Luis Fernández, retrato del resistente

La exposición en el Museo de Bellas Artes de Asturias permite seguir su compromiso con la libertad y la democracia.

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Luis Feás
Luis Feás
Periodista, crítico de arte y comisario de exposiciones. Ha escrito en La Voz de Asturias y Atlántica XXII entre otros medios. http://luisfeas.com/contacto/

Primer pintor abstracto español, luego apóstata de la abstracción, surrealista, picassiano, finalmente postvanguardista, eremita de la pintura… A Luis Fernández, que fue uno de los más destacados miembros de la primera Escuela de París, es posible definirlo de muchas maneras, siempre y cuando no se olvide su profundo humanismo, ligado a su pertenencia a la masonería, y su compromiso con la libertad y la democracia, algo que se puede seguir sin dificultades en la completa exposición del cincuentenario de su fallecimiento que se celebra actualmente en el Museo de Bellas Artes de Asturias.

Nacido en Oviedo en 1900, y adoptado por un tío en Barcelona tras quedarse huérfano y pasar brevemente por Madrid, Luis Fernández se traslada a París en 1924, al parecer para huir del servicio militar en África que imponía la dictadura de Primo de Rivera, según los datos revelados en su momento por el periodista Eugenio Fuentes. Deslumbrado por la efervescencia vanguardista que se vivía entonces en la capital francesa, de la que apenas había oído hablar en España, conoce a buenos compañeros que le reforzaron una vocación artística que ya sentía desde niño.

En la ciudad de la luz participó activamente en cuantas experiencias pudieron ayudarle en sus búsquedas personales y artísticas, como el Movimiento Purista de Amédée Ozenfant y Le Corbusier, en 1926, o el Movimiento Neoplasticista de Piet Mondrian, mucho más afín a sus convicciones, al que se incorporará en 1928. Más tarde se integrará en agrupaciones como Cercle et Carré (1930) y Abstraction-Création (1931), con las que los diferentes grupos militantes en la abstracción geométrica se reorganizan para luchar contra la expansión del Surrealismo, en una batalla en la que finalmente Fernández tomará partido por este último, aunque sin llegar a comprometerse con él, desde 1934. También formará parte del más desconocido Grupo Dimensionista, formado en 1936 y dirigido por el húngaro Charles Sirato, desvelado hace unos años por el propio Alfonso Palacio, comisario de la exposición del Museo de Bellas Artes de Asturias, del que es director.

EN 1927 es Iniciado en la logia masónica Fraternidad, del Gran Oriente de Francia

En su red de relaciones debió de tener importancia el hecho de que, el 24 de enero de 1927, Luis Fernández fuera iniciado en la logia masónica Fraternidad, del Gran Oriente de Francia, en la que consiguió el grado de Compañero en diciembre de ese mismo año y el grado de Maestro al año siguiente, según documentó por primera vez el periodista Alberto Fernández en su biografía sobre el pintor. Resulta difícil saber qué buscaba al unirse a una sociedad secreta, pero lo más probable es que se tratara simplemente de lo que no había tenido en su vida: el amor fraterno, la sensación de pertenencia a un grupo, el reconocimiento de los demás, la reafirmación de uno mismo que también buscó en el matrimonio con el amor de su vida, Esther Chicourel, a la que había conocido pocos meses antes y con la que se casó el 26 de marzo de 1927.

Carnet de la masonería. Foto: Analía Pello

En este sentido cabe añadir que el Gran Oriente de Francia, al que Luis Fernández perteneció toda su vida, es aún hoy la obediencia francesa más importante por el número de adeptos y por el prestigio que posee, frente a las otras dos existentes. El Gran Oriente de Francia se sitúa deliberadamente en la izquierda, y hace de la laicidad uno de los temas mayores de su modo de arraigo en el mundo profano: de hecho, prosiguiendo la obra de la Ilustración, fue la primera obediencia en quitar toda referencia al Gran Arquitecto del Universo. El Gran Oriente de Francia se quiere antirracista y abierta a todos los problemas del siglo, pero insistiendo del mismo modo en la dimensión humanista del proyecto masónico, que sin duda compartió Fernández.

Simpatía por la República

En cuanto a su posición política, se sabe que el pintor simpatizó inmediatamente con la segunda República española, proclamada el 14 de abril de 1931, hace hoy noventa y tres años. Al año siguiente, su amigo Joaquín Torres García le pidió que viajara con él a Madrid, lo que Fernández aprovechó para ponerse en contacto con su familia dispersa. Meses antes había iniciado su colaboración con una de esas numerosas agrupaciones surgidas en España tras la recuperación de las libertades democráticas, el GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para la Arquitectura Contemporánea), en cuya revista barcelonesa AC (Documents d’Activitat Contemporània) publicó los dos primeros artículos de su relevante labor teórica, el primero de ellos, a comienzos de 1932, dedicado a su amigo el escultor Julio González, y en el que cita también al pintor Juan Gris, masón como él, al que probablemente conoció y con cuya obra tanto tiene que ver la suya propia.

También con el GATCPAC, en su revista barcelonesa D’Ací i D’Allà, publicó en catalán un interesante cuadro sinóptico sobre la evolución de los conceptos “Pintura” y “Escultura” en el número extraordinario que se dedicó a finales de 1934 al arte de vanguardia. Este número extraordinario de Navidad, que tanta repercusión tuvo en Cataluña, incluso en artistas de generaciones posteriores como Antoni Tàpies, fue dirigido por Joan Prats y Josep Lluis Sert y contó con Luis Fernández como intermediario con los colaboradores parisinos.

Exposición de Luis Fernández en el Bellas Artes. Foto: Analía Pello

A principios de ese mismo año 1934 se había producido otro acontecimiento fundamental en su vida, como era haber conocido por fin a Picasso. Son tantas las anécdotas, algunas de ellas apócrifas, que Luis Fernández contó sobre su amistad con el pintor malagueño, que uno piensa que no puede ser casual tanta insistencia, teniendo en cuenta, sobre todo, que en el fondo sólo se trata de la relación entre un gran maestro, ya consagrado, y un pintor diecinueve años más joven, que aún no había encontrado su camino y buscaba reconocimiento. Pero de todas maneras la relación entre ambos debió de llegar a ser profunda, como lo demuestra el hecho de que, en enero de 1936, Luis Fernández fuera el encargado de seleccionar las veinticuatro obras de la exposición que otro de esos grupos renovadores, el barcelonés ADLAN (Amics de l’Art Nou), organizó sobre Picasso, y que recorrió, además de Barcelona, las ciudades de Madrid, Málaga y Bilbao. Los cuadros seleccionados por Fernández mostraban lo más novedoso de la obra de Picasso y provocaron una gran polémica en la prensa española.

Además, en junio de ese mismo año, Luis Fernández recibió de Picasso el encargo de trasladar un pequeño guache del artista malagueño a un gran telón de diez por diecisiete metros, que iba a servir como fondo para una nueva representación de la obra 14 juillet, estrenada en 1902 por su autor, Romain Rolland, premio Nóbel de Literatura en 1915 y pacifista militante. Picasso pensaba con razón que sólo un diestro artesano como era su amigo de Oviedo podía realizar tal empeño. Una vez terminado el telón, Picasso dio, a su manera, unos toques negros a los contornos, pero sin cambiar las formas que había pintado Fernández. Picasso quedó tan contento con el resultado que no le importó dejar constancia de que el telón no había salido de su mano.

La relación entre ambos artistas se intensificó aún más si cabe con una exposición conjunta inaugurada el 26 de junio de 1936 en la galería Cahiers d’Art de París, en la que, además de pinturas de Luis Fernández y pinturas y esculturas de Picasso, se mostraron esculturas de Julio González y pinturas y objetos de Miró. La crítica llegó a decir que la exposición de los cuatro artistas españoles constituía “una nueva etapa en la revolución artística”, pero apenas quedó tiempo para las celebraciones, porque la clausura, el 20 de julio, quedó oscurecida por el inicio de la Guerra Civil.

El toro como emblema de la causa

Durante la contienda, Luis Fernández se mantuvo afín al bando republicano. Se sabe que, a principios de 1937, visitó Cataluña, invitado por la Generalitat, “para preservar obras de arte en peligro”. De su estancia queda como testimonio una foto en el Monasterio de Pedralbes en la que aparece en compañía de varios matrimonios, los de Zervos, Sert, Torres-Clavé y Penrose, entre otros amigos. En mayo de ese mismo año, cuando Picasso comenzó el Guernica, por encargo de las autoridades españolas para la Exposición Universal de París, Fernández asistió a la creación del cuadro, que le impresionó de tal manera que le convirtió en un seguidor incondicional del pintor malagueño, como por otra parte le ocurrió a la mayoría de los pintores españoles de la Escuela de París, con el toro como emblema principal de su causa.

Luis Fernández empezó a realizar cuadros que eran, según la opinión de sus amigos comunes, una imitación sin igual de los cuadros de Picasso: estaban magistralmente pintados, pero carecían del genio del maestro. Probablemente, Picasso era consciente de ello, ya que, según relata el propio Fernández, cuando éste terminó en 1940 uno de sus cuadros más picassianos (Corrida de toros, del Museo de Bellas Artes de Bilbao), se lo presentó orgulloso al maestro, diciendo: “Mire cómo le imito”, a lo que Picasso respondió, con frase lacónica: “Cuando se viene al mundo, todos tenemos un padre y una madre”.

La derrota definitiva del bando republicano el 1 de abril de 1939, que marcaba el fin de la Guerra Civil, sumió a Fernández en una indescriptible angustia, que tradujo en dibujos de personajes grotescos, uno de ellos fechado ese mismo día. Muchos de los intelectuales que cruzaron la frontera hispano-francesa se establecieron en París, y Luis Fernández pudo ampliar su círculo de amistades con compatriotas como José Bergamín. En septiembre decidió ingresar en la Asociación de Amigos de la República Francesa, agrupación filantrópica que buscaba el entendimiento entre naturales y emigrados.

Exposición en el Bellas Artes. Foto: Analía Pello

La angustia también se tradujo en pinturas como Alegoría del Bien y del Mal, en la que un gallo temible se impone a una indefensa paloma. No obstante, Luis Fernández todavía expresaría su confianza en la resurrección del pueblo español, en cuadros como la cabeza de toro doble ahora propiedad del Centro Georges Pompidou de París, iniciado en 1939, que es grande en tamaño e intenciones más que en resultados. Lo mejor de esta etapa es la serie de cuadros sobre cabezas cortadas de animales, que anticipan en veinte años su serie sobre el cráneo humano y culminan en 1944 en la brillante Cabeza de becerro, una de sus obras maestras, que Luis Fernández pintó del natural en su estudio de una cabeza que conservaba en formol.

Pero el compromiso político tenía también sus limitaciones. En septiembre de 1939 dio comienzo la Segunda Guerra Mundial y, tras la ocupación de París por las tropas alemanas, Luis Fernández tuvo que declarar ante la Gestapo por su pertenencia a la masonería. Fue puesto en libertad enseguida, probablemente por ser español, pero sobre todo por no tener una marcada significación política. No obstante, se cuidó muy mucho de poner a buen recaudo fuera de París a su mujer Esther, judía. Como era sefardí, Luis Fernández consiguió para ella la nacionalidad española, que la ponía a salvo de cualquier intromisión alemana y evitaba así que pudieran molestarla de nuevo. Desde entonces, y sin duda para seguir protegiendo a su mujer, se negó a participar activamente en cualquier otra actividad política, y mucho menos en la resistencia francesa, en la que tenía un papel destacado su amigo el poeta René Char. A este respecto siempre se recuerda, como anécdota, la vez que le propusieron ocultar en su casa a unos aviadores aliados. La escasa amplitud de su vivienda, y sobre todo la sensación de estar vigilado, hicieron que Luis Fernández rechazara la solicitud, pues pensaba que la presencia de los soldados aliados podría haber sido descubierta rápidamente.

El Museo del Prado como única patria posible

La francmasonería, en el fondo, se sitúa al margen de la política, y por eso no es de extrañar que Luis Fernández acabara renunciando a ella, optando finalmente por la realización personal. El pintor dejó de publicar sus escritos, que, esquematizados, quedaron reservados desde entonces a dispersos papeles privados, de uso personal. Encerrado cada vez más en su mundo interior, y resignado a la soledad, se convirtió en el “eremita de la pintura”, el maestro secreto que trabaja en lo invisible. A partir de aquel momento, Luis Fernández se concentró exclusivamente en su pintura e intentó hacer, en paralelo a otros artistas contemporáneos, como su amigo el escultor Giacometti, una obra nueva que englobara todas las conquistas que se habían hecho desde el impresionismo, incorporándolas a la de las grandes épocas, en especial el barroco que había conocido de niño en el Museo del Prado, que se convirtió, como para otros exiliados españoles, en su única patria posible, tras la usurpación de la primera.

Luis Fernández

También de 1944 o 1945 es otra de sus obras maestras, el Retrato del resistente, pintado en grisalla, que, en contra de lo que pudiera parecer, no es un autorretrato, sino el retrato de un verdadero miembro de la resistencia francesa, muerto a manos de los alemanes. Según recuerda la familia del pintor, Luis Fernández pintó el retrato a partir de una fotografía de carnet proporcionada por la madre del fallecido, a la que, al parecer, el resultado final le pareció tan estremecedor que no quiso llevarse el cuadro, que quedó en manos de su autor hasta que fue adquirido por el matrimonio Menil a mediados de los años cincuenta. La fuerza de este retrato, geométricamente construido, consiste en que los ojos están situados de manera perfectamente simétrica en el rostro del retratado, lo que proporciona una increíble intensidad a su mirada.

Cuando vio el cuadro en su primera visita al estudio de Fernández, en 1950, su amiga María Zambrano no dudó en señalar la tesis del carácter sagrado de su obra, así como la raíz intrínsecamente española de su pintura: “La resistencia adquiere ya un carácter metafísico que roza una mística: es afirmativa supervivencia. Supervivencia que anuncia que la palabra final no está dicha y que, a pesar de todas las revelaciones, algo permanece en un secreto sagrado, cargado de silencio. Si toda la pintura es silenciosa, la española lleva consigo un silencio aún más intenso, lindante con lo absoluto”.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Luis Fernández participó en varias de las exposiciones colectivas realizadas bajo el título genérico de Pintores españoles de la Escuela de París, como las celebradas en 1946 en la galería Manes de Praga y la Casa del Arte de Brno, en la antigua Checoslovaquia, bajo el epígrafe “Arte de la España republicana”. En ellas participaron pintores como Francisco Bores, Antoni Clavé, Óscar Domínguez, Manuel Viola, Ginés Parra, Joaquín Peinado, Picasso o Ismael González de la Serna, junto a escultores como Honorio Condoy, Apeles Fenosa, Baltasar Lobo, Julio y Roberta González y Mateo Hernández. El catálogo incluía un prólogo del hispanista Jean Cassou y poemas de Paul Eluard y Tristan Tzara.

Por contra, es significativo que rechazara participar en la I Bienal Hispanoamericana de Arte que iba a tener lugar en el Museo de Arte Moderno de Madrid a partir del 12 de octubre de 1951, con la que el régimen franquista iniciaba su apertura hacia la nueva guerra fría cultural liderada por el Gobierno de los Estados Unidos.

Exposición en el Bellas Artes. Foto: Analía Pello

En 1954 se quedó viudo, lo que dio origen a sus dos series pictóricas mayores, la de los cráneos y la de las rosas. El 3 de junio de 1959, a petición propia y junto a otros ex-miembros de Fraternité, Luis Fernández obtuvo el ingreso en la logia Franche Amitié, también del Gran Oriente de Francia, obediencia que se recomponía tras su disolución por los nazis. Dos semanas después, contrajo matrimonio por segunda vez, con sus compañeros de rito como padrinos, pues matrimonio y masonería estuvieron indisociablemente unidos en su vida. La afortunada en esta ocasión era Yvonne Baugen, dieciocho años más joven que él, a quien había conocido unos meses antes.

Estaba divorciada y tenía dos hijos menores de edad, a los que Luis Fernández trató como un verdadero padre. A partir de esta unión, el pintor se fue alejando cada vez más de su ya restringido círculo de amistades, al pasar largas temporadas con su familia política en Toulouse. Por entonces, la espiritualidad de Luis Fernández ya se había vuelto directamente religiosa. En julio de 1970 fue nombrado Miembro Honorífico del Gran Oriente de Francia, como reconocimiento a la intensa labor desarrollada dentro de la masonería durante todos esos años. En la exposición figura su carnet de identidad masónico en la Franche Amitié.

Condenado al olvido

Y, de la misma forma que su pintura se fue volviendo con el correr de los años hacia unas raíces esencialmente hispánicas, por el periodista Ramón Chao sabemos que el hombre abrigaba en sus últimos días una declarada esperanza: ser reconocido en su país, algo que no pudo conseguir en vida.

No fue hasta finales de 1970 que se iniciaron las primeras gestiones para adquirir algunas obras de Luis Fernández en nombre del Estado Español. Fernández ofreció por poco dinero los dos únicos cuadros que tenía disponibles en ese momento, uno de los cuales era Corrida de toros. Sin embargo, la dirección del Museo Español de Arte Contemporáneo sugirió la posibilidad de rebajar algo su precio, ya que andaban escasos de presupuesto, y la reacción de Fernández fue tan airada que imposibilitó todo acuerdo.

Poco después, en marzo de 1971, recibe la visita de un funcionario del Ministerio de Cultura Francés, que le comunica que ha sido seleccionado en la lista de proyectos culturales franceses para 1972. Le propone una gran exposición retrospectiva de su obra en el Centre National d’Art Contemporain y le informa de que se está intentando interesar a las autoridades españolas para llevar después la exposición a Madrid.

Corrida de toros (1940)

La exposición se inauguró finalmente el 28 de abril de 1972 en el palacete Rothschild, con la asistencia de las más altas personalidades del mundo artístico y cultural parisino. Se reunieron cerca de un centenar de pinturas, procedentes de museos y colecciones de todo el mundo. El catálogo recogía la mayor parte de los textos escritos sobre Luis Fernández a lo largo de su trayectoria artística, y se rodó un documental de doce minutos para la televisión francesa. Del acontecimiento se hizo eco, en agosto de 1972, la revista Triunfo, que abrió su portada con el titular “París nos descubre a Luis Fernández” y recogía sendos importantes artículos de José Ángel Valente y José Miguel Ullán y la entrevista concedida a Ramón Chao titulada He sido un eremita de la pintura, fundamental para conocer al pintor.

Pero a su clausura, el 26 de mayo, la exposición no viajó a Madrid como estaba previsto, a pesar de los esfuerzos de María Fortunata Prieto Barral y del propio pintor, que estaba dispuesto a renunciar a sus escrúpulos antifranquistas y regresar a España si la exposición era inaugurada. El CNAC sólo pedía una carta confirmando que el Estado Español correría con los gastos del seguro y del transporte. Esa carta nunca llegó, a pesar de los contactos, y la exposición salió para el Palacio de Bellas Artes de Charleroi sin pisar nunca suelo español.

Luis Fernández dedicó los últimos meses de su vida a realizar, junto a otros encargos, un dibujo en el que unía dos de sus símbolos predilectos, la rosa recostada y la vela encendida, y que no llegó a terminar nunca, pues el 25 de octubre de 1973, cumplidos ya los setenta y tres años, falleció en París, sin haber conseguido salir de la marginación y del olvido en que se le tenía sumido en España. Su viuda Yvonne acompañó su cuerpo, a través de media Francia, hasta su definitivo reposo en el pequeño cementerio de Cantenac, donde fue enterrado al lado de su primera esposa, Esther. A modo de responso, María Zambrano y José Ángel Valente escribieron en su memoria sendos textos, preciosos, que publicaron en la revista Triunfo en diciembre de ese mismo año y en el que se preguntaban las razones por las que su buen amigo pintor aún no era conocido en España.

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