Narcopisos en Mieres: la “inseguridad” como excusa

Asturias es la segunda comunidad con menor tasa de criminalidad convencional, unos índices de seguridad ciudadana excepcional.

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Nos invaden numerosas movilizaciones mediatizadas en nuestras ciudades asturianas; Narcopisos de la Miseria, Menas, Ocupación….no son más que una alarma de consumo de masas diseñado para canalizar la frustración colectiva. El sistema necesita objetos de odió socialmente aceptados para desviar la rabia que de otro modo se dirigiría contra el capital.

Al aceptar que el problema del barrio es solo la inseguridad ciudadana (derivada de hurtos menores, robos en comercios, personas sin hogar, peleas entre consumidores drogodependientes) y no la inseguridad social (desahucios, falta de salud mental, desempleo, etc…) permitimos que los discursos de la ultraderecha vayan cogiendo normalidad.

El piso de venta frecuentado por el adicto de clase media/alta no genera alarma social, su adicción en la gran mayoría cocaína, drogas de diseño, anabolizantes y vigorizantes, se entiende como un exceso colateral de su hiperactividad laboral o de su éxito individual, convirtiéndolo en un hedonista del capital.

En la sociedad del rendimiento y la competitividad, cuando se consume este tipo de drogas no genera pánico social, porque visualmente no rompe la estética y les sigue siendo funcional, es más, su consumo es un lubricante de la máquina de producción y del ocio mercantilizado.

El piso de VENTA DE LA MISERIA ( heroína, crack…) es donde el consumidor e incluso sus vendedores son atravesados por la violencia económica y psicológica, siendo expulsadas del aparato productivo.

No son centros de alta mafia, son el último eslabón de la miseria en los barrios. Exclusión, adicción severa y economías de supervivencia de personas desechadas que no surgen de la nada, sino que ocupan el vacío dejado por la desinversión estatal, regional y municipal.

Tras la invasión de Afganistán por parte de Estados Unidos a principios del siglo XXI el mercado mundial de la heroína colapsó, ya que la principal materia prima de esa sustancia se halla en el país de los talibanes. ¿Se había acabado el consumo? Nuevas rutas se abrieron pero la mercancía era de peor calidad: Turquía, Marruecos… Ante esto llegó una gran transformación, del marrón al blanco. La cocaína tenía por aquellos años una gran demanda, pero se asociaba con las clases altas. Su precio era prohibitivo para las clases bajas que, muchas veces, ejercían de mulas de esta droga a cambio de heroína. Así también se entiende el drama.

Hoy en día, la cocaína es una demanda mundial donde hay muchos perfiles de consumidores: drogadictos pobres, clases medias asociadas a profesiones liberales, clase obrera….. La farlopa es un gran indicador de la desigualdad mundial ya que se produce en países pobres y se consume en países ricos.

Europa es uno de los mejores ejemplos en materia de consumo, pero la broma está empezando a salir cara: lugares como Amberes, Huelva o Rotterdam se están convirtiendo en infiernos para las fuerzas del orden. El consumo ha hecho posible el aumento de las bandas criminales, de las mafias de la droga. Estos son los principales beneficiarios de toda ésa demanda transversal.

En lo más bajo, los drogadictos y las drogadictas.

La cocaína, por desgracia, la consume mucha gente. ¿Cuántos accidentes de tráfico pueden guardar relación con el consumo de coca por la nariz? ¿Cuánta violencia de género? ¿Cuánta violencia doméstica?

Al igual que se muestra solidaridad hay que condenar el odio hacia el pobre o el diferente y pedir soluciones ante este viejo nuevo mundo de las adicciones.

Si centramos las políticas en términos punitivos y de paternalismo burocrático validando el debate solo a orden público y no de miseria estructural, conduce a la lucha de los de abajo contra los de más abajo y esto desmoviliza la conciencia de clase.

Por todo ello frente al punitivismo de la extrema derecha que persigue al más débil, una izquierda transformadora debe plantear soluciones desde la raíz, confrontar el relato reaccionario con datos reales, las estadísticas oficiales demuestran que la tasa de criminalidad convencional en España se sitúa en 40,4 delitos por cada mil habitantes, manteniéndose firmemente en la banda más baja de toda la serie histórica del país y si miramos Asturias es la segunda comunidad con menor tasa de criminalidad convencional, unos índices de seguridad ciudadana excepcional, con un entorno totalmente pacífico en términos absolutos.

La alarma no responde a un delito en nuestras calles sino a una sobreexposicion del sistema capitalista del despojó, diseñada para generar clics y votos reaccionarios.

La verdadera seguridad no se mide en el número de detenciones policiales en los barrios precarizados, sino en la solidez de nuestra sanidad, nuestra salud mental y la capacidad de tejer barrios desde la intersectorialidad y la solidaridad, frente a la violencia atomizadora del capital.

Como cierre de este artículo, para acabar con las mafias y la desigualdad igual era bueno plantearse la regulación y legalización como respaldan numerosos profesionales de la comunidad científica, jurídica, económica, filosófica, sociológica… También del trabajo social y tejido asociativo vecinal.

¿Lo solicitamos en el próximo Pleno?

  • Firman este artículo Javier Titos y Carlos Barrio González.

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