Tractores, sombras, ideologías

Las cifras no son mareantes, pero es el sector de los tractores el que nos une al suelo.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Tantos tractores en las calles producen desasosiego. En España los agricultores y ganaderos no llegan al 4% de los trabajadores. Su actividad directa es poco más del 2,5% del PIB, aunque con los sectores relacionados llegan casi al 10%. No son las cifras lo que produce ansiedad en los despachos y revuelo en las redes sociales. La secuencia que va desde el trabajo rural hasta la comida que ponemos en nuestra mesa es opaca, vista desde el campo y desde la ciudad. Por eso esos tractores son un sonido sordo amenazante. Hay alimentos porque las plantas se comen la luz solar y la hacen biomasa. La energía de la vida procede del sol, al que estamos conectados a través de las plantas. Toda la comida es la que da el suelo. Las cifras no son mareantes, pero es el sector de los tractores el que nos une al suelo. No son industrias ignotas, es lo que tocamos con las manos cada día. En las ciudades hay una imagen entre prejuiciosa y condescendiente de la población rural. Tanta como lejanía emocional hay en el campo de la inclemencia y la precariedad de la vida urbana.

Hay revuelo en los despachos y prevención en muchas capas urbanas, porque el campo es un sector expuesto al moho ideológico, a que el ruido que procede de la agricultura y ganadería llegue con impurezas y arenilla de oligarcas y caciques impostando ser labradores y de ponzoña de ultraderecha maleando el malestar para dirigirlo a sus propósitos tóxicos. En estos días de ira rural conviene huir de las redes sociales y de tanto sedicente representante del campo echando basura. Le falta tiempo a la caverna televisiva para poner el micrófono al Manolín de turno, para que escupa odios y brutalidad.

Ganaderos y agricultores, durante la manifestación de este jueves ante la sede del Gobierno del Principado.

Podemos partir de tres ejes. En primer lugar, la exigencia ecológica llena de condicionantes la actividad del campo y genera la competencia injusta de países que tienen menos miramientos. En segundo lugar, la cadena que va del campo a los supermercados está llena de agentes y maniobras que hunden los precios que cobran agricultores y ganaderos. Y en tercer lugar, el campo es muy dependiente de la intervención del estado, que a veces resulta ineficaz o compleja. El campo depende mucho de subsidios (un tercio de los gastos de la UE van al campo), de regulaciones y de intervenciones en turbulencias energéticas. Una guerra en Ucrania y en Oriente Medio revuelven los precios del combustible y los costes de agricultores y ganaderos. El campo, como la cultura, depende mucho de políticas públicas. Si las subvenciones no llegan a su sitio y si la burocracia es ineficiente, la ira fermenta.

En este contexto, la extrema derecha quiere colocar sus marcos. Este es, como siempre, un problema de arriba y abajo. Es un problema de gente de abajo que clama contra los de arriba; todos los discursos tienen que anclarse en eso. La ultraderecha coge a puñados la ira del que trabaja y pierde y después sigue perdiendo para colocarla en sus mezquinos moldes ideológicos. Y lo hace utilizando cosas verdaderas como distracción para que se rasque donde no pica. Una verdad: la política, toda ella, tiene sesgo urbano, porque urbana es la población general. A partir de esa verdad, va la distracción de que los de arriba son los progres y políticos urbanos que no van a los pueblos más que a comer cocido; esos hipócritas que te miran por encima del hombro y no saben nada de ti. Otra verdad: se cuelan productos de países que no exigen las duras condiciones ecológicas de la UE y compiten deslealmente. A partir de esta verdad, se agita el sectarismo racial y religioso hacia determinadas comunidades. Se ven alegatos contra Marruecos, el islam y los moros que arruinan a nuestros agricultores. Se abomina de la agenda 2030 con la que los progres ahogan al sector primario. Una verdad más: no se puede negar la espesura de la burocracia que regula la relación del campo con la administración, ni que las subvenciones muchas veces no llegan donde deben. Desde esta verdad, la ultraderecha despacha a la política y a la UE como burócratas que embarran la vida del campo. En resumen: los progres, el ecologismo, los moros, el islam, los políticos y Europa son esos de arriba contra los que claman los de abajo; la ira del campo envasada en sus tópicos tóxicos ideológicos.

Jeff Bezos y el Blue Origin. Fotomontaje.

Así la ultraderecha ensucia, miente y confunde. La izquierda, no solo tiene que llevar la razón a un tema tan complejo. Tiene que encajar el estado emocional en sus marcos ideológicos. Los puños apretados de los de abajo contra los de arriba tienen que impregnar también el discurso de la izquierda. Los de arriba son grandes superficies que prácticamente los extorsionan, son grandes empresas, envueltas en la bandera nacional, que trafican con esos productos extranjeros sin exigencia ecológica, son grandes terratenientes y grandes oligarcas que asfixian a los pequeños (el 70% en España son pequeños). Contra ellos debe agitar la izquierda la tensión del campo. Con respecto al medioambiente, la izquierda tiene que colocar el marco que se nombra con un verbo: repartir. La agenda 2030 es la única que exige expresamente inversión en zonas rurales y apoya la producción local. Pero, sobre todo, es intocable. El clima no espera. Con la revolución industrial, las máquinas hicieron sobrantes a los trabajadores. Hubo tensión y sangre. El final fueron ocho horas de trabajo, cinco días a la semana, once meses al año. Es decir, menos trabajo con igual salario: repartir la nueva riqueza. Con la IA, surgirá el mismo problema, que apuntará a la misma solución: repartir, menos trabajo con igual salario. Las medidas ecológicas cuestan. De nuevo, hay que repartir, el campo no debe cargar con todo el coste. La desregulación neoliberal los aplastaría. Se necesita estado y subvenciones, es decir, impuestos y civilización. Con respecto a la antipolítica ultra, la izquierda debe reafirmarse en la política. Jeff Bezos se fue al espacio y a mí me operaron de cataratas. Lo que llevó a Bezos al espacio fue la tecnología y su dinero. Lo que me salvó a mí de la ceguera fue la política. Con la medicina y la ciencia, la operación de cataratas sería tan lejana como el espacio al que fue Bezos. Hay médicos y quirófanos por todas partes y hubo un robot para intervenir mis ojos por la gestión de recursos en formación y estructura sanitaria que me lo puso al alcance: por la política.

Yolanda Díaz y Ernest Urtasun durante el proceso de discusión de la ponencia política y orgánica que abordará el horizonte de Sumar. Foto: cuenta de X de Sumar.

Tienen que ser los marcos de la izquierda, y no los de la ultraderecha, los que configuren la percepción de lo que ocurre, porque son los justos y los que no se basan en la falsedad. Quien defiende lo que perjudica a la mayoría es quien está obligado a mentir. Este conflicto pone a prueba la capacidad de la izquierda de elaborar discursos eficaces y claros. Coincide con la gestión de la configuración de Sumar. Vuelve al discurso primero de Podemos con referencia única a la tensión entre arriba y abajo y evitando definirse como de izquierdas. Quien escribe está convencido de que es ineficaz argumentar con la etiqueta ideológica (por ejemplo, la gestión del campo necesita un giro a la izquierda). Y está convencido de la necesidad de la transversalidad, de buscar en cada asunto más apoyo que el de la gente que piensa como tú y de que la derecha note las olas de la izquierda batiendo sus murallas, sin un PSOE rompeolas por el medio. No será la palabra «izquierda» la que oriente la indignación de un agricultor ni la percepción social del problema. Pero eso no significa que no haya ideología y que no haya que mencionarla. Significa solo que hay que hacerlo pocas veces bien elegidas. La palabra «izquierda» apunta por sí misma quiénes son los de arriba y quiénes los de abajo (el eje que quiere retorcer la ultraderecha) y sitúa arriba y abajo en el marco de la ineludible lucha de clases, descarnada en estos tiempos. Se necesita esa referencia. No hay gobierno de izquierdas imaginable sin el PSOE y el PSOE es demasiado mainstream para señalar a esos de arriba (incluyendo bancos, reyes y multinacionales de la salud) con los que deben enfrentarse los de abajo. La ideología da forma al edificio y claridad y raíz al discurso. La izquierda debe inyectar claridad, raíz y marcos al conflicto. Este conflicto exige a la vez reafirmación ideológica y transversalidad.

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