Aunque de forma errónea se suela ubicar en las cuencas mineras asturianas, la imagen más icónica de la fallida revolución de 1934 fue tomada en Brañosera, una localidad palentina en las inmediaciones del pueblo minero de Barruelo de Santullán. Y es que más allá de los sucesos asturianos, donde la huelga general tuvo mayor fuerza y seguimiento, hubo también movimientos insurreccionales en las zonas mineras de Palencia y León.
En el caso palentino, la actividad de los revoltosos se concentró en las zonas carboníferas de Guardo y Barruelo de Santullán. Al igual que sus compañeros asturianos, los mineros palentinos aprovecharon su fácil acceso a la dinamita para asaltar el cuartel de la Guardia Civil de Guardo y tomar el control de la localidad de Barruelo. “Los revolucionarios fueron al edificio de las escuelas laicas, donde tenían instalado su cuartel general, y proclamaron solemnemente, mientras se cantaba La Internacional, la República socialista española”, escribió el periodista Javier Sánchez Ocaña, testigo de los acontecimientos en Barruelo, “una bandera roja de seda fue izada en el balcón. Después se pronunciaron discursos por los cabecillas y se dio la noticia de que la revolución había triunfado en las principales ciudades de España”.

La victoria fue efímera, y pronto las autoridades gubernamentales recuperarían el control del pueblo con la colaboración de la Guardia Civil, el ejército, la aviación y la artillería de montaña. En total, perdieron la vida tres guardias civiles, el director del colegio Marista y cinco revolucionarios, entre los que se contaba el alcalde socialista de Barruelo, que fallece en el cuartel de la Benémerita. Otro de los hermanos maristas salva la vida tras esconderse en casa de una familia socialista del pueblo, que le procura al religioso ropas de trabajador para que pase desapercibido ante los revolucionarios. Según recogió Ángel Casas Carnicero en “La guerrilla republicana en Palencia”, tras la restauración del orden “viene la huida masiva al monte de los sublevados y posteriormente la entrega de los mismos, que son trasladados masivamente en camiones a la prisión de Burgos”.

En el caso de Guardo, los revolucionarios le prendieron fuego al cuartel de la Guardia Civil y ocuparon el consistorio, donde fueron encarcelados los agentes del orden y los directivos de las compañías mineras. Durante las escasas horas que duró la revuelta, el comité revolucionario presidido por el alcalde decretó la supresión del dinero y comenzó la organización de una economía socialista. El gobierno recurrió a la artillería y a la aviación para aplastar la revuelta. Unas coplas de ciego recogidas por Casas Carnicero glosan el trágico final de este experimento:
Los ciclistas palentinos
tienen un encontronazo
en el pueblo de Velilla,
pero fue duro el abrazo.
Iban solo treinta y cuatro
y a pesar de ir rendidos
hacen siete prisioneros,
varios muertos, diez heridos

En el caso de la provincia de León, la revolución fue igualmente ahogada en los primeros compases. Aunque algunos municipios con fuerte presencia minera llegaron a proclamarse como “república socialista” y a constituirse un ejército revolucionario-es el caso de Sabero, Villablino o Bembibre-la rápida y decidida reacción del gobernador civil leonés frustró los planes insurreccionales. En la capital de la provincia, estos consistían en asaltar el aérodromo, con el apoyo de una columna de mineros llegada desde el Bierzo, para tomar el control de la ciudad.

Los investigadores Wenceslao Álvarez Oblanca y Víctor del Reguero son los autores del libro “Laciana-León. 1934. La revolución de los mineros”, donde narran en detalle la fallida aventura de la citada columna. El libro trata sobre “el viaje que cientos de mineros emprendieron la noche del 5 al 6 de octubre de 1934 desde Villaseca de Laciana hasta León para participar en la toma de la ciudad”.
En ese viaje participaron “entre 3.000 y 4.000 mineros. La caravana, formada por un coche, tres camionetas requisadas y el coche de línea de Beltrán, que había sido interceptado en su ruta diaria, tardó prácticamente toda la noche en cubrir los cien kilómetros que separaban Villaseca de Laciana de León. El motivo, las paradas que los trabajadores hicieron en varios pueblos como Piedrafita de Babia o La Magdalena para requisar armas. Al amanecer llegaron a la Venta de la María, una antigua fonda a las afueras de León, donde se detuvieron en espera de instrucciones para consumar su propósito: participar en la toma de la ciudad y el aeródromo de La Virgen del Camino”.

No obstante, y contraviniendo los planes previstos, les llegaron instrucciones de desandar el camino y regresar a Laciana. A su vuelta “fueron sorprendidos en La Magdalena por un grupo de guardias civiles. En el tiroteo fallecería Máximo Soto, presidente de las Juventudes Socialistas de Villaseca. A su llegada a la zona, donde los revolucionarios habían declarado la ‘revolución social’, mantendrían su control hasta que el 11 de octubre sendas columnas militares avanzarían desde Ponferrada y León. En la intervención fue decisivo el papel de varios aviones que bombardearon Villaseca de Laciana con el objetivo de dispersar a los revolucionarios”.



























