La otra comuna del 34: cuando Asturias quiso ser Viena y no Berlín

La resistencia armada de los socialistas austriacos a la destrucción de la República democrática inspiró el levantamiento de octubre.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

«No hay otra como mi Asturias / para las revoluciones», dice uno de los versos de Asturias, tierra bravía, aquella versión roja del Asturias, patria querida, de la que se desahucia a la morena y la flor y el relamido costumbrismo de la Asturias arcaica para poner en escena a unos insurrectos que bajan a Oviedo a hacer la revolución. El mito de Ochobre ha sido una especie de covadonguismo de la izquierda: tampoco en él hay otra como mi Asturias, también en él Asturias, sola en mitad de la tierra, salva al mundo de una amenaza inconmensurable, que no son ya los mahometanos, sino los fascistas. Los asturianos somos grandones y nos gusta siempre sentirnos excepcionales; habitantes de una anomalía telúrica. Pero ¿fue tan excepcional Octubre del 34?

Sus protagonistas, al menos, no consideraron que lo fuera; no se sintieron inventores, sino continuadores de un hilo rojo que recorría el mundo, como el fantasma del Manifiesto. Sus cartuchos de dinamita y sus fusiles, los blandían coreando un lema que se había popularizado en los círculos socialistas en los últimos meses: «Antes Viena que Berlín». Hacía referencia a la gran cuestión del momento: ¿cómo enfrentarse al fascismo, que llevaba desde 1922 poniendo picas en todos los Flandes, y que el año anterior había acabado por tomar Alemania, en su versión nazi? El eslogan oponía el mal ejemplo berlinés al buen ejemplo vienés. Berlín era la claudicación mansa ante un triunfo electoral fascista, que se le atribuía y se le denunciaba a un SPD sin sangre. Viena era en cambio la resistencia armada, aunque fuera martirial: la de los socialistas austríacos que, en febrero de aquel mismo año, cuando el canciller Dollfuss —que llevaba un año gobernando por decreto con el Parlamento cerrado y la milicia socialista proscrita— mandó a la policía a buscar sus armas, se negaron a entergarlas y se atrincheraron en los grandes bloques de viviendas obreras de la Viena roja, de donde el Ejército tuvo que desalojarlos a cañonazos. Perdieron, pero cayeron peleando, y el socialismo europeo tomó nota de que al fascismo se le podía plantar cara con las armas en la mano.

Liga de Protección Republicana, milicia de tendencia socialdemócrata.

La analogía tuvo una resonancia especial en España, a cuya izquierda José María Gil-Robles —el jefe de la fascistizante CEDA— no le recordaba tanto a Hitler o Mussolini como a Dollfuss: el católico sibilino que no necesita marchar sobre Roma porque puede ir penetrando en el Estado, como escribía Renovación en diciembre de 1933, «con un sigilo semejante» al del canciller austríaco. El Socialista, que tardó días en admitir la derrota vienesa, identificaba ya en 14 de febrero aquella lucha con la que el socialismo español libraba a su vez contra el «fascismo clerical», y reprochaba a los austríacos haber esperado demasiado.

Medios como el Boletín de la UGT y Leviatán llamaron a escribir son sumo interés a Otto Bauer, el gran teórico del austromarxismo, que explicó la catástrofe, meses antes de octubre, a unos lectores españoles que se asomaban a Austria como a una ventana abierta a su propio porvenir; a un país católico y campesino, con un socialismo poderoso en las ciudades y una derecha clerical decidida a vaciar la república desde dentro.

El dirigente socialista austriaco Otto Bauer.

El intelectual socialista Luis Araquistáin predicaba ya desde 1933 la necesidad de una «revolución defensiva», y Austria vino a confirmarla y a acelerar los preparativos de una comuna que no quiso ser solo asturiana, sino española. Y que si ciertamente fue excepcional en un sentido concreto en el contexto europeo, fue una excepción de a dos, compartida con la Viena que la había inspirado. Lo singular era que, entre 1917 y 1923, las insurrecciones obreras del continente las habían dirigido los comunistas, con los socialistas mirando para otro lado, cuando no directamente en la trinchera de enfrente. Febrero y octubre de 1934 son los únicos casos de partidos socialistas encabezando revueltas armadas, y se parecen mucho más de lo que la épica local suele admitir. Los dos partidos, carentes de tradición insurreccional propia, tomaron prestado el saber comunista: el Schutzbund adaptó La insurrección armada, el manual de la Comintern firmado por A. Neuberg, y Renovación publicó fragmentos que reaparecen casi literales en las instrucciones de las milicias españolas. En los dos casos empujaron los jóvenes, menos socializados en el legalismo de sus mayores; y en los dos se dejó la iniciativa al adversario, para que nadie pudiera dudar de quién había roto las reglas.

Lo excepcional en el 34 no fue que los obreros se levantaran, sino el propósito, conseguido a medias, de que en las Cuencas funcionara lo que en Viena había fallado

Antes Viena que Berlín, decían los dinamiteros asturianos, pensando tal vez en que luego se dijera «antes Oviedo que Viena». Lo excepcional en el 34 no fue que los obreros se levantaran, sino el propósito, conseguido a medias, de que en las Cuencas funcionara lo que en Viena había fallado: una huelga general que paró de verdad, una unidad obrera que hubo que construir con anarquistas y comunistas y que aguantó, y una ofensiva que fue a buscar los cuarteles y la capital en vez de esperar al enemigo parapetada en los bloques de viviendas. Los austriacos se defendieron en el Karl-Marx-Hof; los asturianos bajaron a Oviedo. Y perdieron también, pero llegaron más lejos.

Karl Marx Hof, bloque de vivienda social de Viena.

En ninguno de los dos casos el eco fue local. Viena, junto con la movilización antifascista de París de aquel mismo febrero, había reforzado al ala izquierda de la Internacional Obrera Socialista, pero Octubre surtió el efecto contrario. La derrota española moderó a esa izquierda global y llevó a releer Viena ya no como inspiración, sino como derrota. De ahí, en parte, la tibieza con que la Internacional acudió en socorro de los socialistas españoles, que contrastaba con el apoyo brindado meses antes a los austriacos, y de la que Largo Caballero se quejaría. Pero no todos sacaron la misma lección. En la clandestinidad, los Socialistas Revolucionarios austríacos, herederos del partido disuelto, llegaron a las mismas conclusiones que las Juventudes Socialistas españolas: se habían acabado las ilusiones reformistas, había que defender a la Unión Soviética y buscar la unidad obrera internacional. Los caminos volverían a cruzarse dos años después: antiguos miembros del Schutzbund, entre ellos Julius Deutsch, combatieron en la guerra de España, en unas milicias republicanas en las que reaparecían los insurrectos del 34.

Asturias no salvó al mundo sola en mitad de la tierra: contestó, a su manera, a una pregunta que se hacía toda Europa. Cuando los veteranos del Schutzbund llegaron a España en 1936, no se sintieron desembarcando en un país ajeno, sino en otro capítulo de su propia historia. Viena y Asturias habían perdido por separado la misma batalla; juntas iban a volver a librarla, y volverían a perderla. Pero ninguna de las dos estuvo nunca sola en mitad de la tierra.

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