Empieza el curso

Subamos, pues, la apuesta, y en lugar de exabruptos empecemos con las palizas, los navajazos y los disparos.

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Xandru Fernández
Xandru Fernández
Es profesor de filosofía y escritor.

Llevo treinta años justos dedicándome a la enseñanza. Si me hubiera dedicado a la apicultura, seguramente vería el mundo como una colmena y habría desarrollado la capacidad de detectar un zángano a primer golpe de vista. Como no es así, resulta que mido el tiempo en cursos escolares y subdivido el año en trimestres, con sus correspondientes sesiones de evaluación. Y no puedo evitar, a veces, imaginar qué tipo de profesores de instituto serían las personas que me rodean, y más concretamente las que representan en público un papel.

Así, tengo claro que Óscar Puente tiene mucho del clásico profesor de Educación Física a la antigua usanza, de aquellos que te llamaban gordo y encima te reías porque te insultaba con gracia. Igual que tengo claro que Feijóo es el inevitable profesor de cualquier cosa para la que no está ni remotamente capacitado pero al que todo le da igual porque va a pillar la baja en septiembre y no vas a volver a saber de él hasta junio. En cambio, Santiago Abascal es el no menos típico profesor de (digamos) Tecnología que mantiene ocupado a su alumnado con tareas repetitivas mientras él mira memes en Instagram, reservando toda su capacidad comunicativa para cuando llegue a la sala de profesores, donde todo será añoranza de los viejos tiempos en los que tampoco daba palo al agua.

Me cuesta más ubicarlos como estudiantes, quizá porque la imagen del político ha tomado prestados demasiados rasgos de la del profesor, entre ellos la displicencia propia del que se cree en posición de dar lecciones, no de recibirlas. No es de extrañar, así, que las fotos de los mítines de los partidos de izquierda, hoy llamados “encuentros” o “procesos de escucha”, se parezcan tanto a esas que algunos profesores se hacen a final de curso con su clase: el profe/candidato en primer plano, el público a su espalda, mucha sonrisa de vacaciones a la vista. Las derechas, en cambio, practican más el modelo baño de masas, esto es, el candidato o diputado o lo que sea rodeado de admiradores y periodistas en masa compacta y devota, como alumnos esperando a que el profesor les dé la nota de un examen. En ambos casos se trata del destilado de un tipo de iconografía religiosa fácilmente reconocible, el Sermón de la Montaña por un lado, la Entrada de Jesús en Jerusalén por el otro. Y nada tiene de sorprendente, tampoco, que sobre la imagen híbrida del profesor y el político se superponga, así, la de Jesucristo o, en su defecto, la del sacerdote.

La función que cumplen todos esos papeles (sacerdotes, profesores, políticos) es la misma: son guías de almas. La pregunta, claro, es hacia dónde las guían. Porque, al lado de la imagen del político que conduce a los ciudadanos a la salvación, o a cualquier clase de triunfo similar, ya sea la victoria militar, el pleno empleo o la socialización de los medios de producción, es frecuente que aparezca también la del guía de almas hacia el Más Allá. El político como psicopompo. Que guía a sus fieles por las tierras de la Muerte. Para lo cual, evidentemente, tiene que ocurrir que esos fieles acepten que están muertos, o en trance de estarlo. Y mucho mejor si, además de aceptarlo, lo desean.

Uno desea la muerte cuando la vida es peor que estar muerto, y a eso se aplica con ganas el político psicopompo, a vestir de apocalipsis el mundo de los vivos

Uno desea la muerte cuando la vida es peor que estar muerto, y a eso se aplica con ganas el político psicopompo, a vestir de apocalipsis el mundo de los vivos, de modo que a nadie le apetezca seguir formando parte de él. Esa certeza es también una liberación, porque la muerte acaba con los lazos sociales, con la etiqueta, con los compromisos, con los regalos de cumpleaños. Si estás muerto puedes ser insolente, pueril, un sinvergüenza. Puedes decir, con voz de fantasma de película, cualquier cosa que se te antoje. ¿Qué más da, si ya estás muerto?

La frontera entre el psicopompo y el demonio engañador es tradicionalmente muy fina, finísima, igual de fina que la que separa al cínico del suicida. Al político cínico no le conmueve la posibilidad de hacerlo saltar todo por los aires, mientras que el político suicida se envuelve en cinismo para hacer aceptable su programa de destrucción masiva. Diferencias las hay, pero en la práctica lo mismo da que Santiago Abascal sea un cínico con pulsiones suicidas que un suicida con maneras de cínico. Sus seguidores entenderán que a él le dé todo igual excepto profundizar en lo peor de cada uno de nosotros, pues cada gramo de maldad que se añada al montón contará como argumento en favor de su cínica ambición de mandarlo todo al infierno. ¿Que hay que criminalizar a la mitad de la población, sea por moros, por rojos o por maricones? No hay problema, e incluso es un alivio: si hasta hace dos días tenías que ocultar esos prejuicios para que no dejaran de invitarte a la comida de fin de curso, ahora los exhibes sin pudor y quizá te sorprendas un poco al comprobar que, sin ninguna aptitud natural que lo justifique, te has convertido en el alma de la fiesta. Qué cojones tiene Santi, que no se corta un pelo.

Subamos, pues, la apuesta, y en lugar de exabruptos empecemos con las palizas, los navajazos y los disparos. Que se haga realidad lo que lleva varios años promoviéndose desde las tribunas y las cámaras de eco del neofascismo: por cada Jové, Figaredo o Buxadé señalando objetivos, hay decenas de NPC dispuestos a hacer el trabajo sucio. Lo difícil es dar el primer paso, luego todo es cuesta abajo. Y sin frenos. Y cuando el ambiente se haya vuelto irrespirable y nuestra seguridad peligre por primera vez, porque hete aquí que de tanto insultar y criminalizar y agredir hemos conseguido que los insultados, los criminalizados y los agredidos se revuelvan y contraataquen, entonces nos volveremos hacia Santi, o hacia quien sea, en busca de protección. Que la libertad estaba muy bien cuando solo era yo el que hacía el gilipollas, pero ahora hay millones de gilipollas y la libertad es un estorbo.

La culpa, llegado el caso, será del director del instituto, por supuesto, por ser incapaz de imponer disciplina (a los demás, siempre a los demás, y especialmente a los más débiles, a los alumnos). Nunca faltará un inspector Peinado que comparta gimnasio con nuestro querido profe de Tecnología y le eche un cable para deponer al traidor. Entre tanto, Santi seguirá sacando cartelitos en el claustro. Cartelitos que le habrá tenido que imprimir su compañera de departamento, pues las nuevas tecnologías no son lo suyo. Lo suyo es la agitación y la propaganda, la desidia profesional y el golpismo vocacional. Otro clásico de la imaginería religiosa: no olvidemos que el Nuevo Testamento empieza en los Evangelios pero acaba en el Apocalipsis, esa bonita historia sobre un golpe de Estado y la consiguiente guerra de exterminio. Y así, lo que empezó con Jesucristo echando bienaventuranzas y cabalgando a lomos de un asno, termina con el Ángel Exterminador destrozando el aula de informática.

Feliz inicio de curso.

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