Anna Pacheco (Barcelona, 1992) es una de las escritoras más relevantes de la nueva literatura en lengua castellana: en su primera novela Listas, guapas, limpias (Caballo de Troya, 2019), exploraba con una prosa muy precisa la experiencia del desclasamiento de una joven que ingresa en el mundillo cultural de Barcelona, y en su ensayo más reciente, Estuve aquí y me acordé de nosotros. Una historia sobre turismo, trabajo y clase (Anagrama, 2024), integra en un único relato materiales de origen diverso (etnográfico, novelistíco, periodístico…) sobre la vida de los trabajadores de varios hoteles de lujo (refundidos en el Hotel) en la Barcelona posterior a la pandemia.
Precisamente, su trabajo como periodista, en medios como El País y en su podcast Ciberlocutorio, tiene que ver con categorías cercanas a estas. Aprovechando su estancia temporal en Asturies y la reciente publicación de Estuve aquí y me acordé de nosotros, hemos podido hablar de géneros periodísticos y periodismo millennial (ambos coincidimos en la redacción de la desaparecida PlayGround), corporativismo, resentimiento de clase y el futuro y pasado de Perlora.

¿En que género crees que podría encajar Estuve aquí y me acordé de nosotros?
A nivel de género, le di bastantes vueltas a la forma que tenía que tener: claramente no me salía un ensayo al uso, porque no tengo madera académica, y rápidamente había escenas como la de El Palas, la cena de Navidad, que me salían de forma muy novelada. Y entonces hice esa mezcla, a veces dejando partes directamente etnográficas, incluyendo solo las declaraciones de los trabajadores, un poco como un puzle. Tiene una parte de novela, otra ensayística y otra más puramente antropológica.
Esto se origina en tus estudios de Antropología, ¿no?
Sí, hice un máster de Antropología Social en la Universidad de Barcelona. Este libro parte de un trabajo que yo hice, que era básicamente la etnografía de uno de los tres hoteles que son los predominantes en el ensayo. Lo único es que, por motivos de anonimato, yo no podía publicar esa etnografía de hotel, y tuve que camuflarlo con otros y ampliarlo de alguna manera.
Yo pensaba en la parte periodística, y me preguntaba si tú crees que hace falta que el periodismo actual recupere la cuestión de la infiltración, del periodismo gonzo…
Y no solo la infiltración, porque yo últimamente estoy dudando si me he infiltrado o sencillamente han sido trabajadores que, de forma muy generosa, han decidido colarme en los sitios. Lo que sí creo es que este periodismo quizá de muy largo recorrido te lleva a lugares más interesantes. El problema principal es que nadie está pagando estos reportajes tan largos, porque al final esto se puede leer como un reportaje muy largo.

Claro, yo me acuerdo cuando estábamos en PlayGround, que en muchos sentidos era el espacio contrario: encerrados y escribiendo acerca del mundo. Como la otra cara de la moneda.
Sí, y fíjate que igualmente yo, en PlayGround, además de ser una máquina de virales como lo éramos todos, sí pude hacer unas piezas un poco más narrativas que me dieron una pista de lo que me gustaba hacer. Por ejemplo, la de los congresistas en las afueras del Mobile World Congress, que esa fue la más novelada que hice en PlayGround. Es curioso porque en ese espacio se tensionaban los dos mundos, de una fábrica fordista de virales a, algunas veces, un momento de libertad para crear. Casi parecía que te tenías que ganar las piezas largas con cincuenta cortas.
Y ahora justo que ha aparecido el libro de Alba Muñoz, Polilla, yo creo que aquel fue un momento interesante. Fue muy inspirador, muy interesante coincidir en el tiempo con gente como Alba Muñoz, que estaba haciendo estas piezas. Para mí, durante un momento, creo que lo conseguimos, sin querer en absoluto valorar excesivamente el trabajo que se hacía en ese tipo de medios. Ahora yo pude hacer la pieza del The District, en un congreso inmobiliario, con una parte de inmersión, esa parte de hacerse pasar por el enemigo, y de nuevo aquí el problema es de dinero. Si me dieran más dinero, haría todo el rato ese tipo de piezas.
Una de las cosas del libro que más me interesó fue esa especie de corporativismo aspiracional de los trabajadores del Hotel. ¿Tú por qué crees que la mayoría no reacciona a la situación que vive?
En el ensayo no encuentro esa épica, quizá pirotécnica, del estallido de una revolución, pero sí pequeñas resistencias cotidianas en los que los trabajadores se dan cuenta —o nos damos cuenta, porque hay un ellos que también es un nosotros— de la explotación que sufren, y desmantelan un poco el teatro corporativo en el que están viviendo. Yo creo que esas pequeñas resistencias cotidianas pueden ser desde negarse a aplicar una norma absurda porque no te has olvidado de dónde vienes, como tirar comida, hasta no ser un chivato, o no aceptar la invitación del directivo del Hotel a pasar una noche gratis porque se considera una caridad. Caridad de la empresa.
Sin embargo, sí que es verdad que una de las cosas que yo me planteaba era si existía este resentimiento de clase. Pregunta que luego me impugno a mí misma por si ha sido, de alguna manera, infectada por mis propios deseos de venganza. Y eso no se encuentra, porque yo creo que no se encuentra ni en la industria turística ni en prácticamente ningún sector. Sí hay una cierta sensación de desencanto, desmovilizadora: hemos asumido que solo saldremos de nuestra miseria a través de nuestra destreza individual. Esto no es algo anómalo de este grupo de trabajadores que yo investigo, sino que es el sistema funcionando a la perfección. El epítome del capitalismo tardío: nadie se ve a sí mismo como miserable, sino que piensa que si compra dos o tres cosas y ve dos o tres vídeos de YouTube puede salir de esta condición.
Pensaba, respecto a la situación asturiana, que me sorprende mucho que la gente no tenga ese resentimiento de clase cuando los turistas ocupan los pueblos, se generan restricciones en los servicios, etc. Hay un resentimiento, pero no sé si la supuesta economía colaborativa diluye esta sensación… En todo caso, no parece que haya una reacción política por parte de la gente que vive en territorios casi ocupados, como algunas zonas del Oriente.
Yo sí que aquí tengo una visión quizá un poco más optimista, porque cada vez estamos encontrando más una confrontación directa a la turistificación de los espacios. Me da la sensación de que hay diferentes velocidades: las ciudades como Palma, Barcelona o Málaga, que tienen una presión turística altísima desde hace ya bastantes décadas, están llegando a unos niveles altos de confrontación, y lo vemos en los periódicos a diario, cuando asociaciones de vecinos confrontan directamente a los turistas. Vecinos de El Carmel que sabotean o ponen indicaciones falsas para confundir.
Pueden parecer pequeños juegos entremaliats [traviesos], pero son representativos del hartazgo. Creo que sí se está rompiendo la ciudad anfitriona de postal, la ciudad idílica que se muestra servil ante el visitante, y cada vez hay más enfado, que puede verse cuando desde cuando alguien se lamenta porque le echan de su casa, hasta cuando alguien no puede coger el autobús porque el que lo lleva a su trabajo está lleno de turistas.
Hay un caso muy llamativo, de hace pocos meses, de un autobús de un barrio colindante de El Carmel que los vecinos no pueden coger porque está lleno de turistas que van al Parc Güell. Una de las propuestas de Collboni [el alcalde de Barcelona] fue hacer desaparecer este bus de Internet, para que como mínimo los turistas no lo conocieran. Es una solución un poco estrambótica, grotesca, pero que para mí tiene algo de simbólica: si durante un tiempo se mostraban las rutas secretas al turista, poco a poco el que va a estar oculto es el local. La ciudad para los otros y, por debajo, de manera subterránea, estarán las pistas para poder vivir.
¿Y cómo crees que se pueden aplicar estas confrontaciones y restricciones al mundo rural? Por ejemplo, ahora las comunidades de vecinos pueden limitar los AirBNBs, pero en los pueblos no suele haber comunidades de vecinos. Y son muchos los vecinos que tienen las casas en estas plataformas, o se dedican al alquiler vacacional. Hay como un minifundismo turístico.
Mi libro se centra mucho en la parte más urbana y me dejo totalmente lo rural, porque no lo conozco, pero a diferentes velocidades con el turismo pasa siempre lo mismo. Es un caramelo: te da trabajo pero a la vez te quita la casa. Hay una contradicción latente, que yo creo que es lo más difícil de desmontar y cuyo impacto real tarda años en verse. El turismo al principio siempre es encantador: prosperidad, nuevos visitantes que llenan los restaurantes de la costa… El problema es precisamente ver qué tipo de trabajo dan cuando se dice que dan mucho trabajo, cómo viven las personas que sustentan esa estructura, y si podemos impugnar que ese monocultivo del turismo nos haya traído tanta riqueza como se nos ha repetido.
Porque uno de los debates, al menos en Barcelona, era: hay que refutar el turismo de masas y centrarse en el turismo de calidad, de lujo. Eso también hay que ponerlo con muchísimas comillas. Porque lo que entendemos como lujo o calidad, ¿para quién? ¿A quién beneficia? La cuestión no es cuánto dinero llega sino cómo se reparte. Esto se puede entender tanto en una ciudad como en un pueblo. A veces, bajo esa fuente limpia de ingresos que durante tantos años se nos repitió hay todo un engranaje que está permitiendo acumular más riqueza a los mismos. Con los centros de las ciudades podemos ver cómo los apartamentos turísticos ya no van a ser de un vecino que lo pone en alquiler, sino que se convertirán en propiedad de fondos buitre que los alquilen enteros. Sale mucho más a cuenta alquilárselos una semana a extranjeros que a personas que estén viviendo y trabajando. Entonces, yo creo que la cuestión del turismo es ese caramelo: no hay que morder la mano que te da de comer. En el ensayo lo que intento es precisamente morder esa mano y pensar cómo nos ha estado dando de comer durante tanto tiempo. Sobre todo en España.

Otro tema que cruza el libro es que siempre intentas proponer alternativas. No quedarte en la crítica sino ofrecer una posible solución, y citas el caso de Perlora como espacio para recuperar el turismo de las clases obreras.
Sí, con todo el cuestionamiento que implica esa ciudad construida bajo el franquismo y sustentada por un tipo de políticas que tenían como fin, más que el descanso de la clase trabajadora, legitimarse a sí mismas. Aun así, me parecía interesante pensar que esas infraestructuras destinadas al ocio y al descanso de las clases trabajadoras sí que se pueden recuperar.
La tendencia es a privatizar los espacios y hacerlos glamurosos. En Cataluña muchos campings están pasando a ser glampings. La tendencia, si no se hace nada, es que este enclave —que tiene un valor patrimonial muy interesante—, si no se contrarrestan las sinergias actuales, acabe convertido en hoteles de lujo. A mí la idea de que sean espacios públicos para el descanso y el recreo me parece muy interesante. Quizá podría tener sentido que estos espacios estuvieran por sorteo o por ingresos a disposición de todo el mundo que los quisieras solicitar, y que se pudiese gozar de ellos ya sea para unas vacaciones o para celebrar una reunión familiar. Pero no perder el carácter público, y que como se reivindica desde diferentes asociaciones y sindicatos no se pierda el derecho a paso ni el carácter público.
Yo creo que la idea de un turismo social para las clases trabajadoras podría ser interesante si se aplica correctamente y despojándonos de todo el lastre franquista que tenía en su momento. Yo visité Perlora y me pareció que era un enclave muy interesante, maravilloso, y sentí miedo inmediato de que viniera un inversor alemán y se quedara con todo. Perlora aplica algo muy interesante, quitando la iglesia y todos los elementos puramente adoctrinadores del régimen, que es que las clases trabajadoras también tienen derecho al descanso, y a un descanso bello, en un lugar apacible. Porque muchas veces se confude democratizar los espacios con una arquitectura austera, hostil, y ese lugar es increíble. Sin estar hacinados, con espacio suficiente, con todo lo necesario para disfrutar. Muchas veces nos centramos quizá en las cuestiones más materiales o de necesidad, pero no podemos renunciar a los espacios bellos.
Esto me conecta con otro tema que tratas en el libro, que es el de los relatos sobre el ocio de las clases dominantes, que se supone que son sátiras (tipo The White Lotus) pero que en el fondo son más desmovilizadores de lo que parece.
Sí, son un tema en sí: otra sátira más sobre ricos pasándolo mal, o ricos con vidas amargas, y sí que me daba la sensación de que a veces te quedas en el sofá con una especie de regodeo, de mirar las vidas ajenas y distantes con un poco de rabia, pero que no hay nada en estos relatos que la clase dominada puede tener poder. Se repetían las mismas fórmulas y personajes, y en el libro menciono esta frase que dice que no necesitamos más evidencias de lo mala que es la clase dominante, sino que la clase dominada se convenza de que lo que hace y dice importa. Estas ficciones resaltan lo mala que es esta minoría, pero dejan poco espacio para la imaginación.
Seguro que los índices de turismo de Sicilia subieron por culpa de The White Lotus.
Sí, estoy convencida de que hay un morbo oculto o silencioso en experimentar qué es estar un segundo en esa hamaca. Aunque no sea un resort a la altura de los de los multimillonarios, pero buscar un resort a tu altura. Es un poco lo que ha propuesto el turismo como industria. El turismo es de las industrias más estratificadas: ya solo en un avión podemos ver las clases sociales: el que puede un poco, el que puede más, el que puede solo priority class pero dentro de la ordinary class… El turismo te permite comprar tu propia parcela de paraíso, ajustada a tu presupuesto, y sentir en el fondo que estás en paz con la vida, y seguir trabajando para poder costearte de nuevo unas vacaciones.
Aun así, yo en el ensayo quise huir en todo momento de erigirme a mí como una tía con ínfulas que da lecciones sobre lo que es el buen o el mal turismo. Yo me intento alejar de eso, y me cuesta pensar que exista un turimso mejor que el otro. Yo creo que todo intento del turista por ser distinto está condenado al fracaso. No quería caer en esa visión elitista de condenar prácticas individuales turísticas, sino pensar en la estructura. Todos hemos hecho el ridículo como turistas y todos somos turistas. Y ese todos, aun así, hay que matizarlo, porque el turismo es una práctica reducida, que solo practica una parte del norte global, y dentro del norte global no todo el mundo puede permitirse tener una semana de vacaciones. Estos datos nos permiten poner el turismo en contexto y darnos cuenta de que viajar, o al menos viajar de la forma en que lo hemos hecho, no es un derecho, y pensarlo desde ahí es un error.
La cuestión de si hay turistas buenos o no, que es muy interesante, la relacionaba también con algo que pusiste el otro día en tus redes. Decías que estás en un pueblo de Asturias y que tratabas de que no te viesen como una moderna que quiere poner un café de especialidad. ¿Igual que no hay un turista bueno, tampoco hay una manera buena de abandonar la ciudad y regresar al pueblo?
Luego eliminé el tuit [risas]. Yo aquí hablo con una visión externa porque es el pueblo de mi novio. Yo no he tenido pueblo y no sé cómo plantear ese regreso ético al pueblo. De hecho, la última novela de Miqui Otero, Orquesta, habla un poco de esto: todo sucede en una aldea en Galicia, y se describen las tensiones entre los que están de siempre, los que vienen de veraneo, los que se hana gotado de la ciudad y regresan al pueblo. Me parece interesante que puede ser un lugar en disputa, pero que puede haber una forma ética de regresar. Supongo que como siempre se trata de no ser un gilipollas.





























