Hacia 1490 Leonardo pintó La dama del armiño. Poco importa si el armiño no es tal -se ha especulado que sea un hurón, el pariente doméstico de los turones-, para la eternidad la obra se conocerá así. Los armiños son mustélidos, el mismo grupo de carnívoros al que pertenecen nutrias, tejones o martas, y lucen un pelaje color canela durante los meses estivales que cambian en invierno a un inmaculado tabardo blanco, una adaptación evolutiva para habitar en paisajes nevados. Es decir, sin nieve nunca habrían existido los blancos invernales de armiños, de perdices nivales, de zorros y liebres árticas, ni de muchas otras especies.
Mi abuela Balbina decía que la nieve purificaba. A ella, que fue portera en el madrileño barrio de Manzanares, debió darle bastante por culo la nieve pues acarreaba más dedicación para mantener impolutos el portal y las aceras, que de aquella nevaba a base de bien cada invierno en la Corte. Pero su primera reflexión cuando veía nevar no era egoísta, que bien podría haber sido del palo “mucho me dio por saco la nieve”, sino todo lo contrario: la nieve limpia, decía. Y tenía su buena razón, esa es una de las muchas virtudes de la nieve y del hielo, depuran ambientes.
Estamos en octubre rozando los treinta grados en la cornisa cantábrica, una verdadera tragedia ambiental, y sin atisbo de que empiece a nevar en los altos, como ya debería haber sucedido. Cuando lo haga, cuando lleguen las primeras y cada vez más escasas nevadas otoñales, las noticias nos hablarán de cortes de carreteras, de las estaciones de esquí y de los reservorios en los embalses. Ni una maldita vez hablan los medios de comunicación de la importancia de la nieve en otros muchos aspectos que son infinitamente más trascendentes que las dificultades puntuales que pueda originar, que los regadíos, y por supuesto que las estaciones de esquí. Ni una vez escuchamos algo tan simple, pero tan importante, como que la nieve limpia, que la nieve supone una reserva de agua de lenta infiltración para los acuíferos, que la nieve protege comunidades vegetales de los fríos al raso, que las grandes nevadas actúan regulando poblaciones de ciervos y jabalís, o que la nieve modela paisajes… Nada, todas estas cuestiones parece que importan una higa.

Si todo este quilombo de los acuíferos, el poder depurativo, la fauna, la vegetación, el relieve y demás mandanga no es suficiente, la nieve es fuente de belleza. Contemplar la nieve nos traslada a estados primitivos, como nos sucede ante el fuego de una lumbre. Hasta el arte debe mucho a la nieve, con una representación enorme en la pintura paisajista de distintas épocas.
Abordar la emergencia climática y ambiental que ya nos afecta de forma tan notoria no solo debe hacerse desde un cambio de hábitos de consumo y de movilidad, que sin duda es urgente, ni confiando todos los huevos a la cesta del cambio de generación a las renovables, que también debe hacerse urgentemente con la imprescindible cautela para con la biodiversidad. Se hace necesario que comprendamos la complejidad de elementos como la nieve, que entendamos que procesos naturales y fenómenos meteorológicos como la nieve son mucho más que un impedimento para circular por la autovía o una oportunidad de ocio y negocio para unas estaciones de esquí unas pocas semanas al año.
Estuve viendo el cuadro de Leonardo hace unos meses en el museo de Cracovia donde está depositado. Tenía muchas ganas de ver esta obra, de conocer a la dama y al armiño. Es una pieza pequeña, muy hermosa, pero no pude evitar pensar mientras lo contemplaba en las dificultades que van a tener todos estos seres ligados a los ambientes helados que quizás hemos ya condenado a desaparecer.
Mañana sol y buen tiempo cantaban los Kortatu en un tema que también habla de una revuelta en el frenopático, de una asamblea de majaras, algo a lo que quizás estemos asistiendo cuando se celebra que la mar esté templada como un caldo o que podamos disfrutar de las terracitas diez meses al año.



























