Da la impresión de que de un tiempo a esta parte lo más interesante y rompedor que está pasando en Asturies se cuece en los pueblos. Una suerte de escena alternativa o underground rural que tiene en Rodrigo Cuevas, La Benéfica y el festival Una Señora Fiesta sus mascarones de proa, pero que va mucho más allá. Por citar algunos espacios e iniciativas, L‘Apiaderu del Remediu, el Tenderente y todo lo que se mueve en Cabranes, Casa Narciso en Teverga, La Xata La Rifa, Mediu Güeyu, La Nueva Paisana, la Nueche en Danza, o el Bocanegra, también en Piloña, como La Benéfica, el futuro teatro-centro social impulsado por Cuevas y otros artistas, y que supone el proyecto más ambicioso nacido de este emergente tejido sociocultural disperso por toda la geografía asturiana.
Évole se ha dejado fascinar este domingo por el discurso y la práctica de Cuevas, perfecto embajador de las bondades de la vida rural y de su sentido de comunidad. “Yo pensaba que esta España ya no existía” le dice al final del programa, sentados en un banco del bar-tienda de Vegarrionda, mientras dentro entonan Chalaneru, un clásico del cancionero asturiano, Xosé Ambás, Llorián García y otros músicos y amigos de Rodrigo.
“Rodrigo es un personaje único, pero lo que representa no es un fenómeno aislado”
La genialidad y singularidad de Rodrigo Cuevas, su eclecticismo y capacidad para fusionar tradición, modernidad y postmodernidad, han puesto este domingo en el mapa la emergente movida neorrural asturiana. Rodrigo es un personaje único, pero lo que representa no es un fenómeno aislado. La migración de la ciudad al campo, aunque minoritaria, existe, y la llegada de nuevos e inquietos pobladores a los pueblos está impulsando iniciativas económicas, sociales y culturales muy interesantes en toda España. Los proyectos neorrurales se benefician de algunas de las ventajas que ofrecen los pueblos con respecto a la ciudad: menores costes, mayor predisposición de los habitantes a implicarse en los asuntos comunidad y a menudo también una aplicación más benigna de las asfixiantes normativas que regulan el uso del espacio público. Algo que sabe bien cualquiera que se haya tenido que enfrentar alguna vez a la burocracia y el papeleo necesarios para legalizar una simple fiesta vecinal.
Tras el fin del ciclo del 15M y la nueva política, una vez superada la pandemia, y en pleno subidón del precio del alquiler, parece que el espacio de la utopía y de la transformación se está desplazando de unas ciudades caras y despersonalizadas, que muchos ya dan por imposibles, a unos pueblos más manejables y que, a priori, ofrecen mayores posibilidades de desarrollo personal. Sea cierto o no, en algunos pueblos están pasando cosas interesantes, y a los habitantes de la ciudad nos debería interesar tomar nota de iniciativas como la de Rodrigo para trasladarlas a nuestros barrios. Para imaginarlos de otra manera, más cálidos, con más relaciones personales, igual que Rodrigo imagina su pueblo con un teatro, casi lo único que echa en falta de la ciudad, y que ha decidido llevarse a su pueblo. Quizá hoy la vanguardia está en otra parte, y a la retaguardia urbana nos toca mirar lo que se mueve en los pueblos para repensar el derecho a la ciudad, y otras cosas tan viejas y necesarias como el sentido de comunidad y la cohesión social.



























