Cómo se hace el pisto

Cuando hace muchos años conocí al que luego sería mi marido, hablaba una variante fronteriza del español mexicano traspasada por el inglés.

Recomendados

Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

“Cebolla, tomate, pimiento, huevo cocido, bonito y sal al gusto. Perejil picado si se quiere. Las proporciones a ojo como en las recetas tradicionales, con una base importante de cebolla que se irá friendo despacio, medio cociéndola con el aceite de oliva, y revolviendo con frecuencia hasta alcanzar esa consistencia que impide reconocer que la cebolla es cebolla. Que no queme y que, cuando se muerde, no cruja. Un pimiento morrón troceado al gusto –de preferencia rojo– y en los últimos minutos de preparación, tomate maduro sin la piel. Cantidad variable según el tamaño. Dos latas de bonito del Norte, no menos a ser posible, y huevos duros, picados en cuartos o cortados a la mitad para romper la tonalidad rojiza del pisto y equilibrar la saciedad del aceite con la textura de la yema”.

Trasladé esta y otras viejas recetas de mi madre a mi cocina de Nueva York. Lo hice desde la memoria de mis papilas gustativas, y desde un recuerdo elemental de los ingredientes que ella ha usado normalmente para preparar sus guisos. Ingredientes que en muchas ocasiones han llegado directamente al fogón desde la huerta de casa, y que mi madre ha sabido combinar de acuerdo a la tradición, a su instinto creativo, y a las novedades culinarias que siempre ha incorporado con entusiasmo. Si conozco a alguien que cocine muy bien es ella, pero yo aprendí a cocinar sola, y repetí muchas de sus recetas a base de intuición, de interés y de preguntas puntuales. Nunca, en los años que viví en Grullos, o en los veranos que suelo pasar en la casa en la que me crie, me he atrevido a hacer uso de ese breve espacio de la cocina en el que reina mi madre. Y cada vez que ocasionalmente lo intento, acabo arrepintiéndome de haber querido traspasar esos límites en los que se condensa parte de la complejidad de la relación que existe entre las dos.

Pasó este último verano cuando una de mis hijas me preguntó si hacía un pisto para la cena. Me alegró la idea de preparar algo que sé que a mi hija le gusta mucho y,  para que no la cogiera de sorpresa un plan que tal vez no era su plan, se lo comenté a mi madre. Si algo mi madre dijo no lo recuerdo, pero cuando ese mismo día nos sentamos a comer –no a cenar– vi que había encima de la mesa un larguero con un estofado de calabacín, cebolla y salsa de tomate. No entendí por qué mi madre había vuelto a preparar calabacín cuando aún quedaba en la nevera media fuente de calabacines con queso que habían sobrado del día anterior. Lo más seguro es que le dijera algo.

¿No queríais pisto?, preguntó ella.

Fui oírla decir esto y empezar a tragar el calabacín entero, sin detenerme siquiera a saborearlo, y aderezado cada uno de los bocados con una pequeña dosis de contrariedad.

Pasaron cinco semanas hasta que tuve ocasión de hacerle a mi hija en Nueva York el pisto que me había pedido en Grullos. Estaba a mitad del proceso, en ese punto en el que le agrego el pimiento rojo a la cebolla,  cuando mi hija, que siempre le ha gustado ver cómo cocino, me hace la pregunta:

¿Y el calabacín?

¿Calabacín? El pisto no lleva calabacín.

Yo le echo siempre. Y güela también.

Me resistí mentalmente a aceptar una versión del pisto que no se hacía cuando yo vivía en Asturias y cuando el cultivo de este vegetal aún no se había introducido en nuestras huertas. Seguí cocinando con el sosiego y calma que requiere la preparación del pisto, revomiendo la cebolla cada poco para evitar que se pegara a la sartén y preguntándome, al mismo tiempo, por qué me producía tanta contrariedad la simple idea de añadirle unas rodajas de calabacín a lo que estaba preparando.

Así se hacía cuando yo salí de Asturias, le dije a mi hija, y así lo hizo siempre tu abuela. Lo de ponerle ahora calabacín es nuevo.

Apenas acabé de decirle esto, cuando me puse a pensar de inmediato en todas las repercusiones que la experiencia de la emigración tiene en el día a día de los emigrantes. El impulso de querer congelar en el momento de la salida nuestra biografía fundacional, en algunos casos justificada por la imposibilidad de regresar físicamente al lugar del que se ha salido, y en otros por la necesidad de proteger hasta el extremo los vínculos con un espacio que habitamos principalmente desde las emociones, puede hacer que esa fidelidad exagerada a lo que dejamos, tal como recordamos que quedaba en el instante en el que nos fuimos, acabe rozando la intransigencia.

Pisto de verduras.

Nunca he dejado de reconocer el grandísimo privilegio que tengo de haber vuelto todos los veranos a España con mi familia, de pasar los meses de julio y agosto en Asturias y, a veces, de haber podido viajar también en el invierno a ver a mis padres, lo cual le confiere a mi vivencia migratoria un estatus que en ningún caso puede compararse con las vivencias más agrias de tantísimos emigrantes. Aun así, y sabiendo desde el principio que iba a ser de esta manera, me esforcé siempre para que no se me viera esencialmente cambiada cuando volvía, para que no llegara a notarse que pasaba más tiempo en otro país que en el mío y para que la distancia física de mi tierra no se correspondiera con una distancia de los afectos. Sentía la necesidad de ser fiel a esa experiencia de vida anterior a ese viaje hasta ahora sin retorno y, aunque he llegado a aceptar mi pertenencia a esta otra “patria adquirida”, como dijo Lourdes Casal de Nueva York, es algo que sigo sintiendo. No se explica, si no, la urgencia de tener que hacer el pisto como le he visto a mi madre hacerlo cuando yo era niña y no como empezó a prepararlo cuando las niñas eran mis hijas. No se explica, tampoco, que esta y otras novedades culinarias con las que me voy encontrando cada vez que vuelvo –así sea todos los veranos– me descoloquen más de lo que quisiera, supongo que porque hacen más visible mi ausencia, y me obligan a admitir que muchas de las piezas con las que en su día forjé mi identidad han cambiando de sitio, acechando constantemente la seguridad que nos brindan las referencias de lo que conocemos. No importa saber que esto, aún habiéndome quedado, hubiera sucedido de todas formas.   

Lo que me puede ocurrir con la comida, me sucede inevitablemente con la lengua.

Lo que me puede ocurrir con la comida, me sucede inevitablemente con la lengua. La manera en la que nos expresamos, las palabras que elegimos, los sonidos de los que hacemos uso constante para comunicarnos con los demás son uno de los principales marcadores de nuestras biografías personales. Y el que emigra ya no hablará más nunca como el que no lo hizo, no solo porque va incorporando modulaciones que describen los nuevos caminos que se han tenido que recorrer, sino porque se puede llegar a experimentar ese deseo férreo de que los sonidos con los que se llegó se mantengan inalterados.

Cuando hace muchos años conocí al que luego sería mi marido, hablaba una variante fronteriza del español mexicano traspasada por el inglés. Era, además, la variante del cuarto hijo de una familia de cinco hermanos, una posición idónea para que la identidad lingüística se vaya acercando mucho más a la del lugar en el que se vive que a la del espacio en el que se aprendió a hablar. Mi esposo se sentía más cómodo con el inglés que con el español y cuando se expresaba en esta lengua, hacía uso de modismos que ya habían dejado de usarse en México. Había heredado el español de cuando sus padres llegaron de Chihuahua a Texas y se había transformado, como ocurre con frecuencia con los emigrantes y los hijos de los emigrantes, en el guardián de un dialecto generacional que había desaparecido. Es un fenómeno tan interesante como común. Pensemos en el sefardí, una castellano medieval que no parece haber sufrido mayores cambios a lo largo de los siglos en la boca de los judíos que en los diferentes países a los que llegaron siguieron hablándolo. Los descendientes de los mineros que salieron de Arnao a principios del siglo XX para trabajar en las minas de carbón de West Virginia y Pensylvania mantuvieron el asturiano de sus padres y abuelos, siendo seguramente el caso más importante de la lengua asturiana mecida con el inglés que se podría documenta.

Cartel en spanglish.

No sería difícil averiguar cuándo hemos dejado nuestro país si se hiciera una evaluación atenta de nuestro currículum lingüístico, fijándonos por un lado en el uso de términos y expresiones que hemos llegado a fosilizar o, por el otro, midiendo el asombro que las novedades de la lengua que no hemos podido protagonizar nos producen. Hace años, unos quince o dieciséis años, un compañero del departamento en el que trabajo comentaba, con una mezcla de incredulidad y de sorpresa, cómo se había extendido en España el uso de tío y tía para referirse a gente. Yo sabía que mi compañero había llegado a Nueva York en los 70 pero, si no lo hubiera sabido, su observación me habría ayudado a determinar con bastante precisión el tiempo que llevaba viviendo fuera. No se trata, por supuesto, de que hubiera tenido que incorporar esta expresión que popularizó una generación distinta a la suya a su acervo comunicativo, sino de que tuviera constancia, como la tuvieron por ejemplo mis padres –que tampoco llegaron a usar este término hoy ya viejo– de que tal expresión existía.

Dada la frecuencia con la que vuelvo a Asturias, no puedo decir que me sienta tan al margen de las novedades lingüísticas que van apareciendo. Algunas, de las que me entero por mis hijas y sus amigos, son estrictamente generacionales, pero slang generacional a un lado, siempre me encuentro con esa palabra, esa expresión o ese giro nuevos que, de repente, está en boca de todos. Y cada vez que los escucho, consciente de que mi reacción se origina en la raíz misma de las emociones menos filtradas, actúo como si no los hubiera oído y me niego a usarlos. Podría acabar incorporándolos con la misma naturalidad con que lo hacen quienes viven allá el año entero, pero lo mismo que me ocurre con la receta del pisto, me resisto a las innovaciones y, como un acto de fidelidad que nadie me exige, y que no tiene valor más que para mí, me esfuerzo por ser inmensamente leal a la lengua que se hablaba, según yo, en el momento exacto en el que salí de Asturias.  

Actualidad

spot_img