Hubo un momento en que Bustiello estuvo llamado a convertirse en capital. No de una comarca minera ni de una nueva centralidad urbana, sino de un ayuntamiento propio que la Sociedad Hullera Española pretendía formar con territorios segregados de Mieres, Aller y Lena. El municipio nunca llegó a existir, pero aquella ambición explica bien lo que estaba ocurriendo a orillas del Aller a finales del siglo XIX. La compañía no se limitaba a levantar casas cerca de las minas. Quería organizar también la vida que había alrededor del trabajo.
El director de la empresa, Félix Parent, habló de crear “un pueblo minero compuesto de obreros modelo”. Bustiello fue creciendo desde 1890 con viviendas pareadas y huertos, iglesia, escuelas, equipamientos sanitarios, espacios de ocio y residencias diferenciadas para obreros, empleados e ingenieros. La arquitectura formaba parte de ese proyecto social.

María Fernanda Fernández Gutiérrez, historiadora del arte, responsable junto a su equipo del informe que permitió proteger el conjunto como Bien de Interés Cultural y guía del Centro de Interpretación de Bustiello, lo define como “una respuesta ordenada” frente a lo que hasta entonces había ido apareciendo de manera más espontánea alrededor de las explotaciones. Era, explica, un proyecto “de carácter integral, teniendo en cuenta que el trabajador no sólo trabaja sino que vive”.
Esa idea permite entender mejor Bustiello. La vivienda, la educación, la sanidad, la religión o el tiempo libre formaban parte de una misma estrategia empresarial. Pero Fernández Gutiérrez advierte también contra una lectura que se quede únicamente en el paternalismo. Hubo disciplina y control, pero Bustiello fue también un proyecto urbanístico y artístico poco común, una atención notable a la calidad formal y la voluntad de incorporar novedades arquitectónicas y estéticas a un pequeño poblado minero asturiano.
Más de un siglo después, la estructura de aquel proyecto continúa siendo extraordinariamente legible. Según Fernández Gutiérrez, no ha desaparecido ninguna de las viviendas originales ni se han añadido nuevas casas al conjunto. La gran pérdida fue el antiguo economato, afectado por una crecida y posteriormente demolido. El resto todavía permite reconocer la distribución de funciones y jerarquías de aquella comunidad planificada.

También permite comprobar cuánto ha cambiado. Bustiello tenía 43 habitantes en 2025, según el Nomenclátor del Instituto Nacional de Estadística. En 2000 eran 92. En un cuarto de siglo la población se ha reducido a menos de la mitad.
Fernández Gutiérrez señala que prácticamente no hay casas desocupadas y que una parte importante de quienes viven hoy en Bustiello son descendientes de las familias que en su día ocuparon aquellas viviendas en régimen de alquiler. Quienes llegaron después, asegura, se han integrado en una comunidad que mantiene actividad propia. La asociación La Pudinga, dedicada a la recuperación del poblado y su entorno, sigue organizando rutas, encuentros y actividades colectivas.
Quizá la forma más gráfica de medir la transformación sea fijarse en la infancia. En 1968, Bustiello tenía seis unidades escolares, cuatro de niños y dos de niñas. En 1979 seguían funcionando tres aulas mixtas. Hoy la antigua escuela masculina ya no cumple aquella función y está siendo recuperada como equipamiento juvenil. No existe una estadística pública que permita saber cuántos menores viven exactamente entre esos 43 habitantes, pero la comparación entre aquellas seis aulas y el presente cuenta por sí sola una parte importante de la historia.
Una casa había que merecerla
Las viviendas obreras de Bustiello ofrecían unas condiciones poco habituales para buena parte de la población minera de la época. Tenían varias estancias, ventilación y terreno para huerta. Aquellas casas eran buenas viviendas para la época, y precisamente por eso el sistema funcionaba. El control no se ejercía únicamente mediante castigos o vigilancia. También se sostenía ofreciendo algo que merecía la pena conservar.
No cualquiera podía acceder a una de aquellas viviendas. La documentación establece criterios relacionados con la antigüedad, la fidelidad a la empresa y la conducta social y moral. La casa formaba parte de un sistema de recompensas. La Sociedad Hullera Española llegó a contemplar la posibilidad de que los trabajadores acabasen siendo propietarios, pero apareció un inconveniente evidente para la lógica empresarial. Un propietario podía vender después la vivienda a alguien que la compañía no considerase adecuado. El alquiler permitía conservar el control sobre quién entraba y quién permanecía en el poblado.




La jerarquía laboral se trasladaba también al territorio. Las viviendas obreras, los chalés de empleados e ingenieros y los edificios representativos ocupaban posiciones diferentes y utilizaban lenguajes arquitectónicos distintos. La propia distribución del poblado marcaba esas diferencias.
Esa manera de prolongar la empresa más allá del lugar de trabajo reaparecería décadas después, bajo circunstancias completamente distintas, en otros grandes proyectos industriales asturianos. Llaranes, levantado alrededor de ENSIDESA, pertenece a otro tiempo, otra escala y otro régimen político, pero comparte con Bustiello que la empresa no termina en el lugar de trabajo sino que se prolonga hacia la vivienda y la vida cotidiana.
Los estudios de José Sierra Álvarez y José Luis García García, recuerda Fernández Gutiérrez, permiten leer ese proceso a través de la atracción de trabajadores, su arraigo, la reproducción de la fuerza laboral y su disciplinamiento. Pero los habitantes no se limitaron a utilizar el pueblo del modo previsto. García García, nacido en Bustiello en 1941, observó décadas después cómo los niños convertían la plaza, las calles, el río, las vías y los túneles en una geografía propia. Debajo del plano diseñado por la compañía acabó apareciendo otro mapa, construido por quienes vivían allí.
Lo que ocurría después del trabajo
Una investigación publicada en 2024 por el historiador Jorge Muñiz Sánchez, elaborada a partir de documentación del Archivo Histórico de HUNOSA, muestra hasta qué punto preocupaba a la compañía lo que hacían los trabajadores cuando salían del tajo.
En 1888, uno de los responsables de la empresa escribía a Félix Parent que había “todavía mucho borracho y falta mucho personal al trabajo”. En otros documentos aparecen trabajadores que no acudían después de una fiesta porque el día anterior les había dejado “mal cuerpo”. La preocupación tenía una evidente dimensión productiva, pero la taberna planteaba un problema añadido. Era un espacio de sociabilidad que escapaba al control de la compañía, un lugar donde se bebía pero también se hablaba, se discutía y podían circular ideas o conflictos.
El Círculo Obrero Católico ofrecía una alternativa organizada a ese ocio. Allí aparece con fuerza la figura de Manuel Montaves Martínez, uno de los hombres fundamentales de la Sociedad Hullera Española. Llegado a Asturias en 1883, acabó convirtiéndose en director de la compañía y participó directamente en la construcción de aquella política social y moral.
En un discurso pronunciado en 1902, Montaves explicó a los trabajadores que la empresa tendría “predilección” por quienes fueran socios activos del Círculo y añadió que ellos ya sabían “el valor que tiene la palabra predilección”. En un sistema donde la compañía proporcionaba empleo, vivienda y otros beneficios, ser objeto de predilección podía tener consecuencias muy concretas.
También las fiestas fueron incorporadas a esa arquitectura social. La Sociedad Hullera Española implantó en Bustiello en 1891 la celebración de Santa Bárbara, en una zona donde entonces no tenía todavía una tradición especialmente destacada, y sufragó su programación. Más de un siglo después, Fernández Gutiérrez considera esa pervivencia uno de los principales legados intangibles del poblado. La empresa desapareció, pero la fiesta se quedó.
La religión ocupaba una posición central, aunque tampoco aquí basta con hablar de disciplina. La iglesia de Bustiello fue concebida con una ambición artística notable y su decoración incorporó elementos vinculados tanto al mundo religioso como al industrial y empresarial. El taller de Félix Granda participó en su ornamentación y algunos de sus motivos conectaban el templo con las actividades del grupo de los Comillas. La iglesia reunía culto, representación empresarial y una arquitectura muy cuidada.





La educación reproducía otras divisiones. Los niños estuvieron bajo la dirección de los Hermanos de La Salle y las niñas recibieron una formación separada. Incluso los edificios escolares ocupaban lugares distintos. La escuela masculina se integraba en el núcleo principal, mientras la femenina quedó vinculada al área sanitaria, al otro lado del río.
El sanatorio que terminó necesitando protección
La política social de la Sociedad Hullera Española tuvo uno de sus grandes símbolos en el sanatorio. El edificio disponía de consultas, quirófano, camas y adelantos poco frecuentes para la época, entre ellos calefacción, agua caliente y equipos de rayos X. La empresa aspiraba a acompañar al trabajador más allá de la bocamina y a intervenir también cuando enfermaba.
Su historia posterior fue bastante menos ordenada. Durante años, el deterioro movilizó a asociaciones patrimoniales y vecinos. En 2020, INCUNA se sumó a la plataforma creada para reclamar su conservación y denunciar el avanzado estado de abandono de algunas dependencias. En 2025 comenzaron trabajos sobre la cubierta de la antigua botica, mientras seguía abierto el debate sobre un uso estable para todo el conjunto.

El edificio que había representado la política social de la empresa terminó décadas después amenazado por el abandono. Otros inmuebles han encontrado nuevas funciones. La antigua residencia de ingenieros acoge hoy el Centro de Interpretación de Bustiello, desde el que se realizan visitas guiadas de entre hora y media y dos horas para explicar el conjunto más allá de su apariencia arquitectónica. La antigua escuela masculina se prepara también para una nueva etapa como equipamiento juvenil.
Un ingeniero fotografiando su propio mundo
En 1911, el ingeniero catalán Joan Rovira i Sala fotografió Bustiello. No era un visitante atraído por aquel extraño poblado ni un fotógrafo enviado para documentarlo desde fuera. Trabajaba para la Sociedad Hullera Española y vivía allí, precisamente en el inmueble que hoy alberga el Centro de Interpretación.
Rovira i Sala se había integrado además familiarmente en aquel mundo. En 1910 contrajo matrimonio con Manuela Montaves, hija de Manuel Montaves Martínez. Sus imágenes ofrecen por eso una mirada singular. No fotografiaba Bustiello desde fuera. Formaba parte de ese mismo mundo.
La colección de 1911 fue recuperada y publicada en 2022 en El poblado minero de Bustiello (Mieres), un volumen editado por el Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias a partir de la exposición dedicada al poblado.Más de un siglo después, aquellas imágenes permiten comparar el proyecto todavía joven con el pueblo que ha llegado hasta hoy.
La casa de Pomar, donde residió Montaves entre Bustiello y Santa Cruz, reaparecería décadas después como parte del paisaje que inspiró a Laura Castañón en Dejar las cosas en sus días. La autora transformó libremente aquel mundo minero en ficción.
El minero que sigue ofreciendo flores al patrón
El monumento al segundo marqués de Comillas continúa ocupando uno de los puntos centrales del poblado. Fue levantado después de su muerte y financiado mediante una suscripción entre empleados de la compañía. A sus pies aparece un trabajador que le ofrece flores, mientras la verja reproduce picos y palas convertidos en ornamento.
La tradición recogida por el Ayuntamiento de Mieres relaciona la figura del minero con un trabajador conocido como Miguelón el de Entrebú. No existe una certeza documental absoluta sobre esa identificación, pero la imagen tiene una fuerza que no necesita demasiada explicación. En el centro del poblado construido por la empresa, un obrero de piedra permanece inclinado ante el patrón.
La inscripción recuerda que el homenaje procede de “El personal de las Minas de Aller. Año 1925“. Una crónica publicada poco después describió Bustiello como un “nacimiento de juguete”. Las viviendas ordenadas, la iglesia, los huertos, las escuelas, los chalés y el puente podían producir precisamente esa impresión, la de un pequeño mundo perfectamente colocado en su sitio.
Los niños que anunciaron la revolución
En octubre de 1934, la revolución alcanzó también el poblado concebido para fomentar otro modelo de trabajador. Un testimonio religioso sobre aquellos días recuerda que el 4 de octubre la actividad escolar transcurrió con aparente normalidad. A la mañana siguiente los mineros dejaron de acudir a las explotaciones y comenzaron a aparecer hombres armados.
Según ese relato, algunos escolares fueron quienes llevaron hasta los religiosos las primeras noticias de que había comenzado la revolución. Los niños educados en la escuela del pueblo concebido para el obrero modelo anunciaban que el orden exterior acababa de saltar por los aires.
La arquitectura podía aspirar a organizar una comunidad, pero no podía separarla ni de la historia de las cuencas ni de la historia europea. José Martínez González, conocido como Pepe, nació en Bustiello en 1914, hijo de un trabajador del economato de la Sociedad Hullera Española, y pasó por la escuela del poblado. Cuando comenzó la Guerra Civil se encontraba haciendo el servicio militar en Madrid y terminó integrado en el Ejército Popular de la República, combatiendo en lugares como Jarama, Guadalajara y Brunete.
Tras la derrota republicana pasó a Francia y en 1940 fue deportado en el llamado Convoy de los 927 hacia Mauthausen. Más tarde fue trasladado a Gusen, donde murió en septiembre de 1941, con 27 años. Su biografía rompe cualquier imagen de Bustiello como una cápsula autosuficiente. Desde aquel pequeño universo planificado se podía acabar recorriendo una guerra, un exilio y un campo nazi.
Después de la empresa
La incorporación de la Sociedad Hullera Española a HUNOSA en 1967 abrió el principio del fin del sistema que había creado Bustiello. Las viviendas comenzaron a pasar a manos de sus ocupantes durante los años setenta, las generaciones jóvenes fueron buscando su vida fuera y los edificios perdieron o transformaron sus funciones originales.

En 2017, el conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural. Para entonces, la sociedad industrial que lo había producido llevaba décadas deshaciéndose, pero había sobrevivido suficiente de su arquitectura como para que todavía pudiera leerse la lógica original. El trabajo desarrollado desde el Centro de Interpretación, las visitas guiadas, la investigación patrimonial y la actividad de La Pudinga forman parte ahora de otra etapa, en la que el poblado se explica y se conserva sin permanecer congelado.
El ayuntamiento empresarial nunca llegó a existir y Bustiello no se convirtió en la capital del municipio que la compañía había imaginado. Durante décadas, sin embargo, la Sociedad Hullera Española proporcionó vivienda, escuela, sanidad, abastecimiento, religión y ocio a una parte de sus trabajadores, mientras decidía también quién podía acceder a buena parte de esos beneficios y bajo qué condiciones.
Sería sencillo reducir todo aquello a una historia de control patronal, pero resultaría incompleto. Las casas ofrecían condiciones mejores que muchas de las alternativas disponibles, el proyecto incorporó innovaciones urbanísticas y artísticas reales y las familias acabaron haciendo suyo un espacio diseñado desde arriba. Los descendientes permanecieron en algunas viviendas, otros vecinos llegaron después y una fiesta promovida por la empresa terminó integrándose profundamente en la cultura minera asturiana.
Hoy Bustiello tiene 43 habitantes, huertos detrás de algunas casas, una escuela que ya no es escuela y un trabajador de piedra que sigue ofreciendo flores al marqués. El sistema industrial que quiso producir “obreros modelo” desapareció hace tiempo, pero no se llevó consigo el pueblo. Quedaron las casas, la memoria de quienes las habitaron y una comunidad que, con el paso de las décadas, fue haciendo suyo un espacio que había sido concebido desde arriba.



























