La mezquindad y el odio destiñen. Uno puede ir al reparto de una herencia normalucha con cierto desapego. Pero llega el hermano cicatero que reclama todos los derechos y te incomoda. Y te enfada. Y antes de que te des cuenta estás en una bronca de hermanos por unos cachivaches donde parece que los dos sois iguales. No fue entre unos y otros. Fueron las derechas las que introdujeron la descalificación trastornada y la desfiguración enloquecida del rival, las que pulsaron las debilidades sociales para inyectar el odio en el torrente sanguíneo de la democracia. En ese estado colectivo enfurecido, la gente tolera mejor lo que encaja con su encrespamiento que lo que encaja con los hechos. La verdad deja de importar, la mentira se convierte en la lengua nativa de las derechas y se concentran debates y revuelos sobre lo inexistente (okupas, comunismo, Venezuela emergiendo de nuestras entrañas para devorarnos, el ectoplasma de ETA, la conspiración inmigrante, …). Pero el odio es odioso y por eso destiñe: acabas odiando al odiador. Como con las herencias, de repente estamos todos polarizados y parece que llegamos entre unos y otros a este griterío y esta permanente guerra civil emocional. Pero este ecosistema es rico en nutrientes para ideologías extremistas que siempre incluyen quitar impuestos y reglas a los ricos, sectarismo religioso y hostilidad contra minorías como aprendizaje para retirar derechos a las mayorías. Es el estado de cosas que tácticamente conviene a los más ricos: más acumulación de riqueza, menos trabas, menos derechos universales, más orden y más uniformidad. No es entre unos y otros. Eran unos los que querían esto. Por cierto, las izquierdas todavía no se dejaron desteñir por la mentira sistemática. Mienten lo normal de toda la vida, pero no respiran bulos. Hace unos meses estalló un vídeo de la hermana de Milei explicando cómo lograr la muerte de veintitantos millones de argentinos pobres para aliviar las cuentas públicas. Se supo enseguida que era falso y ahí murió. La izquierda no persiste en el bulo contra la evidencia, como sí hubieran hecho y hacen las derechas.
Trump es una bola de cristal. En ella se ven los bárbaros que se apostan fuera de las murallas de la democracia y preparan su asalto. En Europa esperan. Putin y Orbán completarían el eje con Trump. Austria tiene a las puertas a nazis confesos que refrescarían aires históricos con Hungría. Le Pen, con el impulso prestado de la necedad de Macron, solo necesita un empujón desde Washington. Meloni busca recomponerse y Abascal busca dónde seguir sin dar un palo al agua. Pero Trump Vance y Elon Musk son el compendio.
Elon Musk leyó muchos cómics, seguramente llamó X a Twitter imaginando uniformes negros con una X en la pechera
Hay cosas que parece estuvieron siempre y estarán siempre. Si miramos un mapamundi, vemos el mundo parcelado en estados. Nos parece normal, de qué otra cosa puede componerse el mundo. Pero los estados, como continente de nuestras vidas y protagonistas de las relaciones internacionales, no existieron siempre. Antes del tratado de Westfalia, en el siglo XVII, el mundo era un conjunto de señoríos; el continente de la vida de la gente era la propiedad de alguien. Nacionalistas de todos los pelajes (en España tenemos un amplio muestrario, desde separatistas hasta delirantes imperiales) imaginan pasados legitimadores, aprovechando la intuición general de que el mundo siempre fue un conjunto de estados nación. Pero Westfalia se acaba, dijo estos días Enric Juliana. Los muy ricos, como Elon Musk, tienen ya el poder de lanzar naves al espacio del que carecen la mayoría de los estados del mundo. Los ricos siempre entendieron que el poder era consustancial a la riqueza. Pero ahora no quieren mover hilos. Ya no se lleva el modelo Amancio Ortega. Elon Musk leyó muchos cómics, seguramente llamó X a Twitter imaginando uniformes negros con una X en la pechera. No me sorprendería que a solas en sus ensoñaciones haga esas onomatopeyas que hacíamos de niños en nuestras batallas imaginarias. Él no es el Padrino ni Ana Botín. Estos superricos de ahora tienen empresas de tal magnitud que el mundo real y sus estados son un estorbo y una pérdida de tiempo. Quieren que se les transfiera el mundo a sus empresas y que las relaciones internacionales sean relaciones de super empresas, no de estados. La ingeniera de Google Justine Tunney decía que EEUU debería ser transferido a las industrias tecnológicas, debería suprimir a todos los funcionarios y debería ser presidida por un CEO, un director ejecutivo, que sería el presidente ejecutivo de Google. La presencia de Elon Musk en los propósitos de Trump nos acerca a estas alucinaciones. Y las alucinaciones de los ricos pueden hacerse reales. El diseño sería el de un fascismo de tebeo ciberpunk. Junto a él, como aspirante a vicepresidente, está Vance, el que repite que los profesores son el enemigo y que hay que combatir a las universidades, el que tiene como influencia «intelectual» a Curtis Yarvin y los bobos irrecuperables de Iluminación Oscura y sus fantasías totalitarias distópicas. El propio Trump sigue asomando con su discurso reaccionario, racista, machista y homófobo, flotando sobre la morralla evangélica, el subsuelo fundamentalista religioso que nunca falta.

Por eso Trump y su séquito son la bola desde donde mirar las amenazas de la democracia. La tribu no desaparecerá nunca. La humanidad siempre será un conjunto de tribus. El estado es la forma más benigna de configurar esas unidades, porque es la única estructura tribal que no es posesión de nadie y que puede ser de participación colectiva libre. El estado puede ser totalitario, pero también libre. Cualquier otra forma de encapsular las tribus es una pesadilla totalitaria. En el estado es donde se configuran los derechos universales que se gestionan en servicios públicos. El afán de eliminar el estado y los funcionarios, es decir, los servicios públicos, es el afán de eliminar los derechos, esas dignidades que no caben en los sistemas autoritarios donde el envoltorio de la vida de la gente tiene propietario.

Nada de lo que está ocurriendo es caos. Es solo un nuevo orden peleando por desplazar al actual. La izquierda, que es lo que queda de la democracia, tiene que elaborar un discurso que encapsule la frustración, la ira y el desconcierto de la gente. Debe dejar de ser la caricatura que hacen de ella los ultras, como si la izquierda fuera Heidi diciéndole a Clara que está paralítica porque no quiere levantarse. Tiene que hacer algo más que decirle a la gente a qué clase social pertenece y cómo debe sentirse. Un síntoma negativo es que la izquierda a la que las derechas odian más es a la que tiene el poder. Es mucho más odiado Sánchez que Pablo Iglesias, Antonio Maíllo o Yolanda Díaz. Les estorba Sánchez, porque no hay izquierda que impulse cambios desde fuera del poder, como en su día pasaba con los sindicatos y durante dos años con Podemos. La izquierda que no está en el poder no está teniendo el talento de llevar mensajes a las mayorías. Veremos a simple vista el avance ultra por lo audibles que sean las bobadas de los tontos del culo, los que dicen sus bobadas con tono de rebeldía, dicen todos la misma bobada como si fuera la primera vez que se dice y sienten a que a ellos los científicos no se la dan. Cuanto más alto oigamos que la invalidez debe ser gestionada con criterios empresariales, que cuanto más ricos sean los ricos más riqueza para todos, que hay paro porque la gente no quiere trabajar, que los inmigrantes no quieren adaptarse, que los profesores adoctrinan, que la seguridad social es insostenible o que sobran funcionarios mantenidos más habrá penetrado la maldad ultra. El propio Musk hace gala de estupideces para dar ejemplo: «cuando acaben con el dinero de los demás, irán a por ti». ¿Quiénes? ¿Y quiénes son los demás? ¿Y quién eres tú, que ni eres de ellos ni eres de los demás? La idea es que la gente busque más la satisfacción de su odio que sus intereses. La charca que muestran Trump, Vance y Musk es la que tenemos bajo nuestros pies. Son autoritarios y peligrosos. Pero que no se nos despiste un defecto menor, pero muy motivador. Que son tontos del culo.



























