“Queríamos tener locales de ensayo y ocupamos un cuartel de la Guardia Civil”. Así resume Alberto Vazquez el inicio del Chupano, una experiencia de ocupación de la que este mes se cumplen 30 años y que marcó a toda una generación de inquietos jóvenes mierenses en la segunda mitad de los años 90, los últimos de la minería a pleno funcionamiento en las cuencas asturianas.
Fue un nueve de julio de 1994 cuando unos 25 jóvenes partían en “procesión laica” del centro de Mieres a Entrerríos para tomar el abandonado cuartel de la Guardia Civil y hacer suyo aquel espacio tan ligado a la represión y el control de las históricamente rebeldes comarcas mineras. “Fue muy espontáneo, éramos sobre todo un grupo de amigos”, recuerda Susana Carro, estudiante de Filosofía entonces, y una de las más mayores en un grupo en el que nadie pasaba de los 25 años. “Vivíamos con nuestros padres y llegamos a pensar en hacer allí nuestra vivienda, pero pronto nos dimos cuenta que era imposible”, explica la cofundadora del colectivo Offmothers.

Carro había estado el curso anterior en Florencia y allí había descubierto el efervescente mundo de los centros sociales ocupados italianos, algunos con raíces en la década de los 70. Otra referencia eran los gaztetxes vascos, apunta Ernesto Avelino, otro de los promotores del proyecto y creador del nombre, que remitía al argot yonki y a cierto gusto “iconoclasta” por lo marginal y contracultural.
“Vivíamos con nuestros padres y llegamos a pensar en hacer allí nuestra vivienda, pero pronto nos dimos cuenta que era imposible”
Sin embargo, a pesar de que la referencia al chupano yonki bien podría remitir a una ocupa con k y “costra”, en el Chupano siempre fueron “buenos chavales”, tal y como llegó a reflejar la prensa de la época. Alberto Vázquez, documentalista y dibujante de cómics, apunta que el grupo promotor siempre se esforzó en hacer un centro social muy habitable, alejado de la estética de la mugre y la suciedad. “Montamos un concierto para recaudar fondos y salió muy bien, sacamos medio millón de pesetas o así, y con eso pudimos arreglar los baños, pintar y reponer ventanas rotas” apunta Vázquez, que señala que a pesar de sus esfuerzos por alejarse del feísmo “siempre había algún punki que venía de fuera y nos hacía pintadas”. En más de una ocasión los ocupas eran ocupados, y Vázquez recuerda como especialmente pesado a un punki de Zaragoza que con sus dos perros decidió autoinvitarse a pasar unas vacaciones en el centro social.


La música fue desde el principio la especialidad del Chupano. Mieres, en aquel momento con 53.000 habitantes, 15.000 más que en la actualidad, contaba con una población mucho más joven y era un hervidero de grupos musicales, en el que ya destacaban nombres como Los Buges o E-330. Algunos como La Cosa, en el que participaba Ernesto, tendrían sus cuarteles generales en el centro social ocupado y autogestionado. El ex Fasenuova y en la actualidad Cachito Turulo, estima que llegó a haber unos quince grupos ensayando por aquellos años en El Chupano, que cubrió una histórica demanda de los jóvenes de Mieres: locales para tocar y encontrarse.
No sólo música
El filósofo gijonés César Rendueles destaca lo heterogéneo de las propuestas musicales que se podían escuchar en un CSOA en el que muchos de sus militantes eran también integrantes de grupos: “Recuerdo la actividad cultural como mucho más variada y experimental de lo que era habitual en las okupaciones de aquella época”. El autor de “Comuntopía” destaca que otra singularidad era que toda esta efervescencia sucedía en un pequeño pueblo del concejo de Mieres, en el que todo pillaba por sorpresa. Alberto Vázquez recuerda que alguien escuchó en el autobús el comentario de una vecina que definía El Chupano como un sitio donde los chavales “se tiñen el pelo de colores y duermen unos encima de otros”.


A la música se añadían las exposiciones, charlas y asambleas, frecuentes en un espacio que coincide con la eclosión del movimiento por la insumisión al servicio militar, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, los debates sobre la legalización de las drogas o las luchas contra la minería a cielo abierto en Mieres, en las que El Chupano participaría activamente.
Otros usos estuvieron relacionados con el arte y la artesanía. Esperanza Jorge, otra de las promotoras de la ocupación, tuvo allí su taller, y destaca que el antiguo cuartel de la Guardia Civil, “nos permitió estar juntos”, llenando un hueco muy grande que entonces existía en Mieres para los jóvenes con inquietudes. Esperanza formó una banda y aunque no llegaron a salir del local ensayo, destaca la felicidad que suponía reunirse todas las semanas para tocar en un momento en el que “todos éramos muy nenos“.

“¿Okupas, ácratas o hippies?”
“¿Okupas, ácratas o hippies?” se preguntaba el diario La Voz de Asturias sobre la ideología de los moradores del Chupano. Ni lo uno ni lo otro, o quizá todo a la vez. Vázquez explica que no existía una tendencia política clara en el grupo, aunque varios miembros de la asamblea eran por entonces militantes de Grieska, las juventudes de Lliberación, un grupo heredero del antiguo Movimiento Comunista d´Asturies. Javier Carnicero, militante de Lliberación y edil en aquel momento de IU no sólo echaría a los jóvenes un cable institucional, sino también literal: sería el técnico que les haría el enganche a la luz al poco de ocupar.
Vázquez destaca que los ocupas cuidaron la relación con todo el tejido social de Mieres. Para empezar los vecinos de Entrerríos, Returbiu y la Güeria de San Xuan, pero también con CCOO, IU y el PCE. El PSOE, partido en la alcaldía, y del que estaban más alejados, terminó haciendo la vista gorda, en parte porque los jóvenes habían solucionado por su cuenta lo de los locales de ensayo. Un problema menos para el Ayuntamiento. Hubo una denuncia de la Guardia Civil, pero acabó felizmente archivada.



Todos los participantes coinciden en que 1994 y 1995 fueron los años dorados del CSOA, coincidiendo con un momento en el que como apunta Ernesto Avelino “Mieres todavía atraía trenes cargados de jóvenes para salir por La Cúpula, y mucha gente moderna de Xixón y Uviéu paraba por El Chupano”.
En 1996 las cosas empiezan a decaer. El grupo promotor, que cada domingo se reunía para organizar el trabajo de la semana, empieza a dar síntomas de agotamiento. Los nuevos jóvenes que se incorporan tienen mucha menos implicación política, y conciben el espacio sobre todo para montar sus fiestas. Se robó la instalación eléctrica, y según Vázquez “los veteranos lo fuimos dejando”: “Quedamos hartos de guajes sin compromiso”. Tres años y medio después de la ocupación, El Chupano moría de forma natural, sin ningún tipo de desalojo. Simplemente por falta de gente que tirase del carro.
Ernesto Avelino va no obstante más allá y contextualiza el final del Chupano en el bajón de las cuencas mineras. Al arranque simbólico de esta crisis le pone incluso un día en el calendario: el 31 de agosto de 1995, fecha del accidente del Pozu Nicolasa. Una explosión de gas grisú se cobró la vida de 14 mineros. Para el músico mierense esta tragedia produce un trauma colectivo e inicia el fin de un tiempo en las cuencas.
El Chupano murió, pero todos los que pasaron por él reconocen que les marcó profundamente y que le deben mucho de lo que son. Anden o no por Mieres, llevan 30 años sin dejar de hacer cosas.



























