Coincidí con Ramón Fernández-Rañada por última vez este otoño en la celebración del Día Mundial del Urbanismo. El Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias había organizado un coloquio entre Enrique de Balbín, Arturo Gutiérrez de Terán y él para hablar de pasado, presente y futuro de la ordenación del territorio y el urbanismo en Asturias. Me habían pedido que abriera el acto y me temblaban un poco las piernas. Todos los asturianos, pero sobre todo los que nos dedicamos a esta profesión, tenemos una deuda enorme con una generación que soñó, pensó y puso los mimbres para construir la Asturias que habitamos. Una generación de urbanistas brillante y con un proyecto para Asturias representada en los nombres que aquel día conversaban y de la que Rañada fue, diría, la mente más lúcida.
Referente durante más de cuatro décadas, a él le debemos multitud de planes territoriales y urbanísticos, algunos hoy vigentes y otros no. Pero hasta los que, por avatares de la vida, no llegaron a culminarse contienen enseñanzas valiosas, pues su aproximación siempre clarividente y sagaz es una enseñanza en sí misma.
Le debemos, como se ha repetido hasta la saciedad, que nuestra costa sea la mejor conservada de España. Su Plan Territorial Especial de Ordenación del Litoral Asturiano (POLA) y su Plan Territorial Especial de Ordenación del Suelo No Urbanizable de Costas (PESC) no solo fueron inspiración para otras comunidades autónomas y premiados en España y Europa. Fueron -son- algo mucho más importante: útiles. Útiles en la práctica profesional del día a día y útiles, también, como ejemplo didáctico de qué es esto de la ordenación del territorio. Hace casi 20 años el POLA ya planteaba respuestas a preguntas de hoy.
Le debemos, también, una manera de hacer ciudad. Que Gijón sea hoy una ciudad razonablemente equilibrada es fruto de un modelo urbano sentado por Rañada en los años 80 del siglo pasado. Y es que sus planes generales de aquellos años fueron mucho más que instrumentos de planificación municipal: Fueron un laboratorio del que saldrían ideas para dar forma a los textos legales que se aprobarían en los años siguientes y a los que hoy volvemos la mirada.
Y le debemos, sobre todo, un ejemplo de compromiso inquebrantable con la profesión, con el rigor intelectual, con la sociedad y con el planeta. Polifacético, metódico, visionario, curioso e inteligentísimo Ramón Fernández-Rañada fue una rara avis, una persona irrepetible que echaremos de menos.
Gracias por todo, compañero.



























