Hay quienes enfocan el patrimonio desde la mercantilización de la autenticidad y del dolor, que congelan imágenes de la clase trabajadora como el entomólogo elabora un montaje en seco de lepidópteros. Para ello, acuden a la épica de la derrota, gozan en la cultura paroxística de la crisis y entrenan una cómoda estética decadentista. Es lo que conlleva cierta melancolía: a fuer de idealizar el pasado, provoca una parálisis de acción y pensamiento que gangrena cualquier alternativa, convirtiéndonos en seres dóciles.
Siempre es posible, en cambio, zafarse del rincón en el que nos quieren ubicar los antagonistas: el de los perdedores. Moverse para romper las cadenas, desplazar asignaciones y alterar así el reparto preestablecido de capacidades y funciones, de aquello que se supone que debemos hacer, debido a nuestra falta de estatus, inteligencia, mérito, fama, riqueza u otras cualidades.

La desigualdad bien se puede demostrar, como la ley de la gravedad. Pero de lo que se trata es de verificar la igualdad, de producirla, esto es, de generar nuevas formas de vida para y por parte de quienes nunca tienen parte. Lo importante no es tanto lo que fuimos como, asumiendo con orgullo nuestro pasado compartido, construir aquello que queremos llegar a ser.
Pero toda emancipación social es al mismo tiempo ruptura del sentido instituido, reconfiguración de lo sensible y apertura a inéditas experiencias estéticas de las que ninguna persona debe ser privada. Las artes contribuyen esencialmente a ello, cuando en vez de reproducir y justificar el orden dado, ofrecen otras maneras de sentir nuestras vidas e intervenir en el mundo desbarrancando privilegios y dinamitando las barreras entre quienes saben y no saben, de manera que cualquiera pueda desarrollar potencialidades singulares que son, a la vez, las más comunes.
“Toda emancipación social es al mismo tiempo ruptura del sentido instituido”
Así, mientras que los “dispositivos culturales de distracción masiva” nos embotan, obturando la reflexión crítica, el verdadero arte interrumpe en la vida cotidiana, abre el sentido de par en par y nos permite respirar de nuevo. Por eso el arte libre -afirma Alain Badiou– “debe estar sólidamente construido y ser tan riguroso como un teorema matemático, tan inesperado y sorpresivo como un ataque nocturno, y tan elevado como una estrella”.

Hay espacios que permiten democratizar la experiencia estética, involucrar a la comunidad sin exclusiones (sumando aquí a la comunidad de quienes no tienen comunidad), muy lejos del elitismo que convierte al arte en religión de una minoría de sedicentes expertos o elegidos. El Pozu Santa Bárbara, que no es lugar neutro y aséptico, en el que centellea la memoria de quienes tomamos ejemplo, es uno de ellos. “El silencio ideológico del espacio en blanco es un regalo del cielo”, apunta irónicamente el sociólogo del arte Pascal Gielen. Ocurre que a nosotros, sin embargo, nunca nadie nos ha regalado nada. Ni lo queremos.

Pero no nos conformamos con resistir, porque la resistencia- en palabras de Rita Segato– puede revelarse como un modo de anclarse a un pasado dislocado. El propósito es re-existir: encarar un presente y un futuro diferentes en el que no prime la rentabilidad económica sino la justicia social. Para lo cual será necesario que el impulso estético – parafraseando a Schiller– de “libertad mediante libertad”. Pues nada le resulta más intolerable a este que “cualquier privilegio o tiranía”.
La intervención artística de Regine Schumann en el Pozu Santa Bárbara de Turón, Mieres, puede visitarse hasta el 21 de mayo. De martes a viernes de 16h a 20:30h, y los fines de semana de 10h a 14h y de 16h a 20:30h.



























