mundo.
Se nos echa encima la ultraderecha, ya lo hizo antes sin necesidad de redes sociales, no hay una única causa y está claro que no estamos sabiendo gestionar, entender y procesar la información. Pese a lo poco que parece que podemos hacer, tenemos en nuestras manos detenernos un momento haciendo precisamente eso, nada, pero sin pasar a la siguiente pantalla hasta que nos venga a la mente algo, un gesto, por mínimo que sea, para frenar la inhumanidad rampante de los genocidas, de los señores de las guerras y sus secuaces.






























