En la tragedia de Eurípides, Heracles Loco, el protagonista, regresa a su casa en la ciudad de Tebas después de haber estado una larga temporada por ahí, a sus cosas (luego me referiré a ellas). Al poco de regresar mata a su mujer Mégara y a sus hijos, y está a punto de matar también a su padre cuando vuelve en sí y se da cuenta de lo que ha hecho. Ha cometido estos crímenes en un momento de confusión, de locura transitoria, creyendo que a quien mataba en realidad era a un enemigo suyo y a los hijos de éste. Esta tragedia, representada en Atenas en el último cuarto del siglo V a.C., en plena Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, ha sido leída en los últimos años como un curioso antecedente de lo que ahora, a partir sobre todo de las experiencias de los excombatientes del Vietnam, se conoce como “síndrome de estrés postraumático”. Un ejemplo avant la lettre, por supuesto, y tomado con todas las prevenciones del mundo. El caso es que en la historia de Heracles la mayoría de las versiones contaban que sus famosos “Doce Trabajos” fueron una expiación por este crimen, mientras que, muy oportunamente, en la versión de Eurípides el orden temporal es otro y el héroe vuelve a casa después de realizarlos. No vuelve de la guerra, en sentido estricto, pero sí vuelve con las manos todavía ensangrentadas, como hace notar su padre en un pasaje de la tragedia, a causa de las barbaridades cometidas. Cuando recupera la conciencia y ve lo que ha hecho, decide suicidarse, pero llega en el momento justo su amigo Teseo para ofrecerle una nueva vida en Atenas. Heracles acepta encantado y abandona Tebas, la ciudad en la que ocurre la acción y en la que los crímenes cometidos le impedirían seguir viviendo.
He hecho un resumen de esta obra incompleto y, por lo mismo, injusto, como cualquier resumen de una tragedia griega, pero en el que todo lo que he dicho es cierto: la famosa “locura” de Heracles, la muerte de su mujer y los niños, el exilio, si no dorado, plateado con su amigo, el héroe ateniense por excelencia, Teseo. Creo que esta historia nos interesa muchísimo todavía. Al hilo de su rescate por parte de estas lecturas actuales, que ven en Heracles una víctima de estrés postraumático, algunas voces (femeninas sobre todo) han planteado nuevas preguntas: ¿se vuelve “loco” Heracles como consecuencia de sus experiencias brutales y traumáticas, o hay que suponer que ya estaba “loco” antes, lo cual, precisamente le llevó a cometerlas? Efectivamente, el curriculum de Heracles es espantoso e incluye mutilaciones y torturas a sus adversarios, apresamiento de mujeres como botín, incendio y devastación de ciudades. Todo ello en su sano juicio, al parecer. También se ha planteado la cuestión de que, en la obra de Eurípides, como en la realidad actual, las víctimas de los afectados por este síndrome de estrés postraumático son, sobre todo, sus mujeres e hijos.
Y es esta la razón por la que creo que la historia de Heracles en la versión de Eurípides puede seguir hablándonos. ¿Qué pueden esperar las mujeres, los maridos, las hijas, los padres de los soldados del ejército de Israel cuando éstos regresen a casa? Debería de producir terror estar bajo el mismo techo de quienes han torturado, violado, desmembrado, quemado a otros hombres, mujeres y niños, quienes han saqueado sus casas y hecho arder sus cosechas, quienes han pasado con sus vehículos de guerra por encima de seres humanos heridos, quienes han vandalizado cementerios. Y lo han hecho conscientemente, a veces incluso entre risas. ¿Sería justo decir que si, cuando todo pase, un buen día se levantan y hacen esto mismo con sus familiares o vecinos es porque se han vuelto locos a causa del trauma de la guerra? Yo lo dudo. A los que hacen lo que ahora está haciendo a los palestinos este ejército terrorista los considero desechos humanos y seguiré pensando lo mismo hagan lo que hagan después. No los justificaré, ni trataré de entender y clasificar ningún comportamiento de este tipo con la etiqueta de “locura” contribuyendo, además, a estigmatizar las enfermedades mentales, de las que apenas nada se sabe, y cuyas víctimas impotentes son quienes las sufren.
Estos días, junto a las noticias sobre el genocidio, vemos otras fotos más alegres, las de Tilda Swinton y Julianne Moore, de promoción de su última película. En mi mente, lo que las une no es su último trabajo, sino el haber llevado a la pantalla, hace años y por separado, personajes de las novelas de Virginia Woolf. Tilda Swinton fue protagonista de una versión de Orlando, y Julianne Moore participó en una película, Las horas, inspirada en parte en La señora Dalloway. Al contrario que Heracles, que mató a su mujer e hijos pequeños, luego “intentó” suicidarse, y al final se lo pensó mejor y se fue con Teseo, Virginia Woolf, después de soportar diferentes crisis mentales a lo largo de su vida, decidió irse voluntaria y tranquilamente cuando fue consciente de que ya no era capaz de combatir su enfermedad, tuviera ésta el nombre que tuviera. Y lo hizo, entre otras cosas, si atendemos a lo que le dejó escrito en una carta a su marido Leonard, para que él pudiera seguir viviendo y trabajando. La vida es muy complicada en cualquier caso, pero mejor compartir las horas con Virginia que con Heracles, mejor estar bajo el mismo techo de quien sabe protegerte incluso mientras se va que de quien sólo ha aprendido y ejercitado el espanto.





























