La caja
Dirección, texto e interpretación: Desirée Belmonte
Creación: Sebastián López, Carlos Molina y Desirée Belmonte
Todos estamos locos, pero cuando el delirio sobrepasa la delgada línea roja que delimita y marca la norma pasamos al otro lado del espejo y aparece la enfermedad y el sufrimiento, el dolor. Un dolor desbocado y terrible, en muchos casos irremediable, que ha disparado las alarmas sociales, trae por la calle de la amargura a multitud de familias y empieza a ser motivo principal de preocupación para las Administraciones y especialistas. Casos como los que nos muestra La caja de Desirée Belmonte sobre enfermedad mental los hemos visto ya en documentos-tv en varias ocasiones, de igual interés y con biografías todavía más sesgadas y angustiosas. Realidades de aflicción y angustia que nos estremecen porque dan fe de un lado oscuro de la existencia que se nos escapa, irreductible e inasible en su desconcierto, amplificado en su dimensión paliativa y logística por los muchos intereses que la industria farmacéutica y el mercado ponen en juego. La caja tiene su núcleo temático de exposición en la proyección documental con testimonios parecidos a otros ya conocidos por la ciudadanía, pero con la peculiaridad de presentar el informe y los hechos en un espacio-tiempo que es el propio del teatro, es decir, “en directo”, en comunión colectiva y bajo un aura emocional compartida para la reflexión y el debate.

Desirée Belmonte, que oficia de maestra de ceremonias en este espectáculo realizado a modo de instalación plástica con materiales y formato del teatro documento (informes, entrevistas, etc.), ha elegido entre los muchos casos posibles el de tres personas que llaman la atención por el alto grado de lucidez y consciencia alcanzado ante la vida y la sociedad, a la vez que simultanean esa clarividencia con periodos de crisis y depresiones, donde el delirio los convierte en seres vulnerables. Aunque sus claros y pertinentes razonamientos nunca dejan de sorprendernos. Mabel, con arrebatos místicos, fue diagnosticada de trastorno bipolar, sufrió los perversos efectos de la medicación antipsicótica (dopamina, haloperidol, etc.) llegando incluso a tener que estar atada en una cama. Medidas extremas que aceptamos como un mal necesario, a sabiendas de que se trata de un tormento. Jordi es un vagabundo inofensivo, duerme en la playa y observa las pequeñas cosas que le rodean sentado en un banco, al margen de los valores establecidos. El ostracismo y la automarginación son su identidad. Y Vicente Rubio, productor cinematográfico declarado esquizofrénico y desgraciadamente fallecido, que se lanzó a un viaje por el mundo con alucinaciones de tipo mesiánico, para legarnos un excelente documental –puede verse en youtube, Solo– contando su experiencia y cura.
La instalación con espejos, cartas, objetos fetiche, proyección de efectos sonoros y luces irisadas, es el complemento ideal para dar cobertura poética y afectiva a un tema que lo necesita como ningún otro. La caja de Desirée Belmonte es la caja de Pandora que encierra a Vicente Rubio, la torre de Segismundo desde la que nos habla recitando La vida es sueño. Hay un teatro socialmente comprometido y de gran utilidad contra la estigmatización y a favor de la visualización de muchos de los trastornos que nos acosan. La enfermedad mental es una realidad incuestionable, un desgarro fronterizo donde la ensoñación, el caos y la lucidez van de la mano. Y esta pieza lo refleja con naturalidad eficacia.



























