Juli no conoció a sus padres. Se crió en La Malatería y allí pasó 60 años de su vida: infancia, adolescencia, juventud y madurez. Ahora vive en una residencia del ERA. Este miércoles volvió un rato al edificio en el que tanto tiempo pasó, acompañada de Carmen, vecina de San Lázaro, y voluntaria en su tiempo libre cuando el histórico inmueble funcionaba como hogar social. “Éramos una gran familia”, rememora Carmen, que también se emocionó con el regreso por una tarde a un lugar del que guarda muy buenos recuerdos. Y es que de recordar iba precisamente la actividad organizada por la plataforma vecinal La Malatería No Se Tira. El movimiento surgido para impedir el derribo del edificio, de 1929, prepara un libro sobre la historia del inmueble. Este miércoles los vecinos ofrecían merienda popular en La Malatería a cambio de fotografías, recuerdos y testimonios de un símbolo del barrio ovetense de San Lázaro.
Ana es lo que en Madrid se llamaría una gata, descendiente de tres generaciones del barrio de San Lázaro, un arrabal histórico de la ciudad de Oviedo, con un pie en lo rural, su bisabuelo era carretero, y otro en lo industrial, su abuela fue obrera de la histórica fábrica de cerillas que todavía funcionaba en la Revolución de Octubre de 1934, cuando bastantes vecinos y vecinas del barrio se unieron al movimiento revolucionario y La Malatería fue cuartel general de los huelguistas.

Ana recuerda también las fiestas del barrio, famosas en todo Oviedo por sus coloridos desfiles de carrozas. Su padre era uno de los constructores de estas carrozas, que en una ocasión escogieron La Malatería como tema decorativo. A la cita acude con fotografías antiguas de romerías, procesiones de Semana Santa con imágenes escoltadas por guardias civiles y revistas de las fiestas llenas de publicidad de antiguos comercios y bares de San Lázaro, el barrio en el que sigue viviendo.

De las fiestas también recuerda el reconocimiento que todos los años se hacía a los mayores del barrio, los “lazarinos” y “lazarinas”. Su abuela Manuela Rionda fue en 1977 homenajeada como Lazarina del año. Había nacido precisamente en La Malatería, en 1898, el año de la pérdida de los últimos restos del imperio colonial español en América y Asia. En la foto que sostiene entre las manos una chica le entrega un ramo de flores en algo que parece ser el escenario de las fiestas.

Situado en la periferia del Oviedo histórico, San Lázaro conservó hasta bien entrado el siglo XX un claro aroma rural: huertas, animales, casas bajas y gente carretando cosas a caballo o en burro. En el lugar en el que estuvo el antiguo instituto funcionó durante más de medio siglo un mercado semanal de frutas y verduras. Los más mayores del barrio todavía lo recuerdan, entre otras cosas porque también era el prao de la fiesta.





Entre bocado y trago siguen aflorando los recuerdos del barrio y del edificio: la visita a La Malatería del legendario goleador Herrerita, las Navidades, cuando había costumbre de llevar regalos a los ancianos que residían allí, o la afición al boxeo en San Lázaro, por ser el barrio del campeón Gitano Jiménez, recientemente fallecido. Otros recuerdos son más personales. María no se quiere ir sin contar que se casó en la iglesia de La Malatería, en el año 1980, cuando todavía la residencia era gestionada por monjas.
La Malatería No Se Tira trabaja ya en poner en orden toda esta información en un libro que espera editar esta primavera y que regalará a las bibliotecas ovetenses. La publicación y unas nuevas jornadas de puertas abiertas pondrán punto final a la etapa de “autogestión vecinal” del edificio, que iniciará sus obras de remodelación. Una parte será conservada y otra se demolerá. Los vecinos y vecinas esperan que el nuevo proyecto de vivienda pública y centro de día que prepara el Principado sea lo más respetuoso posible con un edificio que forma parte del patrimonio sentimental de un barrio con memoria.



























