Admirado, pero no tan reconocido. Así puede describirse cómo se percibe a Wim Wenders. El enfant terrible que revolucionó la cinematografía europea en los años setenta a lomos del Nuevo Cine Alemán, ha solido tener siempre el favor y el prestigio de la crítica, pero no tanto el favor del público. Esto puede ser debido a que sus obras, siempre inteligentes, tienen la virtud y la extrañeza de ser muy cerebrales. Y posiblemente, las obras que más éxito cosecharon entre un público más amplio, El cielo sobre Berlín y París, Texas, lo hayan sido porque es en estas obras de ficción que este cineasta, sin abandonar lo cerebral, más ha dejado transpirar las emociones.

Ahora ha llegado con una ficción. La primera en mucho tiempo. La primera, además, que está gozando del favor del público. Perfect days se estrenó al comienzo del FICX y viene avalada ya por una opinión favorable de la crítica, como casi siempre, y del público, algo que no ocurría desde hacía bastante tiempo. En sus últimos años el maestro Wenders se ha destacado en el documental pudiendo subrayar en esta faceta Buenavista Social Club y Pina.
“Wenders siempre es Wenders. De una forma u otra. Cuando se muestra absolutamente cerebral y cuando busca la ligereza.”
Pero, de nuevo, Wenders deja transpirar emoción. ¿Es eso lo que le ha acercado al público de nuevo? Lo cierto es que algunos críticos, a pesar de reconocer que es la mejor obra de ficción del cineasta alemán en tres décadas, hay quienes ven cierta ligereza para lo que nos tiene acostumbrados. Posiblemente, es la más convencional de todas sus películas. En Perfect days hay corazón , hay vida cotidiana, hay sencillez y hay belleza. Una mezcla absorbente que reconcilia a Wenders con la taquilla.

Wenders siempre es Wenders. De una forma u otra. Cuando se muestra absolutamente cerebral y cuando busca la ligereza. Cuando nos cuenta una historia de ficción y cuando construye un documental. Su personalidad única se forjó a partir de distintas vocaciones, no se sabe del todo si frustradas. En su juventud estuvo a punto de ser sacerdote y cirujano. Fue pintor hasta que acabó de pie y renovando en el cine. En el cine alemán. Y de ahí, al resto. Siempre por su amor a Estados Unidos. Un amante de las imágenes irrepetible que ha explorado como pocos las posibilidades del lenguaje cinematográfico y ha experimentado con la técnica con devoción.

Wenders, siempre Wenders, aunque haga una película convencional y ligera que guste al público y consiga arquear en la intimidad las cejas de algún crítico, es siempre un revolucionario. Un tipo único que siempre ha buscado nuevos desafíos.
Este septuagenario ha vuelto a la ficción. Admirado y reconocido. Por crítica y público. Su legado siempre ha estado ahí. Y ahí continúa. Nada estático. Continúa. El protagonista de “París, Texas” decía: “Yo no le tengo miedo a las alturas, le tengo miedo al suelo.” Wim Wenders no parece tenerle miedo a nada. Por eso es Wim Wenders.



























