Solvay: el pueblo que nació para obedecer y aprendió a rebelarse

La historia del poblado minero de Solvay, en Lieres: paternalismo industrial, luchas obreras, conflictos por el patrimonio y nuevas formas de habitarlo.

Recomendados

Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Hay quien sostiene que Solvay es el poblado obrero más bonito de Asturias. La afirmación, inevitablemente subjetiva, resulta bastante comprensible después de recorrer sus calles. Los tres grandes bloques de ladrillo rojo que se levantan sobre una ladera de Lieres (Siero), con sus ventanas alineadas, sus chimeneas y sus huertos, parecen trasladados de alguna antigua colonia industrial del norte de Inglaterra. Como si un pequeño fragmento del paisaje obrero de Manchester hubiera ido a parar, a comienzos del siglo XX, al corazón rural asturiano.

Pero detrás de esa estampa pintoresca hay una historia bastante menos idílica. La multinacional belga Solvay, que comenzó a levantar el poblado hace más de un siglo, no se limitaba a proporcionar una vivienda a sus trabajadores. También procuraba organizar su educación, su asistencia sanitaria y sus espacios de ocio. Incluso el casino, donde los mineros podían reunirse después de la jornada, tenía una función que iba más allá del entretenimiento: evitar que frecuentaran los chigres del camino, donde circulaban libremente conversaciones e ideas sindicales. “El mecanismo de control está ahí, eso es innegable”, explica la historiadora Amaya Caunedo.

Y, sin embargo, aquel poblado concebido para asegurar la fidelidad de los trabajadores a la empresa acabó albergando una comunidad obrera combativa, capaz de organizarse al margen de la patronal. Más de un siglo después de su construcción y veinticinco años después del cierre de la mina, los cuarteles continúan habitados. La compañía desapareció, pero las casas y una parte de la memoria colectiva siguen en pie.

Vista de Solvay. Foto: David Aguilar Sánchez.

Una pequeña Bélgica junto al ferrocarril

Para entender por qué una compañía belga acabó construyendo viviendas en una ladera de Siero hay que seguir las vías del tren. La empresa había adquirido en 1903 las explotaciones de carbón de La Fraternidad, que ya funcionaban en Lieres, con un propósito que poco tenía que ver con el mercado residencial asturiano: abastecer su fábrica de sosa de Torrelavega, en Cantabria. El ferrocarril Vasco-Asturiano permitía transportar el mineral directamente hasta las proximidades de aquella industria química. Sin esa conexión, el negocio habría sido mucho menos atractivo.

Pero había otro problema. Una mina necesitaba trabajadores, y los trabajadores necesitaban un lugar donde vivir. Aunque buena parte de la mano de obra procedía del propio entorno rural, la compañía quiso atraer también a familias de otras zonas. Así comenzó a levantarse, a partir de 1905, el poblado de Campiello, conocido popularmente como los cuarteles.

Su diseño tenía poco de improvisado. Covadonga Álvarez Quintana, que estudió en profundidad la historia y arquitectura de la colonia, documentó que los tres grandes bloques iniciales reunían 108 viviendas. El primero quedó concluido en 1907, y los restantes se levantaron en los años siguientes. El modelo remitía a las colonias obreras franco-belgas, aunque el ladrillo rojo recuerda también a los paisajes industriales británicos.

En Solvay existía una jerarquización clara de las viviendas. Foto: David Aguilar Sánchez.
Entre los numerosos poblados industriales históricos de Asturias, sin duda, Solvay destaca por su originalidad. Foto: David Aguilar Sánchez

La arquitectura no solo distinguía el poblado del caserío asturiano. También hacía visibles las diferencias de clase. “Las casas para los obreros son de una manera, las casas para los mandos medios de otra, y las casas para el ingeniero de otra”, explica Caunedo. Los trabajadores ocupaban las viviendas agrupadas de los cuarteles, los empleados de categoría intermedia disponían de chalés pareados y el ingeniero residía en una vivienda notablemente mayor, situada junto a la carretera general.

En aquellos edificios no se distribuían únicamente metros cuadrados. También se repartía el prestigio social: bastaba conocer la dirección de una familia para hacerse una idea del lugar que ocupaba dentro de la empresa.

La población ha descendido casi a la mitad en el último cuarto de siglo, aunque se está recuperando poco a poco desde la pandemia. Foto: David Aguilar Sánchez.
Solvay llegó a tener 144 viviendas. Foto: David Aguilar Sánchez.

Del lavadero al casino: una vida bajo supervisión

Las primeras viviendas obreras estaban lejos de las comodidades actuales. Carecían de agua corriente y de retretes interiores. Las familias utilizaban el lavadero y pequeñas construcciones auxiliares situadas en los huertos, destinados a completar la alimentación doméstica. Los salarios no eran necesariamente mejores que los de otras explotaciones asturianas, pero disponer de vivienda y de una parcela de cultivo representaba una ventaja importante.

Con el paso de las décadas, las casas fueron modificándose. Durante los años cuarenta y cincuenta, Solvay reformó los cuarteles, incorporó aseos y redistribuyó sus interiores hasta pasar de 108 a 144 viviendas. Buena parte del cambio consistió en dividir espacios existentes para alojar a más familias.

Todo ello formaba parte del paternalismo industrial, un sistema por el que las empresas ofrecían servicios a sus trabajadores mientras fortalecían su dependencia y procuraban dirigir determinados aspectos de su conducta. Solvay construyó viviendas, promovió escuelas y asistencia médica, organizó actividades recreativas y proporcionó beneficios que no estaban al alcance de buena parte de la población vecina.

Solvay. Foto: David Aguilar Sánchez.

Sin embargo, aquella protección tenía límites. El acceso a las casas dependía del vínculo laboral, y la conducta de los trabajadores podía influir en su adjudicación. La propia organización espacial facilitaba, según Caunedo, la vigilancia de buena parte de la vida cotidiana.

Uno de los ejemplos más reveladores era el casino. Los mineros que terminaban su jornada podían emprender el camino hacia Lieres y detenerse en alguno de los chigres para beber sidra. Allí se reunían trabajadores, se compartían noticias y podían circular ideas sindicales difíciles de controlar desde la dirección de la mina. Solvay ofreció otra posibilidad: un espacio recreativo propio, con actividades organizadas y presencia empresarial.

El casino disponía incluso de salas diferenciadas para obreros y mandos. “El ocio va a estar controlado y dirigido por la empresa: qué películas se ven, qué libros se ven, qué actividades se hacen”, resume la historiadora. La vigilancia no terminaba cuando el minero abandonaba el pozo.

Y, pese a todo, aquel casino acabaría convirtiéndose también en un motivo de orgullo local. Durante los años cincuenta y principios de los sesenta, según Caunedo, su cartelera cinematográfica llegó a ser una de las más destacadas del centro-oriente de Asturias. Lo que había nacido como un instrumento de organización patronal terminó integrado en la memoria sentimental de varias generaciones.

Interior del cine Solvay, reproducido en el artículo «Los mejores años del Cine Solvay». La fecha de la toma no está acreditada.

Los niños de Solvay y los niños de fuera

La diferencia entre pertenecer o no a la comunidad minera se apreciaba especialmente en la infancia. Los hijos de los trabajadores podían disfrutar de servicios y actividades que otros niños de las parroquias próximas no tenían. Había escuelas, formación complementaria, colonias estivales y reparto de juguetes por Reyes.

“Existía una identidad del poblado y existía una identidad de los trabajadores de Lieres, que tenían una serie de prebendas que no tenían los demás”, recuerda Caunedo. La historiadora menciona cómo los vecinos de otros núcleos próximos conservan todavía el recuerdo de aquellas diferencias. Los niños de Solvay recibían regalos en el casino durante la cabalgata de Reyes, una celebración cuya continuidad ha llegado hasta nuestros días a través de la Asociación de San Antonio.

Antiguas escuelas de Solvay.

La educación era, además, uno de los rasgos que diferenciaban a la compañía belga de otras experiencias asturianas, como la de Bustiello, promovida por la Sociedad Hullera Española. Solvay desarrolló una política formativa originalmente laica, vinculada a las ideas reformistas de su fundador, Ernest Solvay. Además de la enseñanza elemental, proporcionaba preparación para oficios y para superar las pruebas libres de bachillerato, cuando las posibilidades de estudiar más allá de la escuela eran muy limitadas en aquel entorno rural.

“Y una formación laica, no ligada a la religión”, subraya Caunedo, que considera esta orientación una de las principales particularidades del paternalismo de Solvay, aunque la compañía también colaborara con la Iglesia.

Dos escolares de Solvay posan en 1948 junto a una pizarra con el nombre de la empresa y el año.
Alumnado de la escuela de Los Cuarteles de Solvay durante el curso 1952–1953.

La preocupación por la infancia alcanzó incluso a los más pequeños. Según relata la historiadora, aparentemente por iniciativa de la esposa del primer ingeniero belga se organizó una guardería, algo poco habitual en aquellos años. El servicio aliviaba parte de las responsabilidades familiares de las madres, pero respondía también a una concepción tradicional de sus funciones: que pudieran dedicar más tiempo a mantener la casa y atender las necesidades domésticas.

La vida de las mujeres aparece mucho menos documentada que la de los mineros, pese a que sobre ellas recaía buena parte del sostenimiento cotidiano de aquellas familias. Los huertos, las labores domésticas, la crianza y las redes de ayuda vecinal formaban parte de una economía que no puede entenderse únicamente a través de los salarios.

Uno de los huertos del poblado de Solvay.

La dependencia respecto a la empresa también tenía consecuencias familiares. Las investigaciones de Álvarez Quintana documentan diferencias en el acceso y permanencia en las viviendas cuando llegaba la jubilación o fallecía el trabajador. Para las familias obreras, perder el vínculo laboral podía implicar perder también la casa, mientras que las de los empleados disfrutaban de condiciones más favorables. Aquel poblado podía ofrecer ventajas excepcionales para su tiempo, pero la seguridad de sus habitantes no estaba completamente en sus manos.

La rebeldía dentro de los cuarteles

El sistema parecía diseñado para procurar estabilidad, disciplina y fidelidad empresarial. Sin embargo, había algo que sus responsables no consiguieron evitar: que los trabajadores desarrollaran una conciencia colectiva capaz de enfrentarse a la compañía. “La historia de Solvay, a pesar de todo el paternalismo, es una historia muy combativa”, sostiene Caunedo.

La cercanía de Langreo, uno de los grandes centros históricos del movimiento obrero asturiano, favoreció la difusión del sindicalismo. Según la historiadora, antes de la Guerra Civil llegó a existir una sección de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) con sede en los propios cuarteles. También hubo organización comunista durante las primeras décadas del siglo XX.

Mineros de Solvay posan con sus herramientas y una vagoneta ante la bocamina, en 1918.
Mineros de Solvay durante la pausa para comer. Entre los trabajadores, el bocadillo recibía el nombre de «la maleta». Sin fecha indicada.

La paradoja era considerable: en unas viviendas levantadas por la empresa para garantizar el arraigo de sus trabajadores se reunían organizaciones que cuestionaban el poder de la patronal. Los antiguos periódicos conservan noticias de huelgas, protestas y reuniones obreras en Lieres, testimonio de una conflictividad que convivía con las prestaciones sociales.

Las movilizaciones no desaparecieron con Solvay. Cuando la empresa belga dejó de controlar la explotación en 1973, la mina continuó bajo otros operadores, mientras su futuro se volvía cada vez más incierto. La reconversión minera acabaría llevando esa incertidumbre a uno de sus momentos más dramáticos.

En enero de 1992, los 85 mineros del primer turno de Minas de Lieres decidieron no salir al exterior cuando terminó su jornada. Permanecieron en una galería de la sexta planta, a 660 metros de profundidad, mientras en la superficie se acumulaban las preocupaciones por el futuro de la explotación. La empresa, que entonces empleaba a unos 800 trabajadores, preparaba, según denunciaban los sindicatos, un expediente de regulación de empleo y todavía no había abonado los salarios de diciembre. Familiares y amigos acudieron a las inmediaciones del castillete con ropa de abrigo y alimentos para los encerrados.

El conflicto no terminó allí. En marzo de 1993, con la explotación cerrada y más de trescientos trabajadores sin puesto de trabajo, once sindicalistas volvieron a encerrarse a más de 650 metros de profundidad. Reclamaban que Hunosa se hiciera cargo de la mina y la reabriera, después de que el Gobierno hubiera rechazado esa posibilidad. El encierro se prolongaba mientras la humedad y el alejamiento de sus familias empezaban a pasar factura. Los dirigentes mineros José Ángel Fernández Villa y Antonio Hevia descendieron al pozo para comunicarles que SOMA-UGT y CCOO habían convocado una huelga general de solidaridad en la minería asturiana.

A esas alturas, la reivindicación ya no se limitaba a mejorar unas condiciones laborales. Se trataba de impedir la desaparición de la propia mina. La lucha se prolongó durante años, en medio de cierres, reaperturas y una incertidumbre que alcanzaba a toda la comunidad.

Solvay. Mina.

El cierre abrió otra batalla

El Pozo Siero cerró definitivamente en 2001, pero el final de la actividad minera no trajo la tranquilidad al poblado. Abrió una nueva disputa, esta vez entre los propios vecinos.

¿Qué hacer con las instalaciones que habían quedado sin uso? ¿Conservarlas, rehabilitarlas y buscarles una nueva función? ¿O derribarlas y levantar un polígono industrial que permitiera atraer empresas y recuperar puestos de trabajo?

No era una discusión sencilla para una comunidad que acababa de perder su principal actividad económica. Quienes defendían la conservación advertían de que el patrimonio industrial constituía una parte irreemplazable de la historia local y podía adaptarse a nuevos usos. Quienes apostaban por la reindustrialización veían en los antiguos terrenos mineros una oportunidad para atraer inversiones y ofrecer empleo a las generaciones que ya no podían trabajar en el pozo. Para muchas familias, la posibilidad de recuperar puestos de trabajo pesaba más que la conservación de determinados edificios.

Vista de las instalaciones mineras de Solvay en Lieres en mayo de 2003

La división no fue únicamente una cuestión de opiniones expresadas en conversaciones vecinales. Según recogió La Nueva España, en mayo de 2005 se celebró en Lieres una votación en la que la opción industrial obtuvo 95 votos frente a 5. El resultado, recordado años después por representantes vecinales, reflejaba la fuerza de las expectativas de reindustrialización, aunque no eliminó las discrepancias sobre cómo debía desarrollarse el proyecto.

El enfrentamiento llegó a dividir al movimiento vecinal. Amaya Caunedo, que se instaló en la zona después de aquellos acontecimientos, conoce el episodio por los testimonios de sus protagonistas. “Esto fue una lucha tremenda en la localidad, que a mí por suerte no me tocó vivir, yo llegué después”, explica. Algunos vecinos recuerdan aquel periodo como algo “realmente traumático”, hasta el punto de que llegaron a coexistir dos asociaciones enfrentadas por el futuro del recinto.

El proyecto industrial avanzó. La documentación administrativa de 2008 describía la transformación de los antiguos terrenos del pozo en un espacio destinado a nuevas actividades productivas, con parcelas, viales, servicios e infraestructuras. Sobre el papel, el objetivo era atraer inversiones y reconstruir el empleo perdido. Al mismo tiempo, el Principado de Asturias había incluido en 2004 varios elementos destacados del Pozo Siero en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, y el planeamiento posterior contempló su protección.

Iglesia de Solvay. Foto: David Aguilar Sánchez.

La solución adoptada conservó algunos de los elementos más representativos de la mina, pero también supuso la desaparición de numerosas instalaciones auxiliares. El recinto perdió parte del conjunto de edificios que permitía comprender cómo funcionaba aquella explotación.

Con los años, las expectativas económicas quedaron lejos de cumplirse en la medida esperada. La actividad implantada no consiguió sustituir el papel que había desempeñado la mina. “Al final en el polígono prácticamente no hay nada”, lamenta Caunedo, que considera que habría sido posible conservar y reutilizar una parte mayor del patrimonio industrial.

La controversia dejó una paradoja amarga. Una comunidad que había luchado durante décadas por conservar su fuente de trabajo terminó enfrentándose sobre la mejor manera de recuperarlo. Y parte de los edificios que recordaban aquella historia desaparecieron en nombre de un futuro industrial que no llegó a materializarse como muchos esperaban.

De los cuarteles vacíos a las nuevas viviendas habitadas

El cierre dejó otra huella menos visible que los derribos: la pérdida de población. Los jóvenes fueron marchándose y numerosas viviendas quedaron vacías. A las familias que se habían establecido en Lieres por el empleo minero les sucedieron generaciones para las que aquella actividad ya no ofrecía ninguna posibilidad de futuro. La venta de las viviendas a sus ocupantes, desarrollada durante los últimos años de la explotación, había transformado la antigua colonia empresarial en un conjunto de propiedades particulares, pero no podía detener por sí sola el declive económico.

Las cifras permiten hacerse una idea de la magnitud del cambio. La entidad de población de Solvay pasó de 277 habitantes en 2000 a 164 en 2024, una pérdida de 113 personas, equivalente al 40,8 %. Y eso mientras el concejo de Siero, considerado en su conjunto, experimentaba una evolución demográfica mucho más favorable.

Sin embargo, la historia de los cuarteles puede ser más compleja que la curva descendente de esas estadísticas. Caunedo recuerda que, después del cierre, el vaciamiento de los bloques obreros fue especialmente intenso. “En el año 2010, por ejemplo, 2008, aquello prácticamente estaba desierto”, asegura. Muchas viviendas permanecían cerradas y los hijos de las familias mineras habían buscado otro lugar donde establecerse. “Solo quedaban las personas mayores que seguían viviendo ahí, pero no vivía nadie joven, no se quedaba a vivir ninguno de los hijos”.

En Solvay hay rincones de otro tiempo. Foto: David Aguilar Sánchez.

La historiadora sostiene que durante los últimos años está observando un cambio. “Desde el Covid para aquí ha subido muchísimo la población en esta zona”, afirma, refiriéndose a la llegada de nuevos residentes y a la recuperación de viviendas que habían permanecido desocupadas.

Los datos disponibles para el conjunto de Solvay todavía no permiten acreditar ese repunte demográfico: la serie general sigue registrando una pérdida de habitantes hasta 2024. Pero tampoco ofrecen una estadística específica de ocupación de los tres cuarteles que permita contrastar cuántas viviendas estaban vacías hace quince años y cuántas lo están ahora.

En cualquier caso, algo fundamental ha cambiado respecto a la época minera. Las casas ya no están reservadas a los trabajadores de una compañía ni dependen de la relación con un patrón. Se han convertido en viviendas particulares, habitadas por personas que pueden no tener ninguna vinculación laboral ni familiar con la antigua explotación.

Los huertos, que han continuado formando parte del paisaje del poblado durante décadas, sobreviven también a aquella transformación. Y el ladrillo rojo sigue identificando un lugar que, pese a las reformas y los cambios generacionales, conserva buena parte de su singularidad arquitectónica.

La memoria que no se derribó

Cuando cerró el pozo, desapareció también buena parte de la vida social que giraba alrededor de él. “Supuso un gran duelo para la comunidad”, explica Caunedo, que considera que sus consecuencias emocionales todavía permanecen. “Yo diría que en muchos casos no está superado a día de hoy”.

Pero la memoria industrial de Lieres no se conserva únicamente en los edificios ni en los recuerdos de quienes trabajaron bajo tierra. También ha encontrado un lugar entre los niños que no conocieron la mina.

En el colegio público Xentiquina, levantado sobre el emplazamiento de la antigua azucarera de Lieres, el alumnado ha participado en el proyecto Guardianes del Patrimonio, desarrollado con la asociación artística Polarte. A través de grandes collages e instalaciones fotográficas, los escolares han recuperado imágenes de Ernest Solvay, Marie Curie y distintos elementos del pasado industrial de la localidad, incluida la chimenea de la antigua azucarera.

Colegio Xentiquina.

La iniciativa tiene una dimensión especial en un lugar donde el cierre de la minería provocó la marcha de tantas familias. Los niños que hoy estudian allí no necesitan recordar una industria que nunca conocieron. Pueden, en cambio, descubrir por qué las calles, las viviendas y los edificios que los rodean tienen esa forma y no otra, y qué decisiones explican que exista el pueblo donde viven.

Para Caunedo, el proyecto constituye una manera de integrar el patrimonio en la vida presente y futura de la localidad. Y ofrece una perspectiva distinta de aquella que enfrentó a los vecinos después del cierre: la posibilidad de que la memoria industrial no sea solamente un motivo de disputa o una colección de ruinas, sino también un conocimiento compartido.

Más de un siglo después de que la empresa belga comenzara a construir sus cuarteles, Solvay conserva sus tres grandes bloques de ladrillo rojo, los huertos y parte de los edificios que organizaron la vida de sus habitantes. Otros desaparecieron, junto con una industria que durante generaciones determinó el destino de cientos de familias.

La compañía ya no decide quién ocupa cada vivienda, dónde se reúnen los trabajadores ni qué películas se proyectan en el casino. Pero las casas que levantó siguen habitadas y la memoria de aquella comunidad, atravesada por beneficios, desigualdades y luchas, todavía encuentra formas de transmitirse. Incluso entre quienes nunca vieron salir a un minero del pozo.

Actualidad

spot_img