El ser humano siempre ha tenido miedo a lo diferente, a lo desconocido; y si además ese miedo viene dado desde las clases sociales más bajas, se transforma en desprecio y descalificaciones.
Vivimos en un mundo en el que el postrero cada vez está más integrado en la sociedad; decir lo que los demás quieren escuchar o ver, para potenciar nuestro ego, se ha convertido en el pan de cada día, incluso llegando a colorear nuestras preferencias para sentirnos dentro de ese rebaño cada vez mas aborregado.
Pero existen sentimientos que no se pueden disimular, hay sentimientos que son tan profundos que aunque intentes ocultarlos salen a flote cuando suena el primer acorde de aquella canción que te recuerda a la primera vez que piraste clase para echar una partida en los recreativos y sonaba Estrellas de mil colores en un pequeño radiocasete que tenia el dueño de la sala de maquinas… “Soñaremos juntos llenos de ilusiones, veremos las estrellas de mil colores…” Aquella tarde perdí todas las partidas que jugué, pero como dice el refranero “desafortunado en el juego, afortunado en el amor (musical)” Aquel día el amor había llegado a mi vida y se quedaría para siempre…
Mientras Green Day o Mano Negra lo petaban en cualquier local al que fueras a bailar y la música disco, tan valenciana ella, nos hacia alargar la noche hasta que nos echaran del garito, un trio madrileño empezaba a abrirse camino en el panorama musical de este país. Sus maquetas, grabadas del modo más casero posible, llevaban tiempo rulando por los mercadillos de la capital, inmersa en la música comercial de la movida. No parecía una tarea fácil la de entrar en el mundillo de la música lleno de chicos y chicas guapas que irrumpían “pisando fuerte”. Pero de lo que no se había dado cuenta aquel trio, era de que estaban gestando el comienzo de un nuevo sentimiento, de una forma de vida, incluso me atrevería a decir, del comienzo de una religión musical.

Las cadenas de radio de aquella época eran la forma de conocer nueva música. Las discográficas querían lanzar un artista y las radios te bombardeaban con su single elegido para la ocasión hasta que te aprendías la letra y comprabas el vinilo o el casette. Estar sentado con el dedo en la tecla “REC” del radiocasete, preparado para poner a grabar aquella canción que querías escuchar todas las veces que quisieras sin tener que esperar a que sonara en la radio formula del momento, era uno de los pasatiempos mas divertidos y mas tensos que podías tener. Pero en aquella época, aquel trio de San Cristóbal de los Ángeles nunca sonaba. Parecía que no existieran, o quizás, los peces gordos no querían que existiesen. “En el parque de atracciones de Madrid no nos dejaban tocar porque decían que se iba a llenar aquello de gitanos” recordaba este domingo uno de los integrantes del grupo en “Lo de Évole”… Ahí le has dado. Recordemos que el miedo a las clases sociales mas bajas se transforma en odio cuando aparecen en escena.
El pueblo gitano lleva sufriendo siglos la marginación y el odio, y en la música no iba a ser diferente. “¿Y yo con estos qué hago? ¿Atraco una gasolinera?” reconocía Jordi Évole haber escrito en un artículo que dedico a Camela hace ya algunos años, aceptando haber robado él una copia barata de los Premios Onda… parece ser que lo de agenciarse de lo ajeno no es intrínseco a la raza o a la clase social. Más bien está ligado a los valores que tengas, y si algo dejaron claro ayer Mari Ángeles y Dioni, son sus valores.
La entrevista de Évole a dos de los fundadores de Camela (no olvidarse nunca por favor de Miguel Ángel que tantos himnos compuso) me transportó al pasado, a la época en la que los malotes se reían y se burlaban cuando decías que escuchabas a Camela y el fin de semana, cuando el kalimotxo les hacia olvidar que eran malotes, cantaban sus canciones de principio a fin. La entrevista me recordó porque nunca renuncié a Camela: porqué Camela es la voz de la resistencia, es la elegancia con la que ayer Dioni y Mari Ángeles aceptaron las palabras llenas de odio que un día el conductor de la entrevista les dedicó. Camela es llevar 30 años haciéndonos felices sin recibir ningún premio y saber que el mayor galardón en el mundo de la música es llenar cualquier espacio, desde el más pequeño en un pueblo de Extremadura hasta los estadios más grandes de las principales ciudades. Camela es tener un publico tan fiel que saben que nunca les negaran. De transformar un concierto en una fiesta en él que las personas que te rodean son eso, personas, sin clase ni raza.
Évole leyó la biografía de Dioni en su twitter personal “Pues sí, soy gitano, inculto, analfabeto, criado en chabolas y me busqué la vida en merkaillos… ahh! Y también e vendido 7 millones de discos!”. El presentador recordó Dioni que en esa frase había una falta de ortografía. “Se escribe he vendido, con H” Pues sí querido Jordi, así es. Pero no te olvides que esa H es la que da comienzo a uno de los valores principales de Camela, la HUMILDAD, que tanto nos hace falta en este mundo.





























