Sobre la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, hay una predicción que suena inapelable: ningún candidato que haya perdido en la primera vuelta ha conseguido ganar en la segunda.
Viendo el discurrir de la campaña en estos últimos días, no sería en absoluto descabellado pensar que lo que nunca pasó pueda volver a pasar.
En Brasil no sería la primera vez.
Nunca un candidato que no defendiese el modelo económico y social de las clases privilegiadas había ganado las elecciones. Lula (y Dilma Rouseff) lo hicieron.
Nunca un trabajador, sindicalista combativo, hijo de la pobreza del Nordeste, había ganado unas elecciones. Lula lo hizo, contra todo pronostico, después de tres intentos, cosa que tampoco había pasado nunca.
Nunca los hijos de las empleadas domesticas pudieron estudiar y hacerse doctores, aunque algunos ahora votan para que eso no pueda pasar en el futuro (por aquello que dijo Marx de que el ser social condiciona la conciencia, pero a ritmo de samba). Con Lula, el ascensor social funcionó por primera vez.
Nunca los presidentes de Brasil habían promovido leyes laborales a favor de los trabajadores, nunca habían extendido una red de institutos y universidades donde el pueblo pudiera estudiar, nunca habían integrado a los negros y a los indígenas en un proyecto de país para las grandes mayorías. Lula lo hizo.
Nunca un presidente había enfrentado las pretensiones de los Estados Unidos y su proyecto de saqueo de las riquezas naturales de Brasil como Lula lo hace.
Muchas cosas que nunca habían pasado pasaron gracias a Lula y, obviamente, gracias a todas las luchas colectivas que Lula representa como cabeza visible de un proceso que no es cosa de un solo hombre, pero que él representa.
No soy politólogo, ni brasileño, ni experto en procesos electorales. Ni falta que me hace.
Sólo comparando a Lula con los animales que tiene enfrente, hijos del privilegio, lacayos de Trump, cínicos en su supuesta defensa de la decencia y verles hablando del pueblo trabajador brasileño, ellos que como dice Lula conocen al trabajador de oídas porque nunca han trabajado, no son necesarias muchas más explicaciones para saber cuánto nos jugamos todos el domingo en Brasil.
Esa ola reaccionaria, ese deseo de revancha de los privilegiados que ahora busca el voto sin despreciar la posibilidad del golpismo allá donde lo vean posible (como en el caso de Brasil) también nos llega a nosotros aquí. Nos traen a sus payasos sangrientos como Milei para que berreen en voz alta lo que ellos preparan con la discreción necesaria para aplicárnoslo el día después de las elecciones. Por eso, entre otras cosas, nos importa lo que pase allá, porque anuncia lo que puede pasar aquí.
En todo caso, en este mundo de liderazgos efímeros al calor de las redes, de ideologías difusas, de discursos impostados sin nada detrás, de teorías académicas de cartón piedra, es admirable esta larga pelea de Lula y el pueblo que le apoya.
Ojalá que, el domingo, lo que nunca pasó vuelva a pasar en Brasil.
Y en todo caso, que no les sea fácil, ni allí ni aquí, arruinar la vida de tantos.
Por la cuenta que nos trae a todos.






























