Amado y odiado a partes iguales, el brutalismo es uno de los estilos arquitectónicos más controvertidos del siglo XX. Agresivo y vulgar para unos, monumental y fascinante para otros, Rafael Suárez-Muñiz (Xixón, 1991), autor de “Asturias [es] brutal” (Delallama, Ribeseya, 2026), lo define como el estilo que hizo bandera de la “sinceridad constructiva”. Nada de ocultar de qué están hechos los edificios: el hormigón es bello y hay que sacarlo a la superficie.
La historia del brutalismo es inseparable de la historia del hormigón armado, el material que revolucionó la construcción a finales del siglo XIX, cuando comenzó a popularizarse. Evolución de la arquitectura moderna de Le Corbusier y otros pioneros del siglo XX, la etimología del brutalismo está precisamente en el término béton brut (“hormigón crudo”), utilizado frecuentemente por el arquitecto francés, uno de los primeros en dejar de ocultarlo en sus edificios.




Aunque el gran momento de la arquitectura brutalista llegaría tras la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en las décadas de los 50, 60 y 70, cuando tanto el mundo capitalista como el socialista recurrieron a este estilo de un modo masivo, Suárez-Muñiz considera que brutalismo remite más a un concepto que a un periodo concreto. Por eso en el libro figuran tanto las obras de Ildefonso Sánchez del Río anteriores a la Guerra Civil, como construcciones de los últimos 20 años, como el Elogio del Horizonte de Chillida, el estadio Carlos Tartiere de Oviedo/Uviéu o la casa hotel diseñada por Esther Roldán y Víctor Longo en Llanes.
El autor destaca la calidad y la amplitud del patrimonio brutalista asturiano, con algunas obras emblemáticas como las centrales hidroeléctricas de Joaquín Vaquero Palacios, los edificios de Ignacio Álvarez-Castelao, o el Panteón de la familia Cernuda Álvarez en el cementerio de Luarca, uno de los pocos casos de arquitectura brutalista funeraria.



Suárez-Muñiz considera que el brutalismo vive un momento de reivindicación que no es ajeno al impacto de la película “El Brutalista” (2024) de Brady Corbet, así como ciertas cuentas de Instagram, Facebook y X, que han contribuido a divulgar y revalorizar este patrimonio entre nuevos públicos. Por el camino, lamenta, se han quedado un puñado de buenas obras que fueron injustamente derribadas o abandonadas, “cadáveres brutalistas” en palabras del autor.
La buena noticia es que uno de estos cadáveres, el antiguo Centro de Datos del Banco Herrero (1979), de Javier Blanco, abandonado a su suerte durante la crisis de 2008, va a resucitar próximamente como instalación ligada a un proyecto público de economía circular de COGERSA. Se trata de un buen ejemplo de la versatilidad y capacidad de adaptación a nuevas funciones de este tipo de arquitectura.


El brutalismo no es una arquitectura fácil. Descubrirla y apreciarla lleva más tiempo que otros estilos que estamos más acostumbrados a contemplar y admirar. No se consideren unos bichos raros si es su caso. Suárez-Muñiz explica que también hay que aprender a “educar la mirada”: “Más allá de lo guapo y lo feo, se trata de valorar lo bien hecho y lo mal hecho”.
“Asturias [es] brutal” recopila 53 ejemplos de edificios y arte público en una cuidada edición que no escatima en imágenes. Es una invitación a descubrir desde otro punto de vista el patrimonio artístico asturiano.






























