“El caso Scala sustituyó a un análisis crítico sobre la crisis de CNT”

El historiador Héctor González regresa al movimiento libertario de la Transición en su último libro: "El Caso Scala y otras leyendas del anarcosindicalismo".

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Héctor González (Xixón, 1989) suele definirse como historiador y anarquista. Lo primero está claro, y así lo atestigua su licenciatura y doctorado, su trabajo como profesor de historia en la enseñanza pública, así como ya tres libros a sus espaldas: “La CNT asturiana durante la transición española (KRK, 2017)”, “Y desde entonces ya no hubo más domingos: Vicente Gutiérrez Solís, comunista y demócrata” (Trabe, 2021)” y “El Caso Scala y otras leyendas del anarcosindicalismo durante la Transición” (La Catarata, 2023).

El anarquismo no le ha hecho nunca idealizar ni mitificar su propia tradición, tal y como se puede comprobar en su último libro que se presenta este viernes en la librería Nocturama de Barcelona cuando se cumplen 46 años del Caso Scala.

Sindicalista en la Red la Clase Trabayadora, es militante del colectivo Asturies Insumisa y uno de los condenados por la campaña sindical de boicot a la pastelería gijonesa La Suiza.

¿Qué fue el Caso Scala?

El Caso Scala son dos cosas distintas. Por un lado, fue uno de los múltiples montajes orquestados por el Estado en su guerra sucia contra la izquierda radical durante la transición. Un montaje, del que no podemos saber la responsabilidad, que le costó la vida a 4 trabajadores y que llevó a la cárcel varios jóvenes anarcosindicalistas. Pero el Scala también es un mito, una elaboración memorística generada desde mediados de los años que sostiene que este suceso fue la causa del declive del anarcosindicalismo durante la transición, algo que es falso.

En su libro sostiene con cifras que es un mito que echara a pique a la CNT. ¿Por qué sin embargo ha perdurado esa idea hasta hoy?

En primer lugar hay que tener en cuenta que este mito tiene un momento fundacional concreto que puede rastrearse con facilidad. Durante los primeros años, hasta 1985, el Scala tiene un papel absolutamente marginal en la historia y la memoria del anarcosindicalismo durante la transición. Periódicos, documentación y bibliografía así lo atestiguan. Pero a mediados de los años 80 el anarcosindicalismo se encuentra divido e inmerso en una pelea por la siglas y el patrimonio. En este contexto, la actual CNT siente la necesidad de elaborar una memoria oficial que se articula a través de diferentes publicaciones entre 1985 y 1990 en los que se buscan responsables de la crisis del anarcosindicalismo y estos comienzan a buscarse dentro y fuera de la organización… y ahí es donde Scala se erige como un ejemplo de la guerra sucia que acabó con la CNT y que sustituye al análisis crítico del porqué de la crisis: todo fue culpa del Estado (y de los traidores), la organización no se equivocó no hizo nada mal.

Recortes de la época.

Para comprender la necesidad de este discurso, hay que tener en cuenta que el sector CNT-AIT se encuentra muy debilitado, que ha sufrido dos escisiones en un lustro que se han reunificado, que le disputan las siglas y el patrimonio histórico y, durante años, parece que van a ganar esa batalla. Entonces surge la necesidad de un relato que explique la dramática situación por la que se pasa, que aglutine a los compañeros, que les ofrezca culpables y que los rearme ideológicamente. Un montaje del Estado cumple a la perfección con esa función.

Sin embargo hubo una campaña de desprestigio contra el anarquismo a raíz del caso. ¿Cuál fue el efecto real en términos de afiliación e impacto en el sindicato?

La campaña de desprestigio fue muy limitada en el tiempo. La España de 1978 amanece día sí día no con atentados de ETA-m, ETA-pm, Grapo, BVE, Comandos Autónomos Anticapitalistas, de otros grupos incontrolados, atracos, huelgas, etc. Dos semanas después del Scala, éste ha dejado paso a otros casos de atentados y asesinatos. La campaña de desprestigio no fue, por lo demás, diferente a la que pudieron otras organizaciones de la izquierda radical, sobre todo la nacionalista.

Cartel de la época.

El impacto real en cifras de afiliación fue nulo, de hecho, la CNT alcanzó su pico de afiliación en el verano de 1978, seis meses después del suceso. La contracción de la afiliación comenzó en el otoño de ese mismo año, pero no para la CNT sino para el conjunto del movimiento obrero, del que la CNT no fue la mayor damnificada. Por ejemplo, CCOO y UGT perdieron en el siguiente año más porcentaje de afiliación que la CNT

En el libro se habla de otro episodio menos conocido, el Caso Michelín Vitoria. ¿Qué fue?

Se trató de un caso que mezclaba atentados de ETA contra directivos de la fábrica, palizas a esquiroles y atracos a bancos, por parte de los Comandos Autónomos, de los que se responsabilizaba a los principales dirigentes de la CNT-R (hoy CGT) de la factoría de Michelín de Vitoria. Un caso en el que se trató de criminalizar la CNT vitoriana, pero que, finalmente quedó en nada.

“El impacto real en cifras de afiliación fue nulo”

FAI, FIGA, ERAT, Grupos de Acción…. ¿Qué peso real tuvieron esas siglas y qué estrategias había detrás de ellas?

De todas las que mencionas conviene centrarse en la FAI por toda la mística que la rodea y según la cual, dirigía a la CNT desde la sombra. Sin embargo, la realidad es mucho menos erótica. La FAI no dirigió ni influyó en la CNT, principalmente porque, dado su reducido número, no podía. Es más, ni siquiera puede hablarse de una FAI si no que pueden encontrarse como poco tres tendencias internas de actuación dispar y que no se llevaban precisamente bien ¿Qué unía a la FAI? El miedo a que ciertos grupos que ella detectaba (y de existencia discutible) se organizasen para desnaturalizar a la Confederación. Ese fue el peso real de la FAI y cuya consecuencia fue que otros entornos militantes se organizasen ante el miedo de que la FAI tratase de controlar la CNT. Y en eso se resume la cuestión, grupos que actuaban a la contra unos de otros por el miedo a lo que el adversario podía querer hacer. En cuanto a los grupos de acción, entre los que destaca la FIGA, su papel fue de apoyo a conflictos obreros, expropiaciones, etc. Aprovecho la ocasión para señalar que la FIGA y sus acciones merecen una película.

¿Preocupaba tanto la CNT al Estado y al Gobierno de la UCD como se ha dicho desde el movimiento libertario?

La respuesta corta sería que no. Al Estado le preocupan el PCE/CCOO, el nacionalismo vasco, especialmente las ETAs, y el GRAPO. A partir de aquí, cualquier tipo de preocupación con respecto a otras organizaciones es muy secundario. No obstante, hay que realizar una apreciación: hubo un momento, que fue el que dio lugar al montaje del Scala, en el que la CNT sí llegó a ser una cierta molestia en Catañula ¿Por qué? Porque la CNT comienza una campaña contra el pacto social y los Pactos de la Moncloa que hace sospechar que pueda llegar a canalizar los enormes descontentos que existen en las bases de CCOO. La campaña de la CNT es muy seria. En septiembre de 1977, justo cuando se firman los Pactos de la Moncloa con su tope salarial del 17%, la CNT convoca una huelga salvaje en las gasolineras de Barcelona y rompe ese tope, arrancando una subida a la patronal del 22%. Es decir, ese temor es fundado y es real, pero es ciertamente secundario.

Cartel de la huelga de las gasolineras.

En las memorias de Toni Negri habla del interés que la reconstrucción de la CNT despertó en la izquierda extraparlamentaria italiana. ¿Cuáles eran los homólogos de CNT en el resto de Europa? ¿Hablamos de una singularidad española?

Es complejo responder a esta pregunta. Técnicamente existen organizaciones anarcosindicalistas en toda Europa occidental (USI en Italia, CNT en Francia o FAU en Alemania), pero no dejaban de ser testimoniales, en el mejor de los casos. La única organización homóloga podría ser la SAC sueca, pero sobre la relación con ésta había una fuerte división dentro de la CNT a cuenta de una supuesta deriva reformista de los suecos. En cuanto a la izquierda extraparlamentaria europea, los sectores autonomistas, etc. miran a la CNT con interés por lo inesperado de su resurgimiento y su trayectoria histórica, pero esta simpatía no tuvo más implicaciones. Los movimientos asamblearios y autónomos se encuentran en franco retroceso a finales de los años 70 en toda Europa, sus organizaciones son minúsculas y sus posiciones son, además, distantes a las anarcosindicalistas, que preconizan la organización sindical y un obrerismo de tipo muy clásico.

Héctor González en Xixón. Foto: David Aguilar Sánchez

La CNT supone una singularidad total no ya en Europa sino en el mundo, como por otra parte había sido durante prácticamente toda su historia, aspecto que, por cierto, la hace el todavía más interesante, aunque en ocasiones nos olvidemos de ello. Esta orfandad fue determinante en su desarrollo, pues careció de los apoyos económicos, logísticos y técnicos de los que gozaron otras organizaciones, incluso siendo minoritarias.

“La CNT supone una singularidad total no ya en Europa sino en el mundo”

¿Quiénes fueron esos miles de personas que se unieron a la CNT en la Transición?

El perfil es lógicamente variado, pero tiene un nexo común que (muchas) en ocasiones se olvida: trabajadores interesados en formar parte del movimiento obrero español de la transición. Obreros que entienden la necesidad de organizar un sindicato abiertamente anticapitalista, de movilización y confrontación que defienda la autonomía obrera, el asamblearismo, la horizontalidad y la independencia de partidos políticos.

¿Eran todos anarquistas?

Podemos definirlos, en líneas generales, como libertarios o filolibertarios. No obstante y esto es un elemento central, el posicionamiento político siendo importante, no es el principal. El sentido de clase, como te decía antes, es tan o más determinante que el político. En los análisis, posicionamientos y estrategias de la CNT durante este periodo está presente la ideología anarquista, pero lo está ligado (y por detrás) de una actuación de clase que, las más de las veces, se impone sobre cualquier otro condicionante.

¿Dónde están hoy?

Jubilados (risas). Los caminos que siguió la afiliación de la CNT fueron variados. Una gran parte se fue a su casa como consecuencia de la pérdida de perspectiva revolucionaria y de horizonte transformador que acompañó a la consolidación democrática. Este reflujo, como te comentaba antes, no fue exclusivo del anarcosindicalismo sino que afectó a toda la izquierda y a todo el movimiento obrero. De quienes se mantuvieron dentro de la militancia, una parte muy importante fue derivando, a través de sucesivas escisiones, hacia lo que hoy es la CGT y otra, a rebufo del éxito socialista de principios de los años 80, migró al PSOE y a la UGT. Otra parte se mantuvo en lo que hoy es la CNT y un último grupo derivó el mundo de los ateneos libertarios, radios libres, okupas y militancias de tipo más social.

Héctor González. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Existía margen para la consolidación de un sindicato como CNT?

Sí y no. El mero hecho de que tanto la CNT como la CGT sigan existiendo hoy día es una prueba de que ese margen existía y se aprovechó, aun con toda la tortuosa trayectoria del anarcosindicalismo durante los 70 y los 80. El resto de organizaciones de la izquierda radical no nacionalista de la transición no pueden decir lo mismo. No queda ninguna.

Ocupación de un local de CNT en Logroño durante la Transición.

Preguntarse si existía margen para un sindicato como la CNT es, salvando las lógicas distancias, similar a preguntarse si lo había para el PCE ¿Cómo estaba el anarcosindicalismo a finales de los 80 y cómo estaba el PCE? ¿Cómo están hoy? Margen para la consolidación de una alternativa asamblearia y radical existía, como demostraron múltiples fenómenos locales y regionales e incluso algunas de las bases de CCOO.

Aquilino Moral, segundo por la izquierda, en el homenaje a Eleuterio Quintanilla Prieto en el cine San Pedro, Xixón, junio de 1978.

Otra cuestión es si existía margen para un sindicalismo anticapitalista y revolucionario. En este sentido puede decirse que no. Ninguna organización sindical de los años 80 lo fue. La reconversión industrial y la crisis asociada de las comunidades y la identidad obrera provocó una deriva del movimiento obrero en la que, en el mejor de los casos, se planteaba la defensa radical del puesto de trabajo, pero sin cuestionar el orden capitalista (algo que ha costado décadas recuperar y que hoy se percibe de manera muy difusa o embrionaria). Lo cierto es que el anarcosindicalismo de los 70 se parece muy poco  al de los años 80 y al de la CNT y la CGT actual, entre otras cosas porque la clase trabajadora y el movimiento obrero son también distintos.

¿Por qué el anarquismo fue incapaz de mantenerse unido?

El anarcosindicalismo se dividió igual que el resto opciones políticas e ideológicas de la transición (y de todas las épocas). Cuando una organización o una corriente ideológica ve frustradas sus expectativas adviene siempre una crisis en la que se buscan culpables y se señala al enemigo externo… pero también al interno y con mucha más saña. Es un proceso colectivo de tintes universales que estamos muy acostumbrados a ver porque yo diría que es inevitable.

Héctor González. Foto: David Aguilar Sánchez

La CNT sufre una triple derrota entre 1977 y 1980. La primera es que no se va a hacer la revolución con la que todos ellos (y no solo los anarcosindicalistas) contaban. Al contrario, se asienta la democracia y lo hace en unos términos escasamente avanzados. En segundo lugar, los postulados políticos, organizativos y estratégicos defendidos por la CNT dentro del movimiento obrero son derrotados por la institucionalización del sindicalismo y aunque se hace autocrítica, también se buscan culpables. Por último, el propio movimiento obrero es derrotado y va perdiendo paulatinamente su papel central en la vida política y la CNT no es capaz tampoco de absorber a los elementos más combativos del sindicalismo, en parte por la propia crisis que comienza a padecer.

En estas circunstancias es normal buscar culpables y se hace en el Estado, en el PCE y en CCOO, pero también en los hijos de puta que tienes al lado, porque siempre te llevan la contraria. A partir de ahí, viendo que los análisis realizados no se cumplen, todo el mundo comienza a preguntarse por qué tiene que mantenerse en la misma organización con gente a la que odia y culpa de sus desdichas.

En el libro aparece un personaje, Enric Marco, que se hizo tristemente famoso por haber sido un falso superviviente del Holocausto. ¿Qué papel desempeñó en la crisis de la CNT?

El papel de Enric Marco es paradójico. Fue Secretario General de Cataluña y, con posterioridad, de la Confederación. Era un hombre muy activo y aguerrido que se significó en todos y cada uno de los conflictos en los que participó la CNT en aquella época lo que le llevó a sufrir detenciones y palizas. Sin embargo, su papel fue totalmente secundario. No era una persona que tuviera un peso específico en su sindicato (más allá de su activismo) o en Barcelona. Es más, ni siquiera el hombre más destacado o valorado de los comités en los que participó. Su cualidad principal era su disposición a dar la cara contra quien fuera.

¿Qué papel jugó la brecha generacional entre jóvenes y viejos anarquistas?

Esta pregunta hila muy bien con la anterior. Si Marco acabó ocupando los principales puestos de responsabilidad dentro de la CNT fue precisamente porque era un hombre mediana edad, de los que no abundaban en CNT y, por tanto, acabaron ocupando todos los cargos de responsabilidad hasta que las nuevas generaciones se foguearon. La brecha generacional entre jóvenes y viejos osciló entre la admiración mutua y la incomprensión. No obstante, lo determinante de esta cuestión fue el empeño de los mayores en introducir problemas propios (algunos con 40 décadas de amargo recorrido) que desviaban fuerzas de la CNT a debates que carecían de interés y pertinencia alguna en la España de la transición.

La alternativa a CCOO y UGT han terminado siendo los sindicatos nacionalistas y en algunos lugares la CGT, ¿por qué el nacionalismo pudo aprovechar esa ventana de oportunidad?

En primer lugar, porque las identidades son múltiples y variadas y la de clase no es la única que opera. La identidad nacional, guste o no, está presente en la clase trabajadora, al igual que la de género o la de raza. En España esto ocurre en algunos lugares que, además, están fuertemente industrializados, como Galicia y, sobre todo, Euskadi. Ante la pérdida de un horizonte revolucionario, de una democracia más avanzada o de un movimiento obrero que ocupe el papel central de la vida política española, la izquierda radical se queda proyecto político que ofrecer a la sociedad. Sin embargo, en Euskadi y en Galicia son capaces de articular un proyecto político de refugio y resistencia en base a la interrelación de clase y nación. No obstante conviene señalar que se trató, durante muchísimos años, de una alternativa de eficacia limitada y que solo en los últimos lustros ha comenzado a cambiar en estos dos lugares en base a estrategias sindicales muy concretas (y agresivas y eficaces). Sin embargo, en Cataluña, por citar el caso más extremo, pero podíamos poner algún otro, este hecho no se ha dado y no tiene pinta de que vaya a producirse a medio plazo

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