Ayer se inauguró en la Cúpula del Centro Niemeyer la mayor exposición realizada hasta la fecha de la artista alicantina Juana Francés coincidiendo con el centenario de su nacimiento. Las alrededor de cien obras que estarán expuestas hasta el 2 de junio provienen principalmente de los museos de las cuatro ciudades en las que la artista quiso que su pintura residiera tras su muerte, al mantener con ellas un vínculo emocional, como son el MACA de Alicante; el IVAM de Valencia; el Reina Sofía de Madrid; y el IAAC-Pablo Serrano de Zaragoza, fundación en la que se encuentra también su archivo personal junto al que fuera su pareja sentimental y que da nombre a este museo aragonés. La exposición también incluye obras procedentes de colecciones particulares como la de Candela Álvarez Soldevilla y la de Alba Azcona.
María Jesús Folch, comisaria de la exposición resalta que “por primera vez se ha hecho una revisión exhaustiva del archivo personal de Juana Francés” y es por ello que “no solo se expone toda una larga selección de su obra, sino que también se puede ver la documentación que permite hacer una aproximación íntima a la artista a través de las fuentes que la inspiraron.”
Las obras de la exposición están dispuestas de forma cronológica para descubrir paso a paso las diferentes épocas de la pintura de esta artista y sus transiciones desde lo figurativo hasta las diferentes formas que tomaron su trayectoria por la abstracción pictórica.
Las diferentes etapas de Juana Francés
La etapa figurativa va de 1950 a 1954 y muchas de las obras que aparecen aquí estuvieron en la exposición de Juana Francés en el Salón del Prado del Ateneo de Madrid de 1956. Utiliza en estas pinturas la encáustica, una técnica derivada del muralismo. Sus temas, retratos y bodegones en su mayoría, se mueven entre el simbolismo religioso y la crítica enigmática. Aquí llaman la atención sus retratos de familias y grupos femeninos donde las figuras no tienen boca y que incide en “una crítica sutil al contexto histórico de la dictadura”, explica María Jesús Folch, “siempre con un compromiso social y una simbología pequeña, pero evidente.”

La segunda etapa, de 1956 a 1963, es la llamada época informalista de la pintura y coincide sus inicios con el nacimiento de el grupo El Paso y del que Juana Francés fue cofundadora. En aquel momento había dos tipos de abstracción: la geométrica y la que se estaba imponiendo en los cincuenta, la informalista. Para entonces, la abstracción geométrica se había convertido en una forma de pintar clásica, heredera directa de la vanguardias de entreguerras. La abstracción informalista, y que es la que realiza el grupo El Paso, sale de las formas geométricas y se relaciona con otras corrientes porque, al tiempo que utilizaban el automatismo proveniente del surrealismo, su abstracción era más máterica y dinámica, algo que la ponía en relación con el expresionismo abstracto norteamericano, pero todo ello con una definición muy particular europea y donde se incorpora el uso de la materia, como la arena de río, en el caso de Juana Francés.
“En aquella época había una predisposición a considerar la pintura que hacía una mujer como decoración y no como una obra de arte y por eso había muy pocas mujeres que se profesionalizaban en Bellas Artes.”
Según la crítica, hay dos formas de entender la importancia de El Paso durante el franquismo. Hay quienes afirman que el régimen utilizó a estos pintores para proyectar una imagen de modernidad y apertura y el Paso, según esta visión, habría colaborado con esta suerte de operación de marketing del franquismo. Sin embargo, hay otros autores, como Manuel Bonet, que sí resaltan el avance y la ruptura que El Paso supuso en el orden franquista y que, en todo caso, habrían sido los artistas los que se habrían aprovechado del contexto de finales de los cincuenta, en el que se empieza a aceptar a la dictadura en la esfera internacional debido a la Guerra Fría, y que permitió a los pintores españoles de este grupo exhibir en distintas partes del mundo.
Juana Francés era la única mujer de El Paso y durante mucho tiempo se ha minusvalorado protagonismo en el mismo. Aunque María Jesús Folch cree que “Juana Francés sí era respetada por sus colegas”, reconoce que en aquella época había una predisposición a considerar la pintura que hacía una mujer como decoración y no como una obra de arte y por eso había muy pocas mujeres que se profesionalizaban en Bellas Artes.” Por eso resalta la importancia de Francés, a la que nadie niega hoy en día la calidad de su obra, al situarse en la esfera internacional de aquel momento y exponiendo en muchos de los grandes eventos y museos de la época como la Bienale de Venecia, en el Tate de Londres o en el Guggenheim de Nueva York.

La tercera etapa es la llamada Paisajes y Tierras de España (1960-1963). En esta época Juana Francés empieza a utilizar, además de la arena de río pequeños trozos de otras materias como ladrillos, vidrios o piedras. Son todo obras experimentales de raigambre dadaísta que con el paso de los años transicionan hacia composiciones que dejan aparecer cierta figuración. “Ella nunca dejó de experimentar”, señala María Jesús Folch.

La cuarta etapa que se muestra en la exposición, El hombre y La ciudad (1963-1979), es una de las más reconocibles de la pintora alicantina. De nuevo, busca nuevas formas de expresión por lo que deja atrás la textura y comienza a representar figuras humanas a base de materiales mecánicos como tornillos, cables, teléfonos, enchufes, ruedas o tuercas. Estos humanoides tecnológicos están encerrados en cajas negras y María Jesús Folch explica que “es imposible no ver de nuevo esa crítica sutil que casi siempre está presente en la obra de Juana Francés, describiendo en esta ocasión de forma irónica e incluso algo burlesca la alienación del ser humano.”

En la última etapa, que abarca toda la década de los ochenta, la materia desaparece; el color toma protagonismo mediante el empleo de la técnica de acuarela y sobre papeles; y las formas circulares, elípticas o circulares muestran los llamados Fondos submarinos o las Cometas. Es una época en la que, tras a llegada de la democracia a España, el arte protesta no es tan necesario o está menos de moda. El impacto que le causaron las primeras fotografías del espacio y los planetas, le llevaron a interpretar a aquellas imágenes a través de la pintura.

María Jesús Folch cree que el legado de Juana Francés es innegable aunque no siempre haya estado del todo reconocido: “Fue una mujer que rompió moldes artísticos, que rompió estereotipos de la mujer como artista en España. Una mujer que viajó a distintos países de Europa y que absorbió diferentes formas de entender la abstracción, que participó en importantes exposiciones internacionales y que nunca dejó de buscar y experimentar. Hizo cosas que no se hacían normalmente en aquella época y mucho menos las mujeres, que estaban en un mundo en el que para ellas todo eso era mucho más difícil.”



























