El Barredos de Elisa Cepedal

Entre los muchos Barredos posibles elige el de las manifestaciones mineras y religiosas, las huelgas, los entierros y el movimiento vecinal.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La nueva película de Elisa Cepedal reunió en su estreno a los cinéfilos del FICX, pero también a viejos vecinos de Barredos, entre los que felizmente me encuentro. Ese Barredos de mi infancia y adolescencia que fue mi educación sentimental y al que ahora vuelvo, cuando ya “ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma”. “El cine, 5” de Elisa es la calle del Cine nº 5, la casa de sus padres y abuelos y la calle que terminaba en el cine donde vi mis primeras películas. Calle sin asfaltar, con huertas, algunas viviendas al fondo, la ferretería del entrañable Ferino y Amelia y un bar que hacía de escuela, con su barra, cocina y estufa de carbón. Allí cursé Segundo de no sé qué (¿EGB?, quizá todavía no), fruto del baby boom que obligó a improvisar escuelas en los sitios más inverosímiles. Y, casualidades de la vida, el mismo bar que posteriormente sería reconvertido en la sede de la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) y la UJM (Unión de Juventudes Maoístas), donde presencié los últimos estertores (1978-79) de lucha política y sindical –estaban cableados con el Sindicato Unitario– por parte de grupos izquierdistas extraparlamentarios. Cualidad que amplificaba el espectro político y la inquietud del pueblo.

En El Cine, 5 Elisa Cepedal elude inteligentemente los tópicos partidistas, las siglas y los nombres propios (justo lo contrario de lo que yo acabo de hacer, aunque lo hago “acto reflejo” y por señalar una intrahistoria de la que nunca se habla) para centrarse en las acciones colectivas, a través de unas fotografías realizadas por su abuelo Corsino –retratista profesional–, que serán comentadas por voces en off, y a su vez contrastadas con imágenes fílmicas del Barredos de hoy. Y entre los muchos Barredos posibles Elisa elige el de las manifestaciones mineras y religiosas, las huelgas, los entierros, la capilla de los Mártires, la misa, el cura obrero (Carlos, tan querido por todos) y el movimiento vecinal reivindicativo con marchas al Ayuntamiento pidiendo agua y luz. Siempre desde el anonimato, sin mostrar el rostro de las comentaristas que desean identificar los hechos, porque se trata también de poner de relieve lo que la frágil y escurridiza memoria alcanza hasta llegar al olvido. Siempre al margen de la datación precisa y del complemento que aportaría el documento histórico y la hemeroteca, al margen del suceso procesado como Historia. Hay en ese trasvase de contraposición del pasado al presente como una quiebra existencial subrayada por el tempo y cadencia de la exposición cinematográfica, por ese estilo tan peculiar que es ya la marca y seña de la directora. En esta ocasión el tiempo detenido y congelado del pasado que muestra la fotografía al lado del impasse de una barriada obrera que ha quedado arrumbada, fuera del foco estratégico y geográfico de prestigio.

El Cine, 5

La sobriedad formal de El cine, 5 no hace concesiones emocionales ni se presta al enunciado crítico-discursivo convencional. Su vocación es la objetividad de una cámara aséptica, transparente, aunque paradójicamente reconvertida por momentos en cámara oculta y protagonista, debido a esos planos fijos con escorzos y personas que nos dan la espalda casi siempre y no pasan desapercibidos para los espectadores. La política y las manifestaciones sociales son los protagonistas indiscutibles de las imágenes fotográficas, el tema y el contexto del film, pero servidas desde un posicionamiento contemplativo un tanto a lo zen –a mí me lo parece–, que dispara más contra nuestra conciencia que hacia una reflexión con fines de denuncia. Es evidente que para quienes son o fuimos vecinos de Barredos en aquellos años la película presenta un plus añadido de identificación y reconocimiento. Un placer que le debemos a Elisa por haber elegido su pueblo como materia de creación. Al final, en un plano general muy largo vemos a una banda de música –la única música del metraje– avanzar hacia nosotros por la carretera, corroborando la cotidianidad.

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